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“Mijo, lo que más me gusta de usted es que es serio. Que no se anda riendo por cualquier tontera.“

El que así hablaba era el abuelo de Luis, un quinceañero de viejo cuño, vestido con esos tonos grises que las madres pareciera que se los metían a la fuerza a sus hijos, acaso con la esperanza de que el niño se apegara a costumbres más formales, ceñidas por la escolástica y permaneciera muy pero muy alejado a las jugarretas y esos festines que jóvenes de rienda más corta acostumbraban a auspiciar y festejar.

“Si Tata, yo soy serio.” respondió el muchacho, que caminaba con paso ligero al lado de su abuelo. Luis había recibido de regalo, concedido por una tía de buena situación, un corte de género para que le hicieran un bonito terno. Y como el abuelo era hombre de muchas amistades, eso le allanó el camino para contactar a un buen sastre, que además de su maestría para diseñar, cobraba un poco menos que el resto. El abuelo era el que financiaba casi todo, ya fuese porque Luis era su regalón, o porque sus padres carecían de dinero para gastarlo en extras.

Llegaron a una tiendita modesta, ubicada en una calle alejada del centro de la ciudad. Una pequeña vitrina daba luz sobre lo que se confeccionaba allí, ya que un desvencijado maniquí de yeso lucía ataviado con un terno de color negro. Parecía un novio momificado por los años, por el polvo y por la indiferencia de la gente que pasaba por el frontis del sucucho. Pero, sin ambajes, entró el abuelo y detrás un tímido Luis. Un señor de menguada estatura, con lentes gruesos y sonrisa bobalicona, los saludó con mucha cortesía. Era el sastre, quien quiso saber de inmediato para qué podía serles útil.

“Necesito que le haga un terno a este chiquillo. Aquí está la tela, que se ve que es de buena calidad.”
“Por supuesto. Muy exquisita tela. ¿Y han pensado en algún modelo.”
“En realidad no. Algo parecido a lo ando trayendo yo. ¿O podría usted sugerirnos algo?”

El hombre buscó entre el desorden de piezas a medio confeccionar, un catálogo tan añejo que Luis pensó para sus adentros que muy pronto andaría vestido de levita y si sobraba género, hasta con un sobrero de copa. Pero no fue así. A decir verdad, los ternos sobreviven a la historia y pueden cambiar rotundamente, pero vestirlos, le da a uno una cierta seguridad al saber que sea donde sea que se llegue, el hombre será bien recibido. Y así sucedió, ya que Luis se fascinó con un modelo bien juvenil, que por supuesto no gustó para nada al abuelo. Pero, como el abuelo pagaba y la tela era de Luis, concordaron en elegir un modelito que le agradara al paladar medio decimonónico del abuelo y satisficiera esos larvados ímpetus del muchacho.

Y llegó el momento de tomar las medidas. Todo anduvo bien con los hombros y el largo del talle. Pero cuando el sastre pasó su huincha para medir la sisa, Luis lanzó un estrepitoso chillido que no aguantó reprensión alguna, terminando todo en una risita nerviosa. El abuelo nada dijo y sólo miró con dureza al joven, quien evitó hacer contacto con esos ojos que amenazaban con entenebrecerse. Todo pareció aquietarse, aunque el sastre ya había captado que su joven modelo sufría de terribles cosquillas y trató de continuar con su rutina casi sin tocarlo. Pero fue inútil. Cuando el señor tomó las medidas para el largo del pantalón, tuvo que adentrarse con la más extrema cautela en la entrepierna de Luis, que había estado contemplando la ampolleta plagada de defecaciones de mosca, el techo de tablas deslucidas y… nada más pudo observar, porque su risa contagiosa, una catarata de espasmos, acaso unida al son de las horribles cosquillas, fue la respuesta inmediata del muchacho al sentir el casi subliminal roce del sastre en sus partes pudendas. El abuelo se descompuso, la vergüenza inundó su rostro, pintándolo de rojo.
“¡Luis!” bramó, en todo de reprensión, mientras el muchacho se debatía entre la angustia de saber que había enojado a su abuelo y la certeza que aún faltaban medidas sobre su cuerpo.

Finalmente, el traje estuvo listo en una semana. Y desde entonces, cada vez que Luis usaba dicho terno, no podía evitar recordarse del episodio aquel y de esas cosquillas suyas, que todavía persistían y que venían siendo como el cabro chico que aún le quedaba adentro.

























Texto agregado el 30-01-2017, y leído por 91 visitantes. (1 voto)


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