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CORREDORES DE FONDO
Desde que nacemos hasta que morimos, si estamos entre los seres afortunados que cumplen las etapas de infancia, adolescencia-juventud, madurez y senectud, nuestros cuerpos y nuestras mentes van sufriendo cambios. Somos seres evolutivos que en sí mismos, tienen un principio y un final; sin embargo, en lo que está más allá de lo propio nuestro, en la hondura del universo, somos humildes e imperceptibles evoluciones que se sumarán a las ya no tan imperceptibles, acaecidas a lo largo de millones de años. Somos la Especie Humana urdida a lo largo de los tiempos; y seremos parte de la especie humana, que por su magnitud y oportunidad no podemos ni imaginar en lo que deparará.
Durante la infancia asistimos a un estado de abundancia en la que nuestras células crecen y se multiplican, desechan lo que no es bueno y seleccionan lo mejor. Lo mismo sucede con las emociones, los sentimientos y las conductas que se acoplan a lo que sentimos benévolo y bello, por lo demás útil para nuestra subsistencia. El raciocinio surgido del intelecto y los miedos brotados del inconsciente colectivo se rifan las apuestas. Es la época del modelaje. Como una esponja la poderosa sombra va filtrando lo que nuestra conciencia en ciernes considera pernicioso y malévolo. Nuestro cerebro desecha y arrincona lo que nos lastima y aprendemos finalmente a vivir en el seno de la familia y de la sociedad con unas creencias determinadas, que aún en la oscuridad de la conciencia nos acompañarán el resto de nuestra vida.
La adolescencia es una implosión. Los cuerpos alcanzan la perfección y los sexos la plenitud hormonal. En todo somos ricos e invencibles. Seres temerarios. Nuestras capacidades se vuelcan al servicio de la biología. Nuestro cerebro antiguo, el señor del instinto, el vigía de la especie que permaneció semialetargado cuando nuestro cerebro más neófito y elitista se embebía de conocimiento, emerge sin sutileza y despliega una suerte de vitalidad que acomete contra lo aprendido, nos arranca de lo conocido que ha estado cerrando puertas y creando tabiques. Es la rebelión de nuestro ser primario a la grupa de la procreación hacia la aventura de uno mismo. Nuestro ser creativo se despliega y vamos abriendo nuevos cauces por los que discurrirá nuestra existencia. Nos hemos convertido en jóvenes con objetivos.
La madurez es esa etapa en la que casi todos nuestros objetivos se han cumplido, es la fase en la que nos creemos ser jóvenes cuando la fuerza de la evidencia dice que hay otros jóvenes. Somos una arena difícil de tamizar sin perder o arrinconar cosas verdaderamente importantes, la etapa del discernimiento y la claridad. Nuestra mente alcanza el mayor grado de adaptación al medio a pesar de la vorágine de la ciencia y las nuevas tecnologías que cuestionan nuestros logros. Nuestros cuerpos se debilitan, sufren las consecuencias de años de lucha como timoneles en la cresta de la ola, cuesta reconocer que lo que ya no tenemos nos perteneció y nos mecemos en su carencia. En el espejo empezamos a vislumbrar a un individuo que a nuestro cerebro le cuesta reconocer. En este momento volvemos a ser capaces de agarrarnos a algo, de reescribir páginas. Aún estamos a tiempo de recrear una identidad, de limar vértices y suavizar asperezas.
El inicio de la senectud es más sutil; aparece y desaparece entre las brumas de la conciencia hasta que al final se queda sin remedio. Nuestras células se recambian muy lentamente y otras ni se recambian, las aptitudes disminuyen y se deteriora el sensorio. Salvo maléficas sorpresas nuestra vida dependerá de las inversiones y los réditos con los que hayamos jugado a lo largo del recorrido. Nos movemos entre la aceptación o el sometimiento a la nueva realidad, a menudo estamos más solos de lo que nos gustaría, nos creemos sabios siendo necios, o somos sabios y no nos importa. Ya no nos incordia que sea un viejo el que nos mira desde el espejo ni nos irrita depender más de lo que nos gustaría de los demás. La nostalgia nos duele, no por la melancolía sino por el anhelo de la libertad. Con cada tropiezo y cada desmayo, con cada trozo de vida que nos da la espalda, nos acercamos a la fecha de caducidad.
Igual que el acontecimiento de la vida no fue una elección la finitud del ser nos acaece como irremediable.

Texto agregado el 26-11-2016, y leído por 160 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
28-11-2018 Has dejado un texto que me calza como un guante, ya que pasé por todo el abanico de los cambios y te aseguro que disfruté cada etapa y creo que en parte una vejez serena se debe,(y por allí lo dices) a haber preparado bien el terreno. En algo no estoy de acuerdo; todavía no hay forma de acostumbrarse al espejo. Yvette27
21-08-2018 En esa carrera estamos. En esa lucha estoy. No soy ningún Zatopek, debo admitir. Me gustó mucho este escrito. ¡Abrazo! OrlandoTeran
13-12-2017 Son excelentes tus reflexiones, pero -me pregunto- ¿Cómo puedes saber tú de la edad madura? . Ese conocimiento seguramente lo tomaste de algún libro, niña. Cariños, Carlos. carlitoscap
28-01-2017 Un ensayo bien diseñado, eso en cuanto a las letras, como sabrás nunca o casi nunca interpreto o comento el mensaje, pero esta vez haré una excepción;en mi opinión al desarrollo de esa vida que muestras le falta algo: UN PROPÓSITO (siempre lo tenemos). ac0sta
15-01-2017 Uno nunca llega tarde a un texto que es imperdonable no haberlo leido antes. Pero aquí estoy para darte mis estrellas.+++++ crazymouse
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