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Inicio / Cuenteros Locales / collectivesoul / Siempre habrá alguien que escriba sobre una ciudad, una mujer y quizás un poeta

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De él se sabe que la conoció a principios de julio, a inicio de las primeras precipitaciones de la temporada lluvias. Se sabe que la vio aparecer entre la neblina de la plaza San Martin. Se sabe que coincidieron en caminar por Quilca. Se sabe que cruzaron el jirón Camaná, ella a unos pasos delante de él, pasaron por el mítico bar Queirolo, por entrañable bar don Lucho o bar de Ciro. Se sabe que los dos se detuvieron en la misma librería. Se sabe que estuvieron un tiempo dando vueltas mirando algunos libros antes de coincidir en la mirada. Ella conoce un truco donde al mirarte de frente a los ojos puede decirte una mentira y uno creerlo, él en cambio esquiva la mirada cuando le hablan, no es que sea maleducado sino ya es algo más profundo. Ella casi no miente, en cambio él conoce de cerca el ritmo que desencadena la mentira, en otras palabras: no sabe mentir, pero lo hace.
Le dijo "hola" justo minutos antes que el reloj de la catedral de Lima marcara la cinco de la tarde…
— Hola, disculpe señorita. ¿Se va a llevar libro? — le dijo señalándole el libro que tenía entre las manos.
— La verdad es que solo estaba ojeándolo, aunque el autor de verdad, me gusta — sus ojos se iluminaron y él titubeo ante su fisonomía.
— ¡Pero si es viejo y feo! —y ella rió, más por la forma que lo dijo que por la ocurrencia.
— ¡No!, me gusta como escritor, soy admiradora de su obra —y le sonrió como queriendo invadirlo
—Le voy a ser sincero, necesito el libro para dárselo de regalo a mí tía. En lo personal a mí el autor de esa obra no me gusta para nada, su prosa hace que se me escape algunas carcajadas; es absurdo que trate de disfrazar el misterio y el asombro con puras tonterías. Pero respeto mucho a lectores que gustan de ese autor, como mi tía, también espero que algún día cambien de gusto —y dio una sonrisa de autosuficiencia.
— ¡Vaya!, qué manera de respetar. Como será cuando no respete
—Creo que está exagerando, no es para tanto.
—Sabes qué, cambie de opinión. Me llevo el libro, es usted un pedante —sabía que era el último libro de dicha obra.
—Lo siento, no quise decirlo de esa manera. Le propongo un trato.
— ¿Cuál?
—Le regalo cualquier libro de "Guerra de Tronos" por el libro que tiene entre su manos —se percató del color de sus uñas.
—No, ya los leí todos
No supo que contestarle por algunos segundos, pareciera que esa tarde húmeda la hubiera ganado ella. Su sonrisa se ponía a tono para el final, pero estamos entre libros y una historia no termina cuando se cierra la última página, y él había leído más de 500 libros. No le fue tan difícil cerrar el acuerdo, y más aún cuando el saco de sus pertenencias un libro de poesía. Ella no era una lectora de poesía, pero nunca un poeta le había regalado un libro de su propia autoría. Se dice que el poeta le habría invitado a tomar un café y ella acepto, por supuesto. Se dice que a los dos el tiempo les pasó volando, entre risas, anécdotas, preguntas, detalles, observaciones, intercambios de números y regocijo. Era un tiempo que no tenían y más aún ella que no compro lo que tenía que comprar, no llamo a las amigas que tenía que llamar y falto a la cita que tenía que ir con un pretendiente que conoció semanas atrás, pero no pudo hacer nada con la llamada de su padre al móvil. Él la acompaño al paradero del autobús y fue la primera vez que sintió ganas que el autobús nunca venga, que tenga un desperfecto mecánico. Se despidieron y prometieron volverse a ver. Aquella noche cayó en la ciudad la más intensa lluvia de la temporada y él ya no pensó dar vuelta al mundo en 80 días, si no que 80 segundos ocurriera un cataclismo y solo quedarán ella y él.
Y como ocurre en todas las ciudades, en todas las civilizaciones que existieron, en todos los tiempos que se vivieron. Un ser había encontrado un motivo, una razón para plasmar sus ideas, sus emociones. Sobre todo arriesgarse a comunicar su visión de mundo, como un principio de arte. Ahora el poeta tenía una musa y antes que acabara esa noche el poeta se puso a escribir.
Tras la primera página el poeta supo que un poema quedaría muy corto, así y sin más se lanzó por escribir una novela, sin medir las consecuencias de un gran desgaste mental después de un ritmo endemoniado y lo que significa: la crisis de la hoja en blanco como si ese bloqueo iniciara las dudas sobre su talento. A su musa había que ponerle un nombre y pensó en Juno; pero no como esa horrible película estadounidense que trata sobre el embarazo no deseado de una adolescente de dieciséis años. Sino en Juno la hija del emperador, novela ambientada en el esplendor de la dinastía Ming.

El poeta tenía su número, pero no se sabe porque no le marco a pesar de las ganas que tenía de hacerlo. Es que en la cabeza de un poeta pasas cosas indecibles, para él más que cualquiera necesita decir mundo para decir yo. Aunque esos días el poeta no se mantuvo ocioso, más bien pudo encontrarle nombre al personaje principal de su novela. Le puso Argelia, le gustaba mucho la fonética en castellano del país del norte de áfrica. No baso su elección en su etimología que significa "las islas", el poeta prefiere obviar esa teoría, aunque prefiere la segunda explicación en la que significa "claro de luna", como les dije al poeta le importa un pito su origen, a él le gusta su sonido. Terminado la semana y después de escribir quince páginas de su novela, el poeta la llamo. El reloj marcaba las seis y cuarto de la tarde y ella que estaba saliendo de la universidad, percibe el sonido de su celular, mira en la pantalla de su móvil el nombre del poeta, contesta, se saludan, fingen sorpresa y acuerdan verse en cuarenta y cinco minutos.

Se vieron en una cafetería muy conocida de apellido italiano. Él llego nueve minutos antes, hizo el camino a pie, tampoco le quedaba lejos. Le fue fácil: se puso una casaca, se miró al espejo por algunos segundos, respondió dos mensajes del whatsapp, puso su billetera en el bolsillo posterior del pantalón, el móvil en lado izquierdo del bolsillo de adelante, sale del apartamento. Presiona el botón del ascensor, demora menos de un minuto en que el ascensor le habrá las puertas, y en su interior se encuentra con Olenka y Steffy.

— ¡Hola guapo! —lo saludan con un beso en la mejilla, aunque Steffy lo hace un poco más cerca de sus labios y desprendiendo con suavidad los dedos de su mentón.

— ¡Hola princesas! ¿Cómo les va? —saluda con una bonita mueca, el poeta se siente coquetón.

—Bien y tú amor, ¿a dónde va tan aleta y con tanto afán? —dijo Steffy.

— ¿Cómo?

—Contento, pue—se prenuncio más su acento colombiano.

—Ah, tengo una cita. Exactamente en treinta minutos.

— ¿Vas a culiar?

—Tal vez, no lo sé.

—Que te la chupe bien, sino yo se la chupo a su merced.

—No podría pagar tus servicios, eres muy vip.

—A ti no te voy cobrar, porque te veo guapo y lindo.

—No puedo, estoy enamorado.

—Es un polvo, tampoco voy a pedirte que dejes a la culicagada esa.

—Pero de todas maneras…

—Anímate amor, te vas a divertir, hacemos de todo rico, te consiento, te doy besito, te saco tu leche varias veces, bien rico amor…

Bajaron, saludan al portero, ellas le coquetearon un poco. Un taxi las esperaba, le dicen que pueden darle un aventón. Le da las gracias, pero les dice que no puede porque el lugar donde va está unos cuantos pasos. Con un besito volado desde el taxi lo despidieron.

Camino por el parque del Héroe Naval, en el medio del parque ve a una pareja fotografiando a una ardilla que esta subida en un árbol, se les ve encantado con el bicho, el poeta pensó que si esos dos gilipollas supieran que las ardillas transmiten las mismas enfermedades que una rata, ya no le sería tan lindo y tampoco tratarían de alimentarlas como tarados. Pero el mundo es hipócrita y el poeta lo sabe.

Como les dije, el poeta llega nueve minutos antes, escoge una mesa junto a una ventana y espera a su musa. Se le acerco la camarera, lo saludo, le entrego la carta y le pregunto por su pedido. El poeta ni caso le hizo, estaba algo entretenido con el celular. Pero de inmediato se da cuenta de lo maleducado que se comportaba, se disculpa, le dijo que está esperando a alguien y que al rato cuando llegue, piden algo.

La musa llega diez minutos después de lo pactado, se saludan. Ella se disculpa por llegar tarde. No te preocupes, pudo haber sido peor si me dejas plantado —le dice— y ella sonríe sin emitir ningún sonido. Se sientan, ella pide un capuccino y él un café express, unas empanadas, también. Ella le dice que leyó todo su libro y que le gustó muchísimo, también le dio otras alabanzas. El poeta hubiera deseado una crítica más seria y no le estaba gustando el curso tan meloso en que se tornaba la conversación. No es que no le guste que alimenten su ego, porque él era un puto egocéntrico, sino quería que fuera como la primera vez que se conocieron, pasarla bien, compartir alguna cosa donde estén a gusto los dos, tener algún principio de reciprocidad pero que al mismo tiempo se de una manera natural. El poeta agradece los halagos y le pregunta a su musa por su universidad, por sus parciales, por su estrés. Justamente era eso de lo que ella menos deseaba hablar, pero respondió con cordialidad. Se estaban aburriendo, pero había algo entre esos dos donde cualquier suceso por mínimo que parezca brota alguna pequeña chispa para que comience a fluir las palabras correctas de una bonita conversación, su complicidad, las bromas, las anécdotas, el buen humor.

Creo que todo comenzó cuando el poeta le dio su primer sorbo café y se quema la puntita de la lengua, pego un grito suave pero en un tono muy maricón. Suficiente para que su musa le enseñara un trencillo de dientes blancos, le aconsejara un poquito y la hiciera de mamá. El poeta se sintió como un retrasado, pero se sentía a gusto, se podía mover con facilidad entre chistes y sarcasmo, con tal efectividad que ella casi se queda sin carcajadas, pero eso sería exagerar. Una mujer es una fuente inagotable de sonrisas, lo que puede faltar son los motivos, pero el poeta estaba inspirado y ya había comenzado con sus anécdotas. Después se pusieron un poco más serios y hablaron sobre la portada de un libro de moda, los dos aceptaron que era horrible, tanto como su contenido. También hablaron de cine, sobre todo de una película austriaca de mil novecientos ochenta y uno, de su director, del suicido de su actriz fetiche. Volvieron a tocar el tema de sus parciales, pero está vez a ella ya no le molestaba y se animaba incluso hacer bromas al respecto. Y paso como la primera vez que se conocieron: volvieron hacer ellos dos en la ciudad. El tiempo otra vez se les paso volando, sin sentirlo, pero ella estaba en parciales, así que tuvieron que despedirse. Él, la acompaño a la parada del autobús, deseo lo mismo de la otra vez y paso un tiempo contemplando como el autobús se llevaba a su musa. Resumiendo su cita: no follo, ni siquiera pudo robarle un pequeño beso, pero el poeta no se sentía derrotado, había un halo de felicidad en su rostro como una esperanza para sus labios…

De los dos no volví a saber gran cosa. Sé que volvieron a verse, sé que en la siguiente cita el poeta pudo besarla. Hicieron el amor por primera vez en un hotel de Lince, las siguiente veces y casi siempre en el apartamento del poeta. Algunas veces y porque les excitaba el peligro lo hacían en la casa de los padres de ella. También quisieron hacerlo en un ascensor pero eso nunca se pudo lograr.

Si alguien hubiera visto sus rostros, sus gestos, sus acciones, lo que se decían. Dirían que eran el reflejo de la felicidad y que sus vidas estaban destinadas a estar juntos por siempre, pero en la historia de estos dos nada dura para siempre. Con el tiempo a ella le llegaron las inseguridades, los problemas, los grandes pleitos, a él las ganas de ya no continuar. Él quiso un tiempo, ella quería sacarlo de su vida. No soportaba la idea de tenerlo tan profundo en el corazón y agotarse en una relación en la que no creía que tenía futuro. No duraron ni un año. Tampoco trataron de reconciliarse, aunque él lo había pensado en ciertas ocasiones y seguro que ella tal vez hubiera aceptado. Todo acabo como se acaban las botellas del mejor vino posible: con un gran sabor en los labios y una nostalgia terrible en la nata amarilla de la memoria.


Texto agregado el 15-08-2016, y leído por 254 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
24-08-2016 Una narrativa autentica y vivenciada, aunque desde mi perspectiva hubiera modificado un par de concepciones al momento de echarlo a la hoja. Bien! Julia_flora
20-08-2016 Felicidades por tu texto. Saludos. mente_veloz
17-08-2016 Singular historia acompasada de humor poético y el final como la vida misma. paulasol
16-08-2016 una historia como tantas de amores que nacen crecen y mueren. El cierre me pareció impactante.. muy bello. sheisan
16-08-2016 Creaste una gran escena en mi cabeza, me dio nostalgia el final pero no se aparta de la realidad. Me encanto como lo cerraste perfecta metáfora. amarantha
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