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Señores, esto no es cualquier cosa. Ni mentira ni cosa inútil. Si no lo creen, no lo aprovechan o lo toman en vano, qué puedo hacer. Algunos de ustedes me conocen bien. No soy bueno para las vueltas, los engaños y los floreos. Esto lo tengo todo grabado en una cinta, lo que transcribo entre comillas lo transcribo tal cual se dijo, lo que cuento lo cuento como lo recuerdo, lo que opino es lo que pienso honestamente y lo irrelevante, señores, lo he dejado afuera.

Recordarán ustedes que el día de ayer llovía torrencialmente. Habrán visto en la televisión los autos varados en el agua, los árboles tirados por el viento y, después de la tormenta, la gente de los barrios flotando en llantas, remando con escobas y sonriendo a las cámaras. Habrán leído hoy en el diario que “la furia del agua” -como la llama El Matinal- dejó un muerto y varios heridos, y que la identidad del cadáver aún no ha sido definida.

Les dije que escribo esto para decirles algo real y útil, útil para ustedes, útil para sus vidas, y sepan además que no lo digo porque me sienta como su padre o su maestro. Que quede claro. Se los digo como su jefe, y ruego que si uno de ustedes dudara de algo, me lo diga sin tapujos mañana en la oficina. Esa persona, no voy a ocultarlo, quedará despedida de la empresa, pero le prometo una buena indemnización. Sólo pido de ustedes un mínimo de seriedad y atención a lo que les escribe este servidor, su gerente general.

Sepan, señores, que el muerto que dejó la tormenta soy yo. Iba yo corriendo por la Avenida Paraná casi llegando a la Domingo Medina cuando la lluvia empezó a ponerse muy seria. Habrán sido las diez de la mañana. Llevaba el sobretodo y el impermeable encima, el paraguas y el maletín en una sola mano y la otra mano en el bolsillo. El viento y la lluvia me daban de atrás, creo. Yo corría tan alborotado como todo el mundo. Recuerdo bien un auto blanco que pasó a toda marcha y me llenó de barro. Allí sucedió algo extraño. Me detuve con la intención de gritarle toda clase de improperios, cosa que jamás antes he hecho. Ustedes me conocen, saben que cuido mi lenguaje, pero eso no viene al caso. Fue entonces cuando vi a mi lado una tremenda cámara de televisión filmándome y, claro, preferí callar. Al lado del camarógrafo apareció una mujer agitada, micrófono en mano, a hacerme preguntas sobre la lluvia y cómo me afectaba y qué se yo.

“Muy fuerte, muy fuerte está, la verdad. Hace tiempo que no veíamos tanta agua” le dije queriendo irme, pero enseguida me agarró de nuevo: “pero igual está yendo a trabajar, ¿no?”, y me volvió a apuntar con el micrófono. Ay, por favor… ¿no podía irse con sus preguntas a otro lado? Eso es lo malo de andar por la Paraná, nunca faltan reporteros inoportunos tomando gente al azar para hacer preguntas absurdas. “No, la verdad que no”, le dije, “hoy es domingo así que no trabajo, estoy yendo a tomarme un café”. Efectivamente, iba al Café Elíseo a desayunar con Aparicio, el consultor técnico que estuvo en la empresa la semana pasada, hombre que todos ustedes conocen. Como seguramente él podrá contarles, nunca llegué a esa reunión.

La reportera estaba a punto de soltarme una tercera pregunta, cuando vi pasar entre el gentío una señora bastante mayor, muy apurada, que al parecer venía de hacer compras. Llevaba una caja grande y un montón de bolsas colgando. Supe sin vacilar que era mi oportunidad. Ofrecí mi ayuda a la anciana, agarré su caja y me fui a su lado cubriéndola con mi paraguas. Victoria. Me había librado de la entrevista.

Pero la cámara y el micrófono atacaban ahora a la viejita y yo, a su lado, no tenía cómo escapar. “La agarró la lluvia, ¿no señora?”. Ella caminaba al medio, la periodista a un lado, y yo al otro. El de la cámara, que iba de espaldas, nos iba filmando dos pasos adelante. “Ay hija, mire, hace cincuenta años que el tiempo se pone peor y peor, debe ser el fenómeno este que dicen, así no se puede vivir, y míreme, yo aquí haciendo las compras. Es que no queda otra. Menos mal que apareció este caballero a ayudarme, mire.” En esto, obviamente, la cámara me hizo un primer plano y no tuve más remedio que mostrar mi sonrisa de buen ciudadano, mientras chorreaba mi pelo empapado.

Prometí evitar en este texto las vueltas inútiles. Les digo, queridos trabajadores de Martínez y Cia., les digo, señores, que ahí fue cuando me cayó un rayo encima y morí. Lo supe porque cuando abrí los ojos me vi acostado sobre la acera hecho cenizas. La lluvia se ponía cada vez más fuerte, la calle seguía tal cual con sus autos veloces, pero en los cafés la gente se agolpaba espantada a los vidrios para ver el espectáculo. Ni hablar de la viejita que iba a mi lado, quien muerta del susto corrió a agarrarse de los transeúntes. Los únicos contentos eran, claro, los periodistas que grababan lo mejor que habían grabado en su vida.

Yo, en mi nueva condición inmaterial, por así decirlo, flotaba en el aire y empezaba a sentir una fuerza que me atraía hacia arriba. Pero para algo he vivido 58 años, señores, y para algo he juntado toda la experiencia que tengo. Me agarré con fuerza de la filmadora, no estaba dispuesto a irme sin ella, y pronto el reportero se vio obligado a soltarla con miedo. Sorprendidos, todos veían la cámara irse por los aires hacia el cielo porque, claro, a mi no podían verme. Yo era para ellos el cuerpo incinerado que quedaba a sus pies. Desde la altura, ya no pude distinguir con claridad sus figuras, que se ponían cada vez más pequeñas. Como les dije está todo filmado.

Anoche pasé con gran tranquilidad y sosiego mi primera noche de muerto. Además, aquí en el Cielo me han equipado muy bien la habitación con todo lo que pedí. Un monitor para revisar el video -así es que hoy transcribí al pie de la letra los diálogos que acaban de leer- y un servicio de correo para enviarles estas líneas. También llega aquí arriba El Matinal, donde esta mañana leí la noticia de mi trágica muerte.

Aunque hoy ha sido un lindo día de paz, mañana martes, como les dije, estaré en la oficina nuevamente con ustedes. Al principio pensé mandarles el video en lugar de estas líneas, pero como ya se imaginarán, a la gente aquí arriba no le pareció muy buena idea, porque revelaría como prueba irrefutable el momento inmediato después de una muerte, visto desde los ojos del muerto, un detalle que ha sido muy bien guardado desde siempre. Así que llegamos a un acuerdo según el cual yo entrego el video aquí arriba, y a cambio me permiten volver al mundo y seguir con mi vida. Los detalles del cadáver incinerado y los testigos se pueden arreglar, según me explican.

La veracidad que les prometo queda comprobada con el video, aunque –ustedes comprenderán- estoy forzado a dejarlo aquí arriba. Pero, sobre todo, quiero que aprovechen estas palabras que, como ya lo he dicho, no son cosa inútil ni vana: tengan cuidado con los rayos para que no tengan que atravesar situaciones tan adversas como estas. A cambio de este humilde consejo, señores, les pido un favor:

Como saben hoy es lunes y Martínez, presidente de los accionistas, vendrá a hacer su visita, y preguntará sin duda porqué no he ido a trabajar hoy. Pensará que otra vez me he tomado un lunes libre, y dirá que yo tendré alguna nueva excusa por mi ausencia. Seguramente vendrá también Aparicio, el consultor, a preguntar porqué no fui ayer al café. Debe pensar que prefiero pasar la mañana de un domingo lluvioso durmiendo, en vez de salir a reunirme con él. Háganme el favor de explicarles la verdad para que no haya malentendidos. Hasta mañana.

Texto agregado el 15-09-2004, y leído por 225 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
09-04-2005 Un relato muy bueno. Un saludo y mis ***** estrellas para tí. Eulba
06-10-2004 Está bien. Buen trabajo! Nicodemus
 
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