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En la Trinchera

Corría el año 1916, en un frio enero en la frontera oriental, nos encontrábamos en los alrededores de la ciudad de Verdún, al nordeste de Francia

Solo conocía los surcos que con el arado preparábamos las tierras en labranza. Luego llegaban las vides y con ellas el mejor borgoña del mundo. Ahora los surcos se habían transformado en zanjas de hasta dos metros de profundidad para sembrar de terror y muerte lo que la otrora naturaleza pródiga nos daba.

Cientos de metros de trincheras formando líneas paralelas comunicadas entre si por túneles donde nos llegaban los abastecimientos.

Los alambres de púas ya no cuidaban de nuestros ganados, ahora nos protegían de las hordas asesinas que venían de la nada, la escalofriante “tierra de nadie”.

Un espacio que nos separaba de otros soldados con los mismos miedos y las mismas angustias, cargadas de un odio infligido, para sobreponerse a esta tragedia.

La primera orden que nos dio el oficial Lecler fue la de redactar la carta de despedida para nuestros familiares.

-Piensen que hoy puede ser el último día de sus vidas, tal vez mañana sea tarde para decirles a los suyos lo que sienten y desean.

Seguidamente nos entregó un anotador y un lápiz a cada uno.
Era de mañana y todo parecía apacible.

-Una vez que concluyan sus cartas deben dejarlas en el bolsillo izquierdo de sus casacas, es el lugar que más se las pueden resguardar.-Debe aclarar su nombre y apellido y su número de identificación.

A los recién llegados nos asignaban las trincheras más alejadas de la línea de ofensiva, a unos trescientos metros de la zona más caliente, donde se producían las escaramuzas y los combates.

Eran seis de la tarde y el sol nos abandonó como huyendo del campo de batalla. Inmediatamente el cielo se colmó de falsas estrellas anunciando los bombardeos.

Desde nuestra posición nada podíamos ver, salvo las bombas que estallaban por todos lados. Fuego amigo o enemigo. Las órdenes de nuestros superiores eran siempre las mismas; las de resistir, algo que aprendí a fuerza de sufrimiento en aquel infierno. Siempre esperar.

El día que nos asignaron en la primera línea fue como entrar al infierno. Me tuve que hacer paso por sobre los cadáveres que con sangre y lodo regaban la trinchera. Solo atinaba a hurgar en el bolsillo izquierdo de los desdichados en busca de aquella carta que pudiera compensar su pérdida.

Solo debíamos resistir durante una semana, pasado ese tiempo nos relegaban a otras posiciones más protegidas. Entendí que el tiempo es relativo, que una hora puede resultar un siglo hundido en esos pozos, que en un instante se puede recordar toda una vida.

Supe convivir con ese enemigo silencioso que avanzaba arañando el suelo y se depositaba en la trinchera con ese hedor característico de la cebolla o el ajo, que preanunciaba un ataque de la infantería.

Recuerdo como si fuera hoy a mi amigo Paul, que apenas podía ver con esas mascaras que nos hacían parecer hormigas y la desesperación que lo hizo desprenderse de ese elemento, su risa burlona mientras daba bocanadas al letal enemigo, mientras me señalaba su bolsillo izquierdo.

Fue la única carta que pude rescatar de aquel infierno, por respeto no quise leerla, aunque pude cumplir con mi promesa de llevarla como legado a su esposa y sus hijos.

OTREBLA

Texto agregado el 30-10-2016, y leído por 68 visitantes. (0 votos)


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