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Simplicio (El muerto aburrido)
El pobre Simplicio se había muerto, suceso no muy extraño que le pasa a muchas personas, y así, de la noche a la mañana, paso de ser un tío aburrido en vida a ser un muerto aburrido, en eso, en muerte.
Y claro, lo probable es que alguien pregunte.
“¿Pero cómo es un muerto aburrido, la mayoría no se puede decir que estén muy alegres?”.
Y desde luego tienen razón, los muertos no son precisamente divertidos, pero Simplicio. Ay, Simplicio era especial, era, y nunca mejor dicho, un muerto aburrido, pero enormemente aburrido, vamos el campeón de los muertos aburridos.
La verdad es que, Simplicio, ya desde que nació, parecía estar predestinado a ser un simplón, un soseras, un aburrido, y hasta sus padres parece que lo preveían cuando le llamaron así, (¡que hay que tener ganas, para ponerle ese nombre!). y desde pequeñito hizo honor a él, era el niño más aburrido que uno pudiera imaginar, era un aburrido mayestático, utilizando un adjetivo reservado solo para los reyes y gente así. Y claro, de esas lluvias llegaron estos lodos. Lo normal es que si había sido un simple, un alma de cántaro, un soberano aburrido en vida, de muerto fuera, pues eso, un muerto aburrido.
Es posible, que en este punto alguien quisiera indagar sobre como fue el Simplicio vivo y preguntara, “pero bueno, ¿qué hacía de aburrido en vida?”. Y yo, en vez de contestar directamente la pregunta, prefiero relatar unas cuantas anécdotas que me han llegado de su niñez y posteriores años y, que cada uno juzgue.
Dos añitos, solo quería comer papilla de harina con agua, sin leche sin azúcar, sin galletas, sin fruta, nada, solo harina y, mira que su mama le decía continuamente, “¿pero Simplicito (así le llamaba entonces), no te aburres de comer la papilla solo hecha con agua, no la notas insípida y aburrida?”, y el ni contestaba, solo le devolvía la mirada con ojos sin expresión.
Cinco años, solo se dormía si su papa le contaba un cuento, pero siempre el mismo, Caperucita Roja. Cuando llevaba siete meses repitiéndolo, su padre se negó a continuar, hizo una grabación que le ponían todas las noches y él tan feliz, tan aburrido.
Siete años, ya todo un mocito. Se pasaba el día recortando, con unas tijeras, letras de periódicos que guardaba en una caja; pero solo las letras A mayúsculas. Y aunque su madre le insistía en que variara y recortara otras letras, el ni caso, solo Aes y mas Aes.
Doce años, ya casi un adolescente. El profesor, en el colegio, le colocaba siempre en la última fila, porque si no lo hacía así, los demás alumnos, solo de oír su anodina y aburrida conversación, caían en un sopor y se adormilaban.
Diecisiete años, no le interesaban las consolas de juegos, como a otros de su edad, se pasaba las tardes solo delante del televisor, sin pestañear, sin hablar y sin encenderle, solo miraba la pantalla.
Veinte años, se echó novia, que le duro solo dos meses, porque a la pobre chica la tuvieron que internar en un centro hospitalario, se había quedado muda al llevar tanto tiempo sin hablar, Simplicio solo la miraba.
Treinta años, trabajaba en un ministerio, era el encargado de reescribir informes archivados hacia treinta años, a nadie le importaba su trabajo, ni servía para nada, pero a él le gustaba y no le pareció nunca monótono.
Cuarenta años, no tenía amigos, vivía solo, siempre comía y cenaba lo mismo, arroz y calamares (no se sabe bien el porque), leía siempre el mismo libro, la historia de Peter Pan (tampoco se sabe porque), todos los martes daba una vuelta por el barrio, siempre por las mismas calles y a la misma hora (ni idea del porque solo los martes), ni una variante, ni una fantasía, ni una novedad en su vida. Y así, hasta que un día, fue y se murió (muchos dicen que de aburrimiento).
Y ese es el momento en que, en realidad, empieza la historia que quería contar. Su vida había sido como ya hemos dicho, de lo más simple, sin sustancia, monótona, simple y aburrida que podía imaginarse. Pero, ahora contaremos lo que ocurrió con su muerte, bueno, lo que ocurrió después de su muerte para ser más exactos.
Veamos.
Cuando llego al Mas Allá, primero paso por los preámbulos de todos los que llegaban. Interminable espera hasta ser recibidos, presentación de identidades, lectura del juez de los hechos buenos y malos realizados antes por cada sujeto (cada sujeto muerto por supuesto) y expectación hasta ver cuál sería el nuevo destino al que les enviarían.
Cuando llego su turno. El juez nº 23, encargado de su expediente, se volvió enseguida hacia Simplicio diciéndole no de muy buen tono.
“Pero bueno, si tu historial esta en blanco, si no tienes curriculum, si no aparece aquí nada, ni bueno ni malo, ¿pero qué has estado haciendo todos estos años?”.
Simplicio, en voz muy baja solo se atrevió a decir.
“Pues nada, no he hecho nada”
“No ya lo veo, ya” contesto el juez mirándole fijamente.
“Y ahora, ¿qué hago contigo?, ¿adónde te mando?, si no tengo elementos de juicio, si te digo la verdad (y siempre la decía), no había visto nunca un muerto tan soso y tan aburrido como tú”
Para al cabo de unos minutos, decirle.
“Bueno, voy a hacer una cosa, como no te puedo ni castigar ni premiar, te voy a dar una oportunidad para que te definas, te voy a encargar un trabajo que transcurre en el inframundo, y según lo desempeñes, decidiré”.
Y le envió a un antiguo hotel, tenebroso y oscuro que estaba cerca de donde Simplicio había vivido, para que desempeñara, en él, el oficio de FANTASMA, sustituyendo al que había estado en el puesto que ya era muy mayor.
Aunque antes de salir, el bondadoso juez (todos los jueces lo eran), le dijo.
“El trabajo es fácil, a todo el que vaya por allí, te le apareces, le asustas y le haces temblar, no es nada complicado, pero eso sí, ¡trata de echarle ganas!, a ver si puedo darte destino después”
Pero, ni que decir tiene, que no fue capaz, a él asustar a alguien le resultaba imposible, si, aparecerse si se aparecía, pero de una forma tan anodina, tan aburrida, tan sin ganas y tan sin alegría, que los pretendidos asustados le confundían con una sabana colgada o con una cortina. Tanto es así, que el hotel, que debía su fama, justamente a las apariciones que se veían de vez en cuando, empezó a perder la clientela que antes iba en busca de emociones.
Así que se vio de nuevo ante el juez nº 23 que llevaba su caso.
“Pero hombre, pero si era un trabajo muy sencillo, si solo tenias que aparecerte y decir, Uh, Uh, pero con gracia, no siendo tan apático y tan aburrido, la verdad (ya hemos apuntado que nunca mentía) es que no se qué hacer contigo.
Pero como era un juez con grandes recursos y sobrada experiencia, se le ocurrió enseguida otra salida y le dijo.
“Mira, hay una vacante de MUERTO VIVIENTE, en el cementerio del pueblo de tu padre, te voy a destinar allí, lo único que tienes que hacer es salir por las noches vestido con andrajos, a ser posible con cicatrices sangrientas y con los brazos muy estirado delante, y, ya sabes a todo el que se acerque, susto que te crio, no me falles esta vez, y trata de ser o bueno o malo, para tener elementos de juicio”
Pero tampoco lo logró, si, se levantaba de la tumba, pero con tan poca convicción, con tan poca expresión y de forma tan aburrida, que la gente pensaba que era un espantapájaros movido por el aire.
No había pasado ni una semana, cuando el encargado de los muertos vivientes del cementerio, le devolvió de nuevo al juez. Que nada más verle le soltó con agria voz.
“Simplicio, me tienes hasta los coj…., perdón, quiero decir hasta los corazones, eres un pesado de muerto, un aburrido, pero aburrido a más no poder, y como ya me temía que volverías de vacío, te voy a dar la última oportunidad y si no sale bien, tendré que hablar con más altos estamentos para decidir si te mando al Limbo, aunque ahora le tengamos cerrado”
Y siguió.
Mira te vas a ir al museo antropológico y vas a ocupar, en plan MOMIA un sarcófago que esta vacio en una de las salas, no tienes nada que hacer, no tienes que gritar, ni asustar a nadie, solo estarte allí quietecito, y ya veremos”
“Vale, vale”.
Contesto Simplicio y allí se fue tan contento, porque estaba seguro que esa era una misión a su medida, tranquila, sin variaciones, sin cambios y en definitiva aburrida, vamos lo suyo.
Y allí está en la sala XVI en la zona de momias sin identificar.
No sé cuánto tiempo se va a tirar en esa misión, porque la verdad es que allí no tiene ninguna oportunidad de ser ni bueno ni malo, aunque eso sí, el juez nº 23, se le ha quitado de encima.
Fernando Mateo
Diciembre 2016

Texto agregado el 21-01-2017, y leído por 82 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
23-01-2017 Siempre tan ingenioso en sus relatos. El ingenio es algo que no se adquiere: se tiene o no se tiene. Este autor lo tiene en demasía. Me gusto mucho: felicitaciones 5* dfabro
21-01-2017 Simplicio podrá ser aburrido y pesado como un plomo frío, pero tu talento y tus letras vibran con especial fuerza, dinamismo y chispa. -ZEPOL
 
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