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Recuerdo muy bien como comenzó todo esto. Había nacido mi hermana Catalina. No la conocí de inmediato, sino que, a los meses de nacida, ya que estaba en otro lugar, pero esa es otra historia.
Cuando la conocí, noté que le encantaban los sonidos, de todo tipo, más que a ninguna persona que haya conocido hasta ese entonces. Cuando le hablabas, de le iluminaba su cara, sus ojos transmitían una sensación de relajo, agrado y confort.
Recuerdo que una noche le conté una historia acerca de unas tórtolas que vivían al lado de la casa, estas aves, todas las mañanas se levantaban, vigilaban a sus polluelos, inspeccionaban todo a su alrededor como un ritual, luego salía uno a buscar comida, se quedaba el otro, el que se quedaba salía ahora, y así, hasta que el retoño quedaba saciado. Catalina miraba sorprendida, no comprendiendo mucho, pero maravillada con la voz, los movimientos, y ademanes con los cuales le narraba la historia para que conociera esos sonidos que escuchaba del exterior, para que los hiciera familiares.
A medida que pasaban los días, y los cuentos se acumulaban en su memoria, notaba que ya entendía, y que incluso podía predecir desenlaces de historias cada vez más complejas, para cualquiera que no haya leído al menos un libro en su vida.
Era fascinante poder traspasar las emociones a través de las palabras. Pronto, compré unos títeres de dedos, que sirvieron mucho más, ya que se podían contar historias con dos o más personajes principales, y te obligaban a crear la historia sobre la misma, en el momento, era maravilloso.
Pasaron meses, años, y Catalina ya leía sola, sin necesidad de nadie al lado. Recuerdo una vez que la encontré con mis títeres de dedos, enseñándole a una guagua, lo que yo le había mostrado en su infancia. Fue reconfortante, un alivio, un suspiro hondo. Luego de esa tarde, pensé en cómo podría hacer para juntar a muchos niños a escuchar cuentos.

Me daba lata presentarme en las casas, con el pelo largo (así lo usaba en esos días, tenía 18 años, no sabía nada, pero creía saberlo todo, pero bueno), pantalones pata de campana (ese era otro cuento, con un amigo nos creíamos hippies por los pantalones, pero ya escuchábamos, Queen, Pink Floyd, y demases, así que no era solo moda, pero bueno). No podía llegar a cualquier hogar pretendiendo que se me iba a mirar de una forma muy amistosa, estamos en Linares, año 2001, una ciudad bella, pero con una mente que no permitía este tipo de indumentarias ni mucho menos, como se te ocurre, ni lo permitas.
Era imposible hacerlo. Me tuve que cortar el cabello y afeitarme, y ponerme lo más adecuado posible, dentro de lo que había. Las primeras casas a las cuales pregunté por la posibilidad de contarles cuentos a sus hijos, pensaban que era una broma, que era pedófilo, enfermo de huevón, ¿estás hueviando?, de todo había. Hasta que por la casa, ya no me acuerdo el número (a esa hora llevaba horas intentando agradar a alguien, sin tener eficacia en lo más mínimo), el punto es que abrió una señora de edad, muy amable, de ojos verdes, sonrisa partida por unos labios que delataban un sufrimiento muy doloroso guardado en lo más profundo de sus extrañas, tenía manos delicadas, y un aura muy bella, Vivía con su nieto, un chico introvertido de 8 años, entre los dos hacían las marionetas del programa 31 Minutos, por lo cual eran dos amigos inseparables, que se ayudaban de la realidad que escondía el niño, Sin padres que se preocuparan realmente por él, Uno no vivía hace años, y no se sabía nada, y el lado femenino lo llenaba una adicta a la pasta base, a la cual le habían quitado el cuidado del hijo, y ella, al verse como la única a cargo de su nieto, optó por adoptarlo, un poco reticente al principio, debido a su amor a la soledad y a la tranquilidad, También hay que decir que ella se veía rejuvenecida por la compañía infantil a su lado.
Luego de un rato, me dijeron que encantados con la idea, ellos mismos traerían diez niños más para la primera función de cuentos con títeres de dedos.
Habían llegado más de 12 niños, todos con sus madres, y sus padres en algunos casos, pero la mayoría eran mujeres, vale decirlo, estaban todos entusiasmados, nunca antes habían asistido a un espectáculo ¡Solo para ellos¡, los chicos se sentían importantes, era su show, su momento de disfrutar, si no estuvieran ellos, claro, esto no sería lo mismo, por supuesto, pero que emoción, ¿no?

Apenas empezó la música, los chicos empezaron a refugiarse en los asientos sus ojos se abrieron, y sus caras se iluminaron, todavía no llevaba 10 segundos, y ya era un éxito. La música era de led zeppelin, 10 segundos de Whota lotta love, y ya los tenías en mis manos, el resto era mantenerlos atentos, con los personajes y los cambios de voz que había en las diferentes etapas de un cuento que había escrito hace pocos días, con 3 personajes, una hoja, un gato y un niño, los tres discutían acerca de las estaciones, se peleaban, discutían, pero se enseñaban, El gato enseñaba a ser sigiloso, la hoja enseñaba a tener paciencia, y les decía que todo se renovaba, cuando se secara, sería parte de la tierra, de un árbol, y de nuevo tocaría el aire con sus propios dedos, el niño miraba y decía que él había aprendido a leer hace poco y que poco comprendía de sus palabras, Ellos lo alentaban , y el feliz los escuchaba.
Los niños seguían con emoción cada instante del relato, al final, la hoja se va con el viento y se despide de sus amigos de una tarde de otoño, se va volando hacia un destino conocido, con observadores diferentes, quizás donde, quizás se vaya al espacio y nunca regrese, ¡quién sabe ¡, el gato y el niño caminan juntos hacia la casa del niño, le sirve leche en su plato y le caricia el lomo, fin de la historia, con la canción “The fairest of the seasons” de Nico. Se escuchan los aplausos, las lágrimas de alegría y los abrazos van y vienen, todo un éxito, Desde allí, todos los sábados a las 3 de la tarde de todo el año, sea cual fuese el día, iba a ver una función de cuenta cuentos con títeres de dedos.
La segunda función apenas teníamos espacio para movernos, pero era tal la conmoción y el asombro de los niños que todo esfuerzo se veía gratificado en esas sonrisas.
La segunda función fue de la misma obra, por lo cual, los niños que habían ido la vez pasada, ya conocían la historia y pasajes, y le contaban emocionados a sus amigos, y estos los hacían callar, con un shhh, o un golpe en las costillas, Era divertido verlos con sus ojos fulgurantes, viajando con cada palabra, cada movimiento, cada tonada, lo cual tejía una enredadera de sueños palpables y cercanos, La situación era llevada con un respeto increíble, nadie hablaba, todos se conmovían, suspiraban, se sorprendían.

Los cuentos han acompañado toda mi vida, en el colegio donde enseño, es la mejor forma de que los alumnos interactúen con la obra que leen, y pasa lo mismo; se interesan, crecen, cambian, maduran, miran con una mirada más amplia, se descubren, Nunca vuelven a ser los mismos después de leer un libro, lo descubres en su forma de hablar, en sus movimientos, sus inquietudes, sus nuevos desafíos.

Las letras han cambiado mi vida, me ha llevado a conocer personajes tan singulares como un hombre que recitaba poesías de memoria, lo hacía en las plazas, los hospitales, los cementerios, en todos lados, y siempre recitaba algo que tenía que ver con lo que pasaba en el momento, aunque nadie lo notará, ya que se le tildaba de “loco” o “pobrecito”, Pero nadie sabía, más que él, la sabiduría que guardaba ese hombre, encerrado desde hace 20 años en su casa, luego de que su mujer desapareciera una tarde de verano, mientras veraneaban en la cordillera, en circunstancias que nadie nunca se conocieron ni se conocerán.
El otro personaje era una señora de 70 0 80 años, nunca dijo como se llamaba, pero su acto, era recoger algo, mirarlo, decir su nombre, y desde allí, empezaba a hacer una secuencia de palabras que empezarán con la misma letra, Si encontraba una piedra, recitaba: piedra, poste, pacos, pitos, puertas, portones, pantuflas, palmeras, paltas, penumbra, pozo, etc, Hasta que terminaba, botaba la piedra, y recogía otra cosa, cualquiera, y así todo el día, toda su vida, ¿desde cuándo?, nadie sabe.

Hoy, me he levantado, he observado varios niños leyendo libros en la alameda, he apreciado dos ancianos contando cuantos a un grupo de niños que lo rodean en un círculo sobrecogedor; he divisado aves dirigiendo a sus críos, y he imaginado a sus madres decirles de los peligros del mundo de afuera, un mundo de lucha y competencia, he suspirado por la idea de sentir que todo esto va a cambiar algún día, todos nos abrazaremos, nos hablaremos, seremos buenas personas, respetaremos al otro por lo que es, se acabarán los prejuicios, y nos desarrollaremos hasta el infinito, cumpliendo todos nuestros anhelos añorados.
Pero ese, ya es otro cuento.

Alain Wood

Texto agregado el 25-07-2016, y leído por 150 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
25-07-2016 Muy cierto, esos sueños tuyos quizá lleguen a cumplirse, todo es cuestión de saber esperar ***** saludos. ome
25-07-2016 Me gustó leer un texto largo tuyo. Lo llamas cuento, pero suena a realidad. 5* al talento, trabajo y las buenas intenciones grilo
25-07-2016 ¡Sí, la palabra…! Este es un buen relato pleno de optimismo candoroso. Bien llevado en cuanto a su narrativa. Merece una felicitación Alain, no hay porque escatimarla. Grato leerlo. sagitarion
25-07-2016 Excelente narración nutrida de nostalgia, se nota que tienes oficio al escribir. Bella historia también. eRRe
25-07-2016 Que bello cuento estimado Alain, siempre acostumbrada a tus pensamientos y poemas breves, ahora de escrito largo también descubro tu talento y capacidad de soñar cambios bellos para el mundo. Lo aprecio enormemente. 5* jdp
25-07-2016 La palabra como forma de vida . *5 . autumn_cedar
 
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