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El norte era cálido, lleno de alto césped y vientos sosegados. La tarde sabía a despedida, a un paroxismo que despegaba de mis sienes y aterrizaba en mis ojos, que miraban nostálgicos a las olas retumbar y a los animales pastar sobre el grass. Ese agridulce sabor de viaje concluido sobre mis labios, terminaba alimentando mis inspiraciones profundas hasta transformarla en una sorda alegría.

Los caminos se acortan cuando vas de vuelta, pues cuando ansías llegar, serpentea, se vuelve sinuoso y errante. Y aunque a millas me hallaba de casa, ya podía sentir la nube tóxica de smog y rutina. Pero aún en la ventana de mi hospicio móvil, disfrutaba de las playas sumergiéndome con la mirada. Los paisajes me hipnotizan siempre.

Y no noté que a mi lado había un montículo envuelto en mi indiferencia, en mi distracción; hasta que despertó bruscamente mostrándome con sus ojos pequeños un nuevo paisaje. Su cabeza era un matorral que coronaba un bello rostro moreno, chocolatoso y en sintonía con la ámbar luz de la tarde; como dije, unos pequeños ojos que como gemas me miraban con una picardía sincronizada con su sonrisa, sin enseñar un solo diente, configurando sus labios tan alegremente que me inducieron a responder la sonrisa.

Naturalmente nos saludamos y el frescor del norte parecía regresar mientras corría el curso de nuestras palabras. Hablamos sobre música británica, rock del bueno, de los más grandes genios que llenaron estadios en los años setenta. Y entonces sentía que dormía- o despertaba- sobre sus frases suaves que se deslizaban sobre el espectro entre nosotros, era un letargo de que ya me había rendido ante su presencia y color tan dulce.

Por razones que no comprendí, el bus se averió en una zona rural, una gran parcela de plantaciones nos rodeaba y la tarde moría sobre los maizales. "Te haré un tatuaje. Acompañame a encontrar la máquina" fue lo que me dijo. Bajamos, caminamos y nos perdimos.

Me hallé con ella en una cabaña de la que jamás sabríamos a quién le pertenecía. El lugar era un desierto, pero habían huellas humanas: un camastro y una que otra pieza de cocina. Nos sentamos y comencé a contemplar, sentir y apropiarme de sus labios, de "la máquina", comparable al asesino terror francés: me cortó la cabeza. Me invadió: sus pechos como dos mundos independientes pero coordinados, su cabello laberíntico y esponjoso y ensortijado, su suave y tostada piel de cebada que se iba descubriendo bajo mis manos; todo, absolutamente todo, se transformaba en la escena en la que me gustaría morir.

Desperté en mi ciudad, con el sol nuevo y mis sábanas limpias.

Texto agregado el 12-12-2016, y leído por 141 visitantes. (0 votos)


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