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“¡Clank clank!” tronaba en el patio cuando presionaba su brillante nariz roja de hule, en medio de transpiraciones color leche donde se diluía el maquillaje, el robusto hombre que, en medio de expresiones burlescas, de pantomimas y meneos de trasero llevados al ridículo, animaba por celebraciones por el primer año de un bebé o cualquiera de los cinco primeros años de un niño, mimado o muy querido que bailando entre globos turquesa, carmesí, ámbar, verde jade, púrpura y toda la escala cromática, se hace popular en el nido, en la primaria, en las casas de los amiguitos donde los padres, descansando de serlo por un par de horas silenciosas en la sala frente a la pequeña ventana televisiva, dicen a los familiares o vecinos o vecinitos: “Matías se fue a la casa de Rodriguito a divertirse, volverá en la noche”, sin pensar en la constelación de caries que se formará en el universo dental de sus pequeños que, criminalmente, van a la mesa y llenan los bolsillos de caramelos de limón, de cucarachas de chocolate y trufas rellenas de manjar que se aplastarían en algunos blue jeans y otras que terminarían en poder de las abuelitas presentes en la fiesta que, vigilantes ante el show del payaso, ríen más que los propios niños a quienes el festejo fue preparado.
“¡Que venga alguien del público, un picarón que baile con la hermosa Flor!” dijo el hombre coloreado, en un traje de cielo amarillo y lunares verdes, hecho de seda con encajes rojos en la cintura desmesuradamente gorda por las botellas de cerveza que bebía el payaso al terminar las matinés cada noche sabatina, en el bar del Centro, desmaquillado hasta del humor infantil que sostiene cada cimiento de su ligera vida, como aliviando la rocosa idea de que la mala fortuna, que solo recaía sobre él, le deparó el trabajo de bufón de infantes cada sábado de 5 a 8 porque nadie más que él en toda la ciudad es capaz de hacerlo, y claro, tenía razón, quién más lo haría, en esa tribu de amargados beligerantes que solo caminan con destino a sarcófagos de teclas y portafolios, a llenar formularios y créditos, dejando sus niños en la escuela, donde cobran una sosegada infancia que les es necesaria y poco a poco los años se las va cobrando, y también, por lo mismo, pronto serían como todos aquellos montículos de hueso y trajes de paño que van de aquí para allá, buscando más tinta para impresora en los centros comerciales para seguir llenando registros de ventas y compras, de muchos documentos banales y sin arte como comunicados, memorándums, contratos, boletas y facturas que, irónicamente, el payaso tiene en el bolsillo para cobrar los honorarios de las tres o cuatro horas de fingida alegría en las que Flor, una hermosa adolescente que anima por unas cuantas monedas para su gasto diario y una que otra ayuda moral a su madre, le acompaña para enseñar a los varoncitos a romper el hielo cuando algún día, en el futuro, el día que las hormonas terminen su trabajo, ellos tengan que atreverse a tomar la mano de alguna de las pequeñas presentes en la matiné de Rodriguito o de cualquier matiné de la ciudad, en las que seguramente el payaso podría trabajar y llorar, pero de alegría.
“¡Tú, el de camisa azul!” resonó en los parlantes del patio donde las flores no pueden dormir y el césped trabaja con humanos después de aguantar a los canes, “Mami, ¿Wolfie no tendrá miedo?” pregunta Rodrigo a Lidia turbado por el bienestar de su compañero de jardín, mientras aquel pequeño de arrugada camisa azul se coloca con torpeza frente a todos, con los ojos tibios, como avergonzados, con su cabello ensortijado y desarreglado, con la lengua en el estómago de algún gato, perturbando la paz del payaso, mirándolo suplicante, como si pidiera al de peluca roja que recordara algo que había olvidado, tal vez las llaves de la casa o la comida del canario, mirada a la que este respondía con una sonrisa parecida a la que hacemos cuando nos toman una foto, con un par de palmaditas en la cabeza y un “parece que nuestro amiguito está algo nervioso, haremos que venga luego”, pero el niño ni se inmuta, solo atina a regresar a la última fila de la fiesta, sin remordimiento, sin alguna moción negativa ni alguna inclinación al fracaso, sin buscar a su abuelita o acompañante, “vino solo” se preguntaba el payaso, “parece que sí” se responde el payaso, aterrorizado por la mirada cada vez más vacía del niño, los pelos rojos se le caían de la ansiedad, pues parece que no es la primera vez que lo encuentra en una matiné, no sería la única ocasión en la que Flor llamaba al de camisa azul, “tal vez se trataba de otros niños de camisa azul sin planchar” conjeturaba el payaso, hurgando en la memoria lo absurdo del asunto, rememoraba la primera vez fue una pequeña pelota de grasa, y la segunda vez fue una mini estrella de fútbol, delgado y gallardo, y la tercera vez que llegó tan flaco que no proyectaba sombra, quién sabe, “mi nariz roja no sabe nada”, tal vez Flor lo sepa, le preguntaría al terminar la canción que ahora estaba bailando, después hacer reír al cortejo infantil para poder tener un receso diminuto, cuando la camisa del niño esté más sucia porque el tiempo no solo hacía el ruego de sus ojos más denso, sino también los harapos más rasgados, progresivamente más miserables, más naturales y, también, más parecidos a sus recuerdos.
“¡Déjalo allí, es lo último que podemos hacer!” puede ser la frase que le pudo haber dicho a Flor antes de terminar la función, o bien la que como un eco de cañón retumbaba entre las sienes pintadas de negro del payaso en sus últimos minutos de show, donde los chistes cada vez más agrios solo causaban gracia por el cansancio a los niños y a las abuelas ya les daba ganas de tomar un té e ir a la cama, pero aún tenían que dejar al retoño de su retoño con sus padres, felices y cansados para que estos no tengan que soportar el pequeño terremoto hasta el amanecer del domingo, pues se sabe que quieren hacer el amor tranquilos este sábado, por ello adoran tanto las matinés y a la abuela que jamás se negaría a pasar tiempo con su engreído, por ello se dice que la fiestilla salva matrimonios, por ello también van a organizar una colosal y pantagruélica fiesta y festín para su bebé, como si fuera un trato con todos los padres del mundo, contratando a la misma bailarina y payaso, que en lo que corresponde a los últimos diez minutos de la actuación de esta noche, ella, quitándose las ropas brillantes de estrellas y lunas, pensaba ilusionada en la salida que tendría con Kevin el viernes después de clases, y el otro luchando con el traje para salir de sus telas, con el alma triste y enjuta, pero con el cuerpo rimbombante e impetuoso como lo tienen todos los panzones, escuchaba los llantos del fruto de su manzano ya hacía cinco años atrás, mientras conversaba a gritos discretos con esa desaparecida y descorazonada mujer, podrida de pobreza, corrompida de corazón y de billetera, con la que alguna vez compartió cama y goce, pero con la que no pudo sentar cabeza y si pudo tomar la decisión quizá más nefasta de su vida que ahora le perseguía con lánguidos ojos por cada casa y jardín, con la camisa sin planchar y el cabello sin arreglar, frente a la nariz roja cada sábado de fiesta, “así sería él ahora” se repetía llorando ya fuera de la casa de Rodriguito, con billetes en los bolsillos y diluyendo la base blanca que caía por sus mejillas, limpiando las rendijas de un asqueroso contenedor de basura en algún callejón abandonado y sombrío de la ciudad, al que fue para pedirle al niño que por favor lo dejara en paz, que estaba muy arrepentido, que le hubiera fascinado organizarle una fiesta como todos los padres hacen y ser el payaso de la misma como ninguno jamás haría, porque de eso vivía, de dibujar la risa en los niños como si sirviera de compensación por el siniestro de aquella noche de agosto, que es irreparable, inaceptable, “y por eso merezco todo lo que me atormenta hoy”, le dijo a la botella llena que en segundos vaciaría y pediría otra, porque esa es su vida: actuar, reír, ver aquellos doloridos ojos de huevo tibio, recordar, ir a pedir perdón y olvidarlo todo a punta de garrafas de alcohol para que el hacha caiga sobre su cabeza como si fuera la primera vez, aunque él sabía que no era la primera vez, luego se lo preguntaría a Flor, después de que acabe esta función personal.

Texto agregado el 16-08-2016, y leído por 131 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
17-08-2016 Entretenido... Gracias. Lyndsay
 
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