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El Aquilino de Buenaventura

Pudo llamarse Efelisa, Alondra, Lorenza, pero no, el nombre de mi abuela fue Buenaventura, era pequeña, de largos cabellos negros que enrulaba y por entre esos rulos mi madre ponía sus dedos.

Contaban que doña Buenaventura era la joven más hermosa de su pueblo y de los caseríos de la zona; de ahí, de las serranías de Jauja, esa tierra bendecida para los cultivos, de cielo despejado, fértiles campos sin fin, en donde no falta el pan ni la miel.

Ah… pero dicen, que doña Buenaventura tenía entre sus engreídos a un gallo. Lo había adoptado desde polluelo, lo cuidaba durante los fríos inviernos y en los veranos paseaba con él por la casa, su nombre era Aquilino, tenía el cuello descubierto, sin plumas, la cabeza poco emplumada, cresta pequeña apenas rojiza, las patas largas y fuertes, plumas de color gris y blanco pero de postura de cuerpo levantado. Creció sabiendo que su ama lo protegería de todo y todos. Caminaba ufano, altivo entre las mascotas de la familia, entre los corrales de la granja, entre los dormitorios de la familia. Sentíase libre de andar por donde se le antojara sin restricciones, obviamente bajo la mirada de Buenaventura, pero pobre de aquel que se detuviera a mirar a su dueña, Aquilino picoteaba al osado… sin más.

Cuentan que en la tarde del Día de Reyes, Buenaventura dejo al gallo pasear por la casa y aquel, no dudo de entrar al comedor, subir a la mesa que estaba primorosamente decorada con flores amarillas de retamas , platos de la bisabuela, cubiertos y vasijas de barro que la familia presumía eran de los incas. Aun la comida estaba por servirse, cuando el gallo empezó a picar las flores, destrozarlas con las patas, saltar sobre las vasijas con comida, ensuciar los cubiertos. Entonces entro Celia, hermana mayor de Buenaventura, al ver semejante espectáculo no dudo arrojar lo que tenía en manos, unas yucas para la cena, a modo de proyectiles que caían sobre las jarras de chicha de jora, se aplastaron las humitas con queso y Aquilino como alma en pena, comenzó a volar de un lado a otro pero ella no le daba tregua y gritaba ¡agarren al gallooo!. Alcanzo a salir volando por la ventana que daba al corral, lleno de espanto.

Fue Ladislao que al oír los gritos de la prima salió en su auxilio, creyendo ser cazador y el gallo “su presa", afino la puntería de su honda sobre el animal que no paraba de volar y revolotear, a la sazón enfilo al gallinero pero las demás aves no le dieron refugio, aquello era una persecución de ambos bandos. Ya sin aliento, se tambaleaba y estando a punto de caer llego al eucalipto más grande de la casa pero sin fuerzas para volar más alto, subió sobre una rama no muy distante del suelo, dejándolo literalmente a merced de sus verdugos. Preso del pánico, se oyó la voz de Buenaventura que vino a rescatarlo.  Al verla, su hermana y primo dispararon con la honda al gallo que ya ostentaba hebras de sangre por las patas. Pero su dueña ni se inmuto ante los ataques y logro cobijar al engreído entre sus polleras. Furiosa como estaba Celia, fue diciendo lo que había hecho en el comedor, en el corral, luego: ¿qué comerían los invitados ? ¿dónde comerían? mientras Buenaventura permanecía callada acariciando la cabeza del gallo.

Pasados unos minutos vino don Rogelio, patriarca de la familia, a decidir el destino de Aquilino, por un lado Celia disfrutaba contando con lujo de detalles como encontró el comedor, como quedo el corral, del otro lado Buenaventura aludía que de seguro habría sido asustado y por ello se comportó así, además era el único gallo de pelea, le defendía contra viento y marea. Después de un largo silencio, el padre, mirando a los ojos al gallo y viéndole medio muerto, ordeno que estuviera enjaulado por una semana y posteriormente seria sacrificado. Ante tal sentencia Buenaventura se mantuvo firme, frente en alto, sonrisa sin dientes, mientras a Aquilino se le vio rodar unas lágrimas por los ojos.

La orden fue cumplida al pie de la letra, al amanecer del día del sacrificio cuando el sol despertaba el gallinero, fue Ladislao al corral por la jaula y no encontró al gallo. Cuentan que encontraron al lado unos huesos, plumas negras y desde entonces canta un gallo al anochecer al que nadie ve . También dicen que Hipolito fue quien lo rescato por amor a Buenaventura, pero son mitos de la familia, lo cierto es que mi madre guarda una fotografía de los abuelos junto a un gallo medio tieso, desgarbado, flaquísimo y cuando preguntamos por el animal mi madre se esmera en contarnos aquella historia.

Texto agregado el 18-01-2017, y leído por 124 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
18-01-2017 Una historia muy entretenida y bien narrada! Un beso, Paula! MujerDiosa
 
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