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Inicio / Cuenteros Locales / vaya_vaya_las_palabras / El dark, el gato y los zapatos

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Esa época yo anduve tan triste que casi ni me la acuerdo. Sin darme cuenta bajaba al subterráneo temprano todos los días, emergía luego, un poco más sombrío, quince minutos más viejo. Una tarde lloviznaba y de casualidad un amigo se cruzó en mi camino. Tal vez haya sido una impresión mía, pero todo el tiempo estuvo como estudiándome los zapatos, y al final de una breve conversación me apuntó: "Mmmmm, sabés algo, hermano, tendrías que vestirte de otra manera, con más alegría". Me pareció que lo decía, más que nada, sin dejar de mirarme los zapatos.

Pero mis zapatos me conformaban. Después de todo, yo no era un hombre de trayectos tan largos. Ni falta me hacía. Muchos años los zapatos me llevaron de mi casa al trabajo y me trajeron de regreso. Eran todo lo que yo necesitaba en ese momento y los tenía en alta estima. Además eran negros, y cada mañana yo podía lustrarlos a mi antojo, hasta cubrir con pomada sus plataformas gruesas. Me agradaban mis zapatos de ciudad. Y, la verdad, no veía la necesidad de pasar a otra cosa, con ellos estaba bien, aunque algunos opinaran que mi vida y mis zapatos se parecieran demasiado.

Era dueño de un gato también similar a los zapatos. Cada tarde el animal me iba a recibir a la puerta, lleno de pedidos, caricias y caprichos; verlo de esa manera, frotándose contra mis tobillos, me daba la sensación de descubrir un tercer zapato en el suelo. Hasta tengo recuerdos de haber querido calzármelo cuando algunas mañanas, todavía un poco dormido, me preparaba para salir al trabajo. Pero el gato tenía su pelaje y su maullido, y a su manera me decía que él nunca sería un zapato. Vivió conmigo cinco años. Tal vez lo hayan extraviado el laberinto de ventanas y edificios, tal vez encontró un dueño más atento. Lo cierto es que una noche salió como suelen hacerlo los felinos, en profundo silencio. Meses después yo seguía palpando sobre mi oscuro sofá, antes de sentarme, por el miedo de aplastarlo. Nunca regresó, al menos eso creí por algún tiempo. Hoy no puedo asegurarlo.

Porque el destino me tenía preparada una sorpresa. Un domingo estaba yo sorbiendo mi café cuando en el balcón se escuchó la agitación de las plantas, un arañazo en la ventana, y después los maullidos. "Mi gato", recuerdo que exclamé. Al instante brinqué de mi silla. Quería verlo. Abrirle la ventana. Que el gato entrara de vuelta a su casa. Pero no era mi gato. Era uno igual pero distinto. ¿Cómo es eso? No lo sé pero lo "juro", aunque no se debe "jurar". Y no pretendo armar un relato al estilo de Edgar Allan Poe, pero ese no era mi gato. Las diferencias saltaban a la vista, en el pelaje blanco, en los ojos grises. Nos miramos a través del vidrio y creo que enseguida nos entendimos. Le sonreí. Entonces le abrí la ventana. El gato mostró tener una formidable capacidad de adaptación, comía en el mismo plato del animal anterior, se subía y dormía también en el oscuro sofá, y a mí ya no me hizo falta andar palpando por todos lados, por miedo de aplastarlo. Lo mismo cuando me recibía por las tardes, o cuando elegía amanecer entre mi par de zapatos; yo no tenía temor a equivocarme, no había manera de confundirlo con cualquier otro objeto de la casa, ni siquiera con mis zapatos.

Ese hecho trajo cierta confusión a nuestra relación. Gran paradoja. Porque el pelaje del animal parecía quebrantar una especie de armonía instaurada. No sé si armonía. Tal vez una sucesión de matices que largo tiempo había reposado en nuestra casa. Armario atezado, sillas caobas, sillón negro, gato blanco. Alfombras oscuras, cortinas opacas, puertas castañas, gato blanco. Fue raro. Por primera vez me di cuenta de un hecho innegable, que el color blanco me estaba ensuciando la casa. Entonces, ¿qué hacer con el gato? ¿echarlo? ¿teñirlo? ¿volver a lo de antes? Y eso no era nada, lo más extraño acaecía por las tardes, cuando el gato (todavía no le había puesto nombre, tal vez por precaución, pero, ¿precaución de qué?), a la espera detrás de la puerta, se espantaba al verme los zapatos. Después se quedaba mirándome de lejos, como si hubiera intuido que alguna vez yo sentí profundas ganas de patearlo. Verlo así me hacía recordar a mi amigo de aquella tarde, bajo la llovizna.

Jamás le puse una mano encima. El gato era de buen carácter y se llevaba bien con mis pocos amigos y conocidos. Hasta mis vecinos me miraban con simpatía cuando el gato me andaba cerca. El día de mi cumpleaños se mostró más activo y sociable, enseguida se compró a los invitados, y toda la noche se la pasó persiguiendo cordones de zapatillas que bailaban, saltaban o salían al balcón a tomar aire fresco. Sin sospecharlo, creo que con mis zapatos nos sentimos marginados. Y a la mañana siguiente decidí llevar a cabo el experimento.

Lo reconozco, la situación experimental fue extraña para ambos. Al principio, cuando volví de la calle, el gato me examinó con cuidado desde el oscuro sofá. No me examinó como a un extraño, ni siquiera como me había examinado aquel amigo mío que se cruzó en mi camino, bajo la llovizna. Pero a prudente distancia todavía, el Yori (así decidí llamar a mi gato) pareció de acuerdo con mis nuevas zapatillas a colores. Lo mismo que con el resto de la indumentaria; porque, claro, al igual que yo, el criterio del gato entendió que mis pantalones de antes ya no servían para hacer combinación, como tampoco mis antiguas y opacas camisas y corbatas.

Nuestra convivencia anduvo mejor. Se me hizo habitual sentir que alguien me jalaba los cordones, o que mientras yo cerraba los ojos sobre el claro sofá, frente a un libro volcado o al televisor encendido, me subía hasta la falda un calor de pelos y cuatro patas. Las tardes con sus recibimientos también fueron distintas, y hasta me pareció que los vecinos me saludaban mejor aunque el Yori no anduviera cerca. Seguí bajando al subterráneo todos los días a la hora de siempre, pero distinto. Las ventanas del vagón me hacían pensar en el contraste de ventanas abiertas y cortinas claras. Un día, con mis nuevas zapatillas, por accidente pisé a una pasajera. Nos miramos, como descubriéndonos de a poco, me pareció linda, y yo sentí que además de las mutuas sonrisas, también nuestras zapatillas hubieran ronroneado.

Texto agregado el 19-09-2016, y leído por 242 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
24-01-2017 ¡¡Qué cosa linda este cuento!! filiberto
16-01-2017 Me gustó el manejo que tienes con las palabras y se trasluce un estilo bonaerense innegable, vívido, irónico e inteligente. Te dejo estrellas que elijas a tu gusto para que no desentonen y regalale una al Yori. guidos
20-09-2016 Pero qué bueno tu cuento! hacía tiempo que no leía algo tuyo. Es un placer. MujerDiosa
19-09-2016 Excelente narrativa. Saludos. NINI
19-09-2016 Excelente cuento muy bien narrado y conducido. Saludos! TuNorte
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