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Inicio / Cuenteros Locales / clandestino / Emiliano y su madre

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El momento era propicio para escribir, había empezado a llover y con ello toda la atmosfera se volvía más tenue, admito que la lluvia me pone nostálgico. El intento fue en vano, ganó el deseo de sumergirme en esa ligera lluvia constante que pegaba en la ventana. Caminé hasta el puente de entrada al pueblo para seguir bordeando el cauce del río y llegar hasta ese valle inmenso y fértil de huertas de membrillo y alfalfa. El verde de la naturaleza cobra un significado especial cuando se ve mojado por la tenaz lluvia, los diversos matices que adquiere propicia el admirarlo en la lejanía hasta donde la vista lo permite. Sin temor a equivocarme estimo que su exquisito aroma no ha sido atrapado todavía por el mejor fabricante de fragancias.
De frente por ese estrecho camino se aproximaba una vieja carreta guiada por un granjero con el cuerpo entumecido y con la fatiga a flor de piel. Tras un saludo respetuoso y con un movimiento de cabeza, nos distanciamos. A mis espaldas escuché los cascos de la mula alejándose lentamente. Un poco más adelante me encontré con una mujer q entre su regazo cargaba un niño el cual era sostenido por un delgado reboso, a cuestas cargaba una paca de alfalfa. Su ropa presentaba ese brillo peculiar que causa el uso largo. En sus cansados y desgastados brazos cargaba un ramo de flor de Cempasúchil, le manifesté mi ayuda señalando su pesada carga, pero sólo dijo “gracias, ya casi llego”.

Empezó a llover más fuerte y apresuré el paso para resguardarme en la zona arbolada q formaban las ramas de membrillos en forma de arco. El mejor lugar que encontré para acomodarme fue en el piso, todo era silencio sólo se escucha el agradable golpeteo de la lluvia sobre la enramada. Al cabo de algunos minutos mis pensamientos regresaron a la mujer de campo que acababa de ver, el “ya casi llego” no era del todo verdadero pues para llegar al pueblo le faltaba aún un buen trecho. Me levanté y decidí correr para darle alcance, el pequeño niño ahora lloraba, aquella madre sin voltear a verme y decir palabra alguna, accedió a mi movimiento cuando tomé su pesada carga, era evidente su cansancio, su rostro estaba rociado. Caminamos en silencio, aquel infante al sentirse protegido por los brazos de su madre dejó de llorar. Por largo trecho no me quitó su angelical mirada. ¿Cómo se llama el niño?, pregunté. Con voz sutil dijo: Emiliano. De inmediato pensé en aquel héroe de la revolución, ¿de ahí habría tomado su nombre la madre? Finalmente llegamos a una pequeña vivienda a la entrada del pueblo donde bajé aquélla paca de alfalfa. Ella en muestra de agradecimiento estiró el brazo y me regaló una flor de Cempasúchil. La piel morena del rostro de aquel indefenso niño, aún perdura en mi memoria, así como el recuerdo permanente de esta escena del México rural, desprotegido y olvidado.

Texto agregado el 18-11-2016, y leído por 70 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
17-12-2016 Buen despliegue narrativo. Conmovedor la historia. Pato-Guacalas
 
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