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CRECIÓ JUNTO A SU MADRE, a su tía, hermanos y primos, y junto a los “tíos” que llegaban a su casa y le decían: "¡hola, sobrino!", pasándole la mano por su cabeza pequeña. Su madre, le exigía: "¡saluda a tu tío, so malcriau!". El “tío”, orondo, le regalaba una moneda de medio sol, y Tadeo salía corriendo a comprar caramelos de colores, de los que exhibía don Pancho en un botellón de vidrio.

—¿De dónde tienes plata? —le preguntaba el bodeguero.

—Me regaló mi “tío Cashpau” —respondía Tadeo.

—¿El policía? —averiguaba don Pancho.

—Sí, mi mamá dice que de grande seré como él —Tadeo hablaba orgulloso y, al instante, apuntando con la mano, como si tuviera un arma de fuego, hacía ¡pum!, ¡pum!

Tadeo era el mayor de cuatro hermanos por parte de madre, y de tres primos; con ellos creció, como el número de “tíos”. Así también había aprendido muchas, pero muchas cosas. Ya sabía que los visitantes cariñosos no eran sus “tíos”, y que le decían "sobrino" y entregaban propinas tan sólo para que se retirara de la casa donde vivía. Sí, luego de devorar los caramelos, se le ocurría volver, la orden era directa: "¡anda, ve a jugar con tus primos!", y todos salían corriendo, haciendo repicar sus risas y sus gritos inocentes.

A los doce años, lo entendían todo. Cuando se molestaban, entonces, bajando la cabeza, casi llorando, se retiraba del grupo, limpiándose de un tirón la ira desbordante con la manga de su camisa.

Poco a poco a Tadeo se le abrieron los ojos, de las preguntas pasó a las discusiones; llegando, algunas veces, a correr a pedradas a los “tíos”, que de todos modos ingresaban a su casa, principalmente a altas horas de la noche, cuando todos dormitaban.

En la escuelita del pueblo, la mañana de aquel día, el maestro había sido muy claro. Habló de enfermedades venéreas; de pobreza, habló de miseria, a Tadeo se le aclararon, aún más, las ideas cuando, atando cabos, se enteró de por qué el pueblo murmuraba cuando su madre y su tía fueron “invitadas” por las autoridades a la Posta Médica. Tadeo llegó a su casa con cólera y vergüenza y, encarándoles lo que sabía, dejó la sopa de huevo y salió corriendo al campo, acosado por la cantaleta de su madre que resonaba en su mente:

—¡Yo te doy de tragar, so condenau; a mí no me vas a gritar!

Tadeo corrió sin voltear, hasta detenerse a la altura de un maizal, donde se sentó sobre una piedra. Se sentía muy atribulado, trataba de serenarse. De pronto se puso de pie, alzó los brazos, y haciendo puño con las manos, rasgó el silencio mirando hacia el cielo:

—¿Por qué me castigas, Dios mío? ¿Por qué? —preguntó desconcertado.

Los cerros le devolvieron sus palabras, y Tadeo caminó como un sonámbulo con dirección a la chacra de maíz que le presentó el destino. Sentía sed. Se agachó con cuidado para pasar por la cerca que rodeaba el maizal, cuando una voz gritó: ¡alto!

Era un peón guardián que apareció como fantasma, entre el murmullo: "shalaj, shalaj", de las largas hojas de los maíces.

—¡Alto! —y saltó como un loco enfurecido sobre el indefenso muchacho. Lo atacó de manera vil, con puñetazos y patadas, a la vez que lo insultaba:
— ¡Lárgate ladrón, hijo de puta, lárgate!

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Tadeo logró escapar del enfurecido guardián. Cruzó la cerca como pudo y, cuando estuvo a prudente distancia de su atacante, gritó:

—¡Los voy a matar! ¡Lo juro! ¡A todos los voy a matar! —luego desapareció tras los cercos y los árboles del camino.

Pasaron tres, cuatro, cinco días, ¡una semana!, a Tadeo parecía habérselo tragado la tierra. Rebeca, su madre, desesperada, lo buscó por todo el pueblo; incluso viajó a la provincia. Pero nada. Por las noches, cuando golpeaban la puerta de su casa, el corazón de Rebeca latía de prisa, imaginaba que era su hijo. No, no era Mateo; eran los tíos que, uno a uno, como si se hubiesen puesto de acuerdo, la visitaban.

—Hola Rebequita —le decía el “tío” “Cashpau”, agarrándole la quijada.

Como autómata Rebeca le abría la puerta y lo hacía pasar.

—Hoy no estoy apurado —advertía el “tío”.

Rebeca movía los labios… quería decir algo pero no le salían las palabras.

—¿Qué?, ¿tan fría me recibes? —decía “El Cashpau” al darse cuenta de la actitud de Rebeca.

—¡No llega mi hijo Tadeo! ¡Es el mayor! ¿Dónde se encontrará?

—Humm… ¡Ya regresará! —murmuró el “Cashpau”.

Rebeca, dejándose agarrar la cintura, haciendo un esfuerzo, hablaba con voz empañada:

—¡Ya son más de quince días desde que se fue!

—Ven Rebequita, ven —le decía el “tío” a la vez que la empujaba con el cuerpo como jugando—. Te digo que no estoy apurado Rebequita.

Rebeca caminaba junto al “Cashpau”, haciéndole su gusto, hasta llegar a una cama de frazadas viejas y descoloridas, donde el “Cashpau” la comenzó a besar.

El resto de “tíos”, como don Pancho y el alcalde, que eran los más conspicuos, se comportaron casi igual que el “Cashpau”.

—Rebeca, estoy hecho un toro —llegó diciendo el alcalde.

Rebeca aprovechaba estos momentos de intimidad para observarlos uno por uno: todos, en absoluto, eran indiferentes a sus palabras.

—¡Hoy te pagaré más Rebequita! —ofrecía don Pancho tratando convencerla con su dinero.

Rebeca suspirando sacudía la cabeza, queriendo expresar su pena.

—Rebeca, ¿acaso no vale mi plata? —clamaba el “tío”, impasible.

Rebeca no podía más. A escondidas de sus familiares, cuando se retiraban los “tíos”, lloraba desconsolada pensando en Mateo, el hijo en quien había depositado toda su esperanza.

Una mañana, luego de dos meses de la desaparición de Tadeo, cuando sólo su madre le recordaba, la señora Lucrecia, una vecina del lugar que todos los días madrugaba a ordeñar sus vacas, llegó muy alborotada, pálida y temblorosa, al Puesto Policial.

—¡Hay un hombre tirado al costado del río! —dijo.

—¡Cálmese señora! —lo tranquilizó el policía de turno, haciéndola sentar en una banca de madera ubicada al ingreso de la dependencia policial.

—Creo que está muerto —manifestó con dificultad la señora.

En días habituales por las calles del pueblo casi no circulaban parroquianos; pero cuando sucedían casos como el que nos ocupa, no se sabe de dónde, aparecían tantas personas que los policías se miraban desconcertados como diciendo: ¡carajo, si todo este gentío se nos viene encima no los podríamos contener!

En efecto, cuando la policía y el Juez de Paz se trasladaron al lugar indicado por la señora Lucrecia, al costado del río El verde, en una zanja que dividía los solares de la zona, encontraron el cadáver de un hombre al que habían, luego de haberlo ahorcado, seccionado sus partes íntimas.

—¿Quién es Dios mío? ¿Quién es? —gritó la señora Rebeca tratando de abrirse paso entre los curiosos.

—Es don Pancho, el bodeguero —intervino compungidoel “Cashpau”, uno de los policías que integraba el grupo que acompañaba al Juez de Paz.

—¿Qué? —exclamó Rebeca sorprendida.

En los días siguientes al suceso, como siempre pasa en los pueblos chicos, las conjeturas acerca del autor del crimen fueron muchas. Unos decían que se trataba de una venganza ya que el bodeguero tenía una amante. Otros comentaban que se le acumularon las deudas y que lo del pene y los testículos era sólo un disfraz para despistar a los hombres de la ley. Mientras esto sucedía, el asesino otra vez entró en acción, el pueblo era testigo de otro horrible crimen. A tres cuadras del Puesto Policial, detrás de un cerco de pencas, al costado de la raíz sobresaliente de un eucalipto, se hallaba el cuerpo de “El Cashpau” con las mismas características del anterior caso: sin pene, sin testículos y con huellas de ahorcamiento en el cuello.

La policía tuvo que solicitar refuerzos a sus superiores de la provincia y a las pocas horas llegó una comisión de efectivos policiales especializados que comenzarona interrogar a todo aquel que les parecía sospechoso. El crimen contra un policía era un caso imperdonable.

Hablaron con los familiares de los difuntos; después con los vagos, por último se vio ingresar al local policial a Jeremías, el guardián del maizal donde Mateo fue visto por última vez. Por haber encontrado intactas las pertenecías de las víctimas, estaba claro que el móvil de los asesinatos no fue el robo.

Esa misma tarde los guardias buscaron a Tadeo por todo el pueblo y allanaron la casa de doña Rebeca que reaccionó enfurecida: — ¡Desde hace mucho tiempo, antes de que suceda esto —les dijo—, denuncié la desaparición de mi hijo! ¡No me digan que no les han informado de ello! ¡Yo también quisiera que aparezca! ¡Mi corazón ya no puede vivir sin él!

Pasaron doce días, el pueblo ya se estaba recuperando de los graves hechos que lo conmovieron; cuando la noticia de la detención de Tadeo hizo que la gente se concentrara en las inmediaciones del local policial.

A Tadeo lo habían capturado en una provincia cercana. Alguien lo reconoció al momento en que bajaba de un ómnibus. La policía había ordenado, por intermedio del Poder Judicial, su retención por ser menor de edad.

A las diez horas y treinta minutos, el vehículo policial que trasladaba a Tadeo apareció escoltado por dos patrulleros.

La muchedumbre que se encontraba frente al Puesto Policial lo vio bajar sujetado por dos agentes policiales.

Tadeo miró a todos los lados, por sobre las cabezas de la gente. Tenía el pelo crecido que lo hacía parecer de mayor edad. Del grupo de curiosos un familiar de uno de los difuntos gritó: ¡Criminal! ¡Asesino!

Los ojos de Tadeo relampaguearon, su pecho se irguió, trató de zafarse de sus captores y al no poder hacerlo, estirando el cuello, quiso identificar entre la multitud al que había hablado.

Todos callaron. Hasta que una mujer gritó: — ¡Un momento señores, un momento por favor!

Era doña Rebeca que llegaba agitada, sosteniendo un maletín en la mano.

Las miradas de la gente voltearon al mismo tiempo, como si hubieran recibido una orden.

— ¡Mi hijo es inocente! ¡Mi hijo es inocente! —gritaba doña Rebeca mientras se abría paso entre la multitud.

—¡Cálmese señora! —intervino el policía que estaba al mando—. Es usted su madre, nosotros la comprendemos.

—¡Créanme! —dijo—. ¡Yo soy la culpable tengo las pruebas! —confesó.

—¿De qué pruebas habla? —preguntó el policía.

Doña Rebeca colocó el maletín sobre la banca de madera ubicada a la entrada del Puesto Policial.

—¡Ábralo! —le dijo al jefe de policía—. ¡No tenga miedo!, ábralo nomas.

Mirándola con desconfianza, mientras doña Rebeca intentaba abrazar a su hijo sin lograrlo, ya que los custodios no la dejaron acercarse, el policía abrió el maletín con sumo cuidado. Dos frascos transparentes aparecieron en sus manos, en el interior de cada uno se podía notar que flotaba una masa sanguinolenta, ¡un pene con sus respectivos testículos!

Tadeo miró a su madre horrorizado; pero,cuando vio que los policías le colocaban las esposas, reaccionó diciéndole en voz alta: —¡Madre, no te preocupes, yo te comprendo! ¡Cuidaré de mis hermanos!

Las lágrimas que resbalaron por las mejillas de Rebeca contradijeron la expresión de su rostro de media sonrisa y apariencia imperturbable.

Texto agregado el 26-01-2017, y leído por 60 visitantes. (0 votos)


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