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Hablar de muros en estos días puede remontarnos a épocas empañadas en el tiempo. La tecnología ha creado artificios mucho más efectivos que una gigantesca ruma de ladrillos con el objetivo cierto de impedir el paso de simples personas con una particular historia a cuestas. Claro, por allí también se filtran ratas, tipos oscuros sin bandera, narcos y estafadores, pero mucha gente se introduce por ocultos recovecos sólo con el ansia de mejorar su vida, darle mejor oportunidad a sus aspiraciones y con las ganas y el ñeque para progresar y aportar con lo suyo para la mayor grandeza de un país.

Por todo eso, Mister Smith, un regordete y colorado señor que hacía las veces de comisario en el estado de Mijuanaeslamejor, del país de Puajchiqueasco, siempre estaba atisbando el horizonte por si alguna mano se asomaba sobre los altos muros de concreto. Como eso ocurría a menudo, no hacía más que desenfundar su revólver y disparar con certera puntería, arrancándole el dedo meñique al supuesto invasor. Un agudo grito despuntaba en el aire y se emparentaba con el estruendo del balazo. Después, sobrevenía el silencio habitual, sólo interrumpido por el graznido de las aves.

Pero Smith era un tipo ambicioso que amaba el dinero más que el licor que bebía tras su escritorio. Y en un puesto como el suyo, siempre es peligroso que aquello se sepa, tanto por las autoridades o por quienes desean sacar provecho de aquello. Mas, como la jefatura mayor se encontraba a muchos kilómetros de distancia, Peter Smith no tenía mayor cuidado en arreglar negocitos por los que cobraba bastante bien, levantando la barrera más allá de lo permitido para que se filtraran tipos de pocos escrúpulos.

Cierta tarde, se apareció una dama morena y de buen porte y le entregó al comisario un cartón de cigarrillos. Como eran de la mejor marca, el hombre se arregló su pantalón para acomodar un poco su barriga y le sonrío con malicia a la mujer.
-¿Cuál es el trato?- preguntó Smith con desparpajo, moviendo sus pobladas cejas, como si también con ellas quisiera indagar.
-Un hermano mío que está al otro lado de la frontera, es muy culto e importante y puede ser muy útil por estos lados. Pero ya no tiene pasaporte y sí muchas pero muchas ganas de venir a aportar a nuestro país.
Smith se relamió como gato satisfecho, pero, mirando a la mujer de arriba para abajo, respondió:
-¿Sólo por un cartón de cigarrillos? ¿Y qué más?
- Cincuenta mil pesos de los buenos.
El rostro del hombre se iluminó. Hasta ahora esta oferta superaba con creces a todas las anteriores.

Concordaron con la mujer que esa noche se realizaría el negocio. Él diría a sus policías que rastrearan el lado este del muro, y les diría que le habían soplado se produciría un ingreso masivo de extranjeros. Y quedaría libre el flanco oeste, por el cual se introduciría el hermano de la mujer.

A la hora señalada, los policías buscaban con rifles y perros sabuesos a los invasores y los gritos y ladridos se confundían en la oscura noche, porque también se había apagado los reflectores para evitar que algún funcionario diese la voz de alerta y echase a perder el negocio.
A las diez en punto, un tipo rubio, desgarbado y vestido con ropas oscuras, corrió a hurtadillas hasta ponerse a salvo en una barraca de trastos. Cuando Smith lo tuvo al frente, lo reconoció:
-Pero…si es usted…el presidente de Imperiomásqueimperioimperiorazo. El hombre, que poco sabía español, sonrió con timidez.
-Ou yes, I am the president…until now…

Lo cierto es que el enorme país del norte estaba sumido en una crisis espantosa y el pillaje se había tomado todos los espacios. Los senadores huyeron primero, luego, las figuras más connotadas del arte y el espectáculo. El presidente ahora era un prófugo que pedía asilo en Puajchiqueasco, que en realidad, era la forma peyorativa con que los gringos denominaban a Lalagunadelparaíso, ciudad ahora fructífera y envidiada por los gringos del norte.

Cuando Smith recibió los cincuenta mil pesos, le ofreció su tosca mano al destituido presidente y sólo entonces se percató que a este le faltaba el dedo meñique.
-¿Qué le pasó en el dedo maestro?- preguntó el comisario al enjuto personaje.
-Hace unos días, alguno de sus guardias fronterizos me voló el meñique. Pero juro que lo encontraré y me las pagará. Todo lo dicho por el presidente fue traducido por su hermana.

Lo cierto es que Smith, que en realidad se apellidaba López, jubiló con esa fortuna recibida y se fue a vivir a Miaumiau, en donde retozó en las azules aguas de dicho balneario. Y su alegría fue duradera hasta que un inmenso tiburón le cercenó su mano izquierda.

-Valga por todos los meñiques volados- se dijo meses más tarde para sí, con kármica resignación, bebiéndose un whisky tendido en una hamaca.








































Texto agregado el 20-01-2017, y leído por 88 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
21-01-2017 Es un texto tan apropiado hoy en día, sobre todo con lo que ha prometido el flamante presidente EEUU. Felicitaciones: 5* dfabro
20-01-2017 Un cuento sobre un tema de actualidad. grilo
 
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