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Inicio / Cuenteros Locales / gui / El cedro, el espectro y el torturado

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De resinosa y negra contextura, cual gigante oscuro dominando el horizonte, aquel cedro en el cual un enamorado, ser inquebrantable en su amor, fue rechazado y seducido por ese monstruo aciago y sarmentoso, buscó una cuerda y se colgó del cuello. Un pájaro lúgubre picoteó las cuencas del infeliz para tragarse sus dos uvas de luz y satisfecho y agradecido, dibujó una cruz en ese duro tronco.

Estigmatizado por aquel triste suceso, el árbol se ennegreció aún más y varios nidos de cuervos terminaron de entenebrecer esas hojas nocturnas que ahora hasta el viento esquivaba.

El árbol seguía creciendo pero se encorvaba y recogía de tal forma que ahora era una parodia de aquel orgulloso sarmiento de antaño. Luego una horrible y ulcerosa boca negra se formó en su tronco y desde allí escapaban los gemidos lastimeros del espectro del ahorcado y los imperceptibles trinos de algunos pájaros moribundos que buscaban ese refugio para entregar sus alas.

Corrían aquellos años en que la insensatez del hombre era perdonable por su extrema ignorancia.

Una cuadrilla de trabajadores apareció cierto día y sin decir ninguna palabra, aquellos seres oficiosos comenzaron a derribar aquel viejísimo cedro. Un grito espantoso escapó de aquella boca asquerosa y algunos de aquellos individuos huyeron a perderse. Los más valientes continuaron con la faena y al otro día, aquel árbol luctuoso era sólo una ruma de maderos y tablas oscuras que fueron destinadas para construir catafalcos y tumbas.

Varios maderos de aquel cedro fueron enviados a una ciudad conmocionada por un bullado juicio. Varios prisioneros eran interrogados, especialmente uno, al cual no le sacaron una palabra meridianamente sensata. De acuerdo al veredicto de la turba, el loco fue condenado a morir.


Dos gruesos maderos de aquel árbol maldito se elevan por sobre el horizonte transformados en una sentenciosa cruz. En esa tarde extraña y repleta de presagios, un hombre famélico y agonizante, ha sido clavado violentamente por sus muñecas y pies a ese artefacto de tortura y se ha hermanado de esta forma su noble sangre a los resabios resinosos del cedro. Gracias a aquel hecho, la oscura madera adquiere una extraña fosforescencia que ilumina el rostro enflaquecido del martirizado. Mientras la muchedumbre aguarda expectante el deceso del torturado, este murmura débiles palabras: -Perdónalos Señor porque no saben lo que hacen… Dos gotas de savia transparente resbalan a modo de lágrimas por el madero y se bifurcan por las sinuosidades del rostro de aquel hombre para finalmente disolverse en su pecho llagado…









Texto agregado el 16-09-2004, y leído por 270 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
18-09-2004 Muy bueno. Un saludo. SOL-O-LUNA
16-09-2004 glup!! anemona
 
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