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Sólo querían ayudaros, pero presentiste lo peor. Nada más aparecer el barco italiano, imaginaste que sus tripulantes te apresarían y te devolverían a tu casa, a Mogadiscio. Al cabo de unos días, después de un enojoso interrogatorio y unos breves trámites burocráticos, te devolverían como se devuelve un producto defectuoso o un alimento en mal estado. Esa aciaga certeza, ese convencimiento de que nada habría valido de nada, de que todo habría sido en vano, te privó de ver con claridad.

Después de ocho meses de un viaje infernal y de una espantosa travesía de tres días en un miserable cayuco, cuando ya vislumbrabas el final de tus sufrimientos, cuando ya sólo estabas a unos pocas millas de la libertad, cuando ya casi tenias al alcance de la mano tu nueva vida, aquella que anhelabas compartir con tu querida hermana y con tu sobrina, que tanto se parece a ti y a la que estabas loca por conocer, ha ocurrido lo que no debería haber ocurrido. Se ha parado el motor. No había suficiente combustible para alcanzar las costas italianas. Y has pensado que con todas las extorsiones satisfechas durante el viaje, con todo el interminable flujo de dólares con el que tu madre y tu hermana te han ayudado, hubieras podido pagar tú sola todo el combustible necesario. La avaricia de los traficantes, de esos mal nacidos, te ha condenado.

Tras quince interminables horas de miedo e incertidumbre, en las que habéis permanecido a la deriva en alta mar, habéis divisado una embarcación que se aproximaba hacia vuestra posición. Cuando la ha alcanzado y te has dado cuenta de que se trataba de un barco de la marina italiana, has tenido la seguridad de que tu viaje hacia la libertad acababa de terminar. Pero, al poco tiempo, los guardias os han hecho muestras de que erais bien recibidos y os han arrojado unas cuerdas para que pudierais subir a bordo. Inmediatamente, ha cundido la euforia. Tu estado de alteración era máximo. En muy poco tiempo, has pasado de ver el infierno a ver la gloria. Apresuradamente, de forma descontrolada, os habéis arrojado al agua. Con los nervios, has tropezado y alguien te ha golpeado. Poco a poco has ido perdiendo las fuerzas. Poco a poco tu consciencia se ha desvaneciendo.

En esos últimos momentos, cuando te sumergías en el mar por última vez, te has sumergido también por última vez en tus recuerdos. Te has vuelto a encontrar con tu querido amigo Alí, en realidad, un hermano más que un amigo, y con tu hermana Hodan, que te cantaba canciones antes de dormir cuando erais niñas, y con tu bendita madre, y con tu querido padre, asesinado por el furor islamista. Y con tus noches de entrenamiento en las instalaciones deportivas de Mogadiscio, plagadas de agujeros provocados por las bombas. Y con tu día de gloria, con el día en que todo un estadio se puso en pie para aplaudirte en una final olímpica, en la final de los 200 metros de las Olimpiadas de Pekín.

Finalmente, toda tu vida ha quedado atrás.

Texto agregado el 01-02-2017, y leído por 85 visitantes. (0 votos)


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