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Inicio / Cuenteros Locales / remos / 13. La pasión está a la vuelta de la esquina

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El parque público, donde Cantalicio trota y trota en cerrada lucha contra su alcoholismo crónico, siendo un parque enorme, la fauna que lo frecuenta es muy abigarrada e interesante a los ojos de un buen observador como nuestro personaje, que captura con precisión su entorno: ardillas que ejecutan acrobacias desafiando las leyes de la física, acumulando nueces en los intrincados ramajes de enortmes árboles; gran variedad de pájaros de plumajes llameantes u opacos, como sus cantos, insectos. Flora y fauna en abundancia y generosidad.
A su paso encuentra de todo, belleza y bruteza en equilibrio estable o inestable, dependiendo del punto y la coma de la visión personal de cada cual. Cantalicio va nutriendo de reflexiones personales su trotar al aire libre, intercaladas por punzadas, a intervalos más o menos regulares, a su martirizado hígado. Son nostalgias, del órgano, por asoleadas viñas, libaciones que cancelaban noches con las canciones del alba, rumbo a su casa. Infinitas farras alegraron y tonificaron su juventud.
Cantalicio trota y trota. Frente a él, y dándole la espalda, se encuentra una de las tantas bancas que adornar el parque, que permiten descansar y tener una visión nueva del trancurrir y el paisaje. También los viejitos se sientan, mañanas o tardes enteras a vivirr la perplejidad de haber envejecido tan repentinamente, sin darse casi cuenta.
En una de esas tantas bancas, por donde pasan los trotes de Cantalicio, había una pareja: ella, muy gorda, con apretados blujeans descoloridos; la blusa blanca muy corta, apenas cubriendo sus abultados senos. Como el blujeans era de cintura baja, la moda de estos tiempos, y fatal para los gordos y gordas.
El hecho es que la gorda, estaba sentada de tal modo desparramada que el ojo de Cantalicio cayó sobre su cintura, un acordeón de rollos de diversas dimensiones, pero siempre categóricos. El ojo se delizó hacia las posaderas, apenas contenidas dentro a un pantalón al límite del estallido.
El hecho es que dejaban ver, casi más de lo consentido, la raya del culo afixiada entre dos enromes y blanquísimos glúteos.
A su lado, estaba su enamorado: las orejas sin huecos para un nuevo pircing, del cogote se asomaba un tatuaje a forma de cobra. Cigarro en boca, botella de cerveza en mano, un pie descalso, la zapatilla debajo de la banca. Con la mano libre se refregaba el piñén y los hongos, entre los dedos de la pata.
“Quizás si éstos se aman”, se preguntó Cantalicio, y como si le hubieran escuchado el pensamiento, la gorda escupe sonoramente por tierra, su acompañante termina la cerveza y arroja a sus espaldas la botella vacía, que cae sobre una delicadas flores amarillas, y enseguida comienza a besar a la gorda, con unos besos sifoneados cercanos a la antropofagia.
Cantalicio desvío su vista hacia las bayas de una encina, que esperan a las ardillas, y continúo a trotar. La vida sigue su marcha en el parque.

Texto agregado el 22-07-2016, y leído por 76 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
22-07-2016 Un cuadro urbano en una ciudad cualquiera.Me gustó.UN ABRAZO. gafer
 
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