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Inicio / Cuenteros Locales / Mariette / Brisingamen, Vida Tras la Muerte: Capítulo 1

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Capítulo 1: “Un Hombre Destruido en un Mundo Destruido”.
Nota de Autora:
Buena noche tengáis, queridos lectores. Llevaba tiempo que no escribía algo puramente literario en una computadora. A menudo escribo en un cuaderno en medio de las horas en clase, en eso no he cambiado, diréis, y tenéis mucha razón en ello. Algo en lo que sí he cambiado es que me he vuelto un tanto más sádica. A diferencia de la anterior entrega de Brisingamen –El Futuro del Pasado- la cual recuerdo con mucho cariño, aquí veréis la trama un poco más rebuscada y un poco más retorcida y algunas cosas os preguntaréis por mucho rato por qué rayos os las cuento porque parecerán no tener ninguna relación con la trama central –recordemos a nuestros queridos amigos Arturo y Esperanza-. También, a diferencia del interior tomo, acá además de ver estrategias bélicas –aunque no sé qué tantas, porque no será un libro en el que veremos muchos combates-, veréis algo nuevo en mi literatura: torturas. Y sí, vaya que es nuevo… Sólo una vez he torturado a un personaje, encima mi favorito: Uorentab del Legendarium de Iare, fragmento que no está publicado en ninguna parte, porque la dizque saga aún no comienza su proceso oficial de redacción.
Pues, además de todas estas novedades, aprovecho de daros mis respetos y deciros que os extrañaba y que, aunque en cierta forma esto será muy distinto al anterior Brisingamen que habéis visto, aun así mantendrá su atmósfera, seguirá siendo lo que esta saga es. Espero que lo comprendáis y toméis a bien. No es lo mismo una novela escrita por una chica de 13-14 años –esa edad tenía cuando escribí El Futuro del Pasado- a lo que escribirá una chica de 17-ad infinitum años, he visto más mundo –sino no hubiese tenido sentido vivir tres años más-, he saboreado más del sadismo, la crueldad y la oscuridad de este mundo que nos rodea y he aprendido cosas… cosas que no siempre es bueno aprender.
Como podréis daros cuenta, Mariette no se ha aguantado nuevamente las ganas de escribir, no ha podido aguantarse hasta el verano y, a medio julio, se ha puesto a escribir. Ha obviado a la lógica que le dice que duerma, que en los próximos tres meses difícilmente podrá hacerlo; que estudie para la PSU y supere su puntaje. En cierta forma, vivo en la negación, en tener trece años otra vez; aquella época idílica de mi vida en que soñaba con entrar al LAM, podía escribir casi todos los días –o ya fuera porque mi madre se apiadaba y me dejaba, consciente que de una u otra forma iba a estar escribiendo en menos de diez minutos, o porque no tenía tarea y lograba “engañarla”, o eso creía yo, y me ponía a redactar-, en otras palabras podía soñar; ahora el tiempo se ha ido. Me parece enormemente surrealista que 320 preguntas definan si los últimos trece años de nuestras vidas han servido de algo y que muchos estudiantes decidan dedicarle un año entero a preparar dicha prueba. Vosotros me diréis que no entendéis mi punto, que es normal que los alumnos estudien para un examen, para pasarlo con dignidad, a lo que yo os diré: sí, es normal, es normal que intenten acumular todo el conocimiento posible, pero aquí no se trata de eso, se trata de que intentan aprender a responder una prueba. ¿No creéis que algo anda mal? Yo creo que sí. Se trata de inyectarnos la lógica de otro, cuando en este mundo ya sabemos que no existen realidades absolutas; se trata de olvidar que, ante todo somos personas y tenemos en nosotros el gen de crear, razonar, no centrarnos en un único detalle, sino que podemos enfocar lo mismo de mil modos. Antes que programadores, que repiten información de memoria o piensan de una única forma, somos inventores… Lamentablemente, esta prueba no evalúa qué tan creativos, ingeniosos, lógicos somos… sólo ve si aprendimos 320 cosas en específico. ¿Y qué tal si aprendí el otro millón de cosas que vi en esos trece años, pero no esas 320? ¿Los trece años no sirvieron? ¿Debo regresar a primero básico? No, definitivamente no. Me diréis que es una prueba que pregunta las 320 cosas más obvias, para apalear mi desazón. Yo os diré, ¿si son tan obvias, realmente evalúan lo que necesita cada uno para entrar a su carrera? ¿Qué pasa si sé cosas muy importantes de la carrera que me gusta pero no sé que el puñetero DEMRE quiere que ordene los textos de tal o cual modo y lo hago desde un concepto literario, que sea más lógico que un lector los vaya a ver así en lugar de que si estuvieran ordenados de manera cronológica o según el ADOCER? Por eso os lo digo, me parece surrealista y mal diseñado, y no comparto la imagen de una generación tras otra, año tras año, compitiendo como harpías entre sí por quién saca 850 puntos, queda como el súper estudiante y desayuna con la presidenta. Si queremos perros tras un hueso, basta con ir a ver a la calle media hora antes de que pase el camión recolector de basura.
Pero en fin, no por mucho que yo me queje y diga que el DEMRE y sus pruebas surrealistas e ilógicas nos destruirán, la PSU llegará a su fin. A estas horas debería estar durmiendo. Pero no, mis queridos amigos, necesitaba escribir y deciros que no he olvidado a Brisingamen y que pronto volverá al tapete.
Este primer capítulo de la segunda entrega va dedicado a los amigos del corazón, esos amigos que viven lejos –algunos más de siete mil kilómetros- y que se sienten como hermanos. Gracias a todos ellos por su amistad y su apoyo.
El tema de este capítulo es Voluspa del grupo alemán –creo que son alemanes, porque he visto vídeos de sus presentaciones y hablan en alemán al público, pero por ahí hay quien dice que son rusos; pero en fin, rusos o alemanes son magníficos- Duivelspack. Si alguien me aclara esa vital disyuntiva, estaré agradecida. En fin, ahora sí, buenas noches y reunámonos nuevamente con nuestros queridos personajes.
Aprovecho de aclarar que el nombre de la sirvienta de Freya y Esperanza es en honor a la gran científica Thóra Karadóttir, de la cual no me extrañaría no hayáis escuchado mentar en todas vuestras vidas.













La mujer se tapó la boca con una fina mano enguantada. Los encajes negros, perfectamente entramados, hicieron un hermoso contraste con sus carnosos labios pintados de carmín. La luz del sol, llenando libremente el espacio, sin impedimento alguno, llegó a sus ojos de zafiro y los hizo brillar, a tal punto que ella misma se sintió incómoda y pestañeó elegantemente para poder ver mejor entre las doradas construcciones doradas de Oxford. El viento de las primeras mañanas luego del inicio de la primavera movió animosamente la pluma de su sombrero, negro igual que sus guantes y su bolso. Los carruajes pasaban a toda prisa por las calles empedradas de la ciudad, los caballos chocando sus cascos continuamente contra el duro y frío suelo. Los hombres gritaban mientras jalaban de las riendas, obligando a los animales a detenerse.
Pronto un saltimbanqui que había estado detenido a mitad de camino corrió hacia la mitad de la encrucijada obligando a los vehículos que viajaban de norte a sur a detenerse. Y mientras el rumor de ruedas metálicas y transeúntes parlanchines se volcaba a las espaldas del joven artista, él enseñó las dos antorchas apagadas que llevaba en la mano derecha al público e hizo una profunda reverencia. Bebió de una botella que llevaba en la mano izquierda, la dejó en el suelo, y escupió fuego en las antorchas, encendiéndolas. La gente dejó escapar un grito de asombro y aplaudió encantada. El hombre lanzó hacia arriba ambas antorchas y comenzó a girar, bailando danza irlandesa, alrededor de la botella, al tiempo que hacía piruetas con ambas antorchas a medida que las iba recogiendo.
Un rayo de picardía atravesó la mirada de la fina dama y sonrió, dejando apenas ver sus dientes blancos y perfectos. Y, finalmente, recogió los pliegues burdeos de su arrepollado vestido con una mano y echó a andar. Cruzó la calle con cuidado, fijándose de que no le cayera encima ninguna de las dos antorchas, que el saltimbanqui arrojaba cada vez más lejos de sí mismo, especialmente cuando comenzó a pasar al lado de él, quién bailaba con notable frenesí y vigor. Y, cuando sus ojos azules se perdían en una antorcha que recién hacía su camino para elevarse en el aire, sintió un cuchillo penetrar dolorosamente en la carne debajo de su pecho izquierdo y envolverse como un huracán de su sangre que drenaba todo a una velocidad de vértigo. Sintió cómo su rostro y todo su cuerpo palidecía, su frente se perló de sudor, su mente de desconectó de su vista y ya no estaba consciente cuando cayó.
Una luz brillante se coló por los ojos cerrados de Esperanza Rodríguez y, en la habitación en penumbras sólo se distinguió aquel dorado brillo. Acto seguido el ambiente se comenzó a aclarar: ya amanecía en el Fólkvangr.
Esperanza se refregó los párpados y abrió los ojos, presa del terror; su pecho subía y bajaba alocadamente: se había creído aquella fina dama de Oxford, vestida de sangre y de noche, apuñalada bajo el busto mientras cruzaba la calla intentando no quemarse con las antorchas voladoras del saltimbanqui. Fuera de su ventana se escuchó un caballo solitario relinchar, quiso ir a descorrer las cortinas para espantar al animal y seguir durmiendo, pero en su mesita de noche, el Brisingamen emitía una luz dorada cada vez más fuerte, debilitando la luz plateada a cada avance.
Tomó el collar con ambas manos y lo miró con una ira incontenible. Lo arrojó con fuerza contra la pared. El medallón áureo se volvió opaco. La habitación se ensombreció; el collar se volvió negro y el dormitorio fue invadido por las sombras.
Eso sólo podía significar el retorno de las penumbras, pero a Espe no le importaba. Miró iracunda al collar. Por culpa de ese maldito objeto lo había perdido todo, todo. La puerta se abrió e hizo su majestuosa entrada la Vanir Freya. Tras ella venía una sirvienta con un arcón de roble tallado.
-Ayúdala-ordenó, quedándose en el umbral de la puerta. La jovencita nórdica esbozó una sonrisa dulce y amable hacia Esperanza, quien les dirigió una mirada de odio gutural a ambas sin hacer ni siquiera un magro intento por contener sus impulsos, mucho menos sus emociones. ¿Después de navegar hasta el mismísimo fin del mundo en el mismísimo límite de los tiempos tenía caso esconder lo que sentía? No, definitivamente, no estaba para esos chistes. La sirvienta alisó los pliegues de su falda, de un amarillo chillón, cubierta en la parte delantera por un pulcro delantal blanco, y caminó hacia Esperanza con el arcón al tiempo que le quitaba la tapa y la dejaba suavemente sobre la mesa. Espe vio, pese a la enceguecedora oscuridad de su cuarto, un trozo de género azul rey ordenadamente puesto en la caja.
-No me gusta, no me pondré eso-dijo, arrebujándose un poco más entre las sábanas, sintiendo la tibieza del mullido almohadón en su espalda. Pronto, la sombría sensación que la embargara al despertar de su pesadilla y el terror que experimentara al percibir la presencia del caballo al otro lado de la ventana se habían ido, ahora quedaba sólo la rabia; no se detuvo a especificar si el Brisingamen -y que fuera lo primero que viera al despertar- era el culpable o si Freya y sus aires de grandeza eran lo que le destruía el humor; fuera lo que fuera, no iba a ponerse esa cosa, ni mucho menos iba a levantarse porque la diosa se lo ordenara: ella no veneraba dioses, aquellos sujetos eran de carne y sangre, como ella, bien lo había visto en el campo de batalla; ¿por qué venerar sujetos incapaces de protegerse a sí mismos? ¿Por qué rendir culto a alguien que hacía y deshacía con vidas ajenas? ¿Con qué propósito obedecer ciegamente a aquellos que en el momento en que fuera necesario no podrían hacer nada por ayudarla? No, no hacían nada por ayudarla, hacer su ira y su dolor tolerables, convertir a su prisión en algo pasable, transformar todo aquello que había perdido en algo fácil de extrañar, algo con lo que pudiera convivir. Su libertad, su fantasma llamado libertad, su hermoso fantasma llamado libertad, era eso y sólo eso, un pasaje en el pasado, una llama ardiendo en las páginas perdidas de su vida y que ahora había perdido, cenizas flotando río abajo, y que no iban a volver; ¡cómo extrañaba su amada libertad!
-Gustar... querer…-Freya saboreó las palabras, río tan brevemente que más pareció un suspiro burlesco que rallaba en la sensualidad y la coquetería-. Esas palabras aquí están de más, querida; sólo una palabra debes considerar: Deber-se relamió los labios y miró a Esperanza; hizo una seña con la mano a la sirvienta, indicándole que sólo procediera sin tomar en cuenta la voluntad de su ama.
La joven dirigió una mirada de disculpa a Espe y descorrió las sábanas, exponiendo las piernas trigueñas apenas cubiertas por la vaporosa falda de la enagua. Le tendió una mano, Esperanza apoyó las suyas propias en los hombros de la chica y la aventó lejos de un empellón.
-Creo haber escuchado algo parecido cuando estábamos con Thóra en el pasillo-dijo Freya sin inmutarse, al tiempo que Thóra caía enredada entre las cosas de la mesa de arrimo, que saltó lejos.
-¿Ah, sí?-preguntó Esperanza sentándose en la cama, apoyando la mano en la barbilla, en un coqueto gesto que, desde luego, había aprendido de Freya y que no le sentaba nada bien: era como una niña pequeña en una pose repugnantemente adulta y madura-. ¿Qué has oído?-preguntó con una sonrisa cínica.
-Un golpe muy fuerte contra la pared-dijo Freya con su voz suave y sensual.
-Obviamente fue un golpe; una orquesta no se parece en nada a esa vaca cayéndose, ¿o sí?-preguntó Esperanza, ligeramente exasperada, señalando a Thóra, quien a duras penas intentaba pararse y recomponer su ropa. Freya rió a carcajadas, aunque no sabía bien si se reía de la cara de Thóra –que era todo un poema-, de la mandíbula tensa de Esperanza, quien intentaba calmarse, o de la situación en su conjunto.
-Era algo que fue lanzado contra la pared-dijo Freya mientras caminaba contorneándose hacia la cama donde Esperanza le miraba atentamente abrazándose una pierna-. ¡Querida! Debes controlar tus ataques de ira, sino nadie va a querer casarse contigo-dijo esbozando una coqueta sonrisa, lo suficientemente ancha como para que a Esperanza le hirviera la sangre.
-¡¿Casarme?! ¡¿Yo?!-exclamó y su carcajada hizo que quienes estaban presentes se preguntaran si no había perdido acaso la cabeza.
Una cabeza se asomó por la puerta.
-¡Debiste golpear, Siggurd!-exclamó Freya airada, Esperanza odiaba verla actuar así ante los sirvientes. ¿Qué más quería que ellos hicieran por ella? Era detestable, repugnante, repulsiva.
-Lo sé, mi Señora; lo hice, pero debió de no oírse-dijo Siggurd, un muchacho que no superaba los veinte años; Esperanza lo había escuchado mencionar un par de veces y Thóra se lo había señalado al final del Valhalla. Una cicatriz le surcaba en diagonal el ojo izquierdo –o donde debería de haber estado- la piel recogida y ennegrecida comenzaba a recorrer su camino en la frente, por sobre la ceja dorada y gruesa, parecía descontinuarse en los párpados abiertos día y noche por una esfera blanca que le daba un aspecto siniestro al rostro, e iba a perderse en medio del pómulo. Posiblemente habría muerto de esa herida, aunque a ciencia cierta Esperanza no conocía su causes mortis. Lo único que sabía era que había caído en combate hace unos mil años, quizá más o quizá menos, intentando defender el Danelaw. Así había llegado al Valhalla. Debía de haber sido bastante bueno, pensó Espe, de lo contrario Odín no lo hubiera elegido y posiblemente hubiera acabado como concubina de Freya, la promiscua Freya, le sorprendía verla, a menudo no salía de su cuarto, todos conocían el motivo. Se preguntó qué haría Siggurd en Fólkvangr.
-Habla, ¿qué necesitas?-preguntó Freya. A Esperanza se le tensó más la barbilla de sólo oírla hablar. ¡Cómo la odiaba!
-Odín la requiere a usted de inmediato en Valaskiaf-dijo Siggurd, clavando sus ojos grises en los de Freya; apretó compulsivamente su puño, los tendones y nervios se marcaban en sus dedos gruesos y fuertes, Esperanza advirtió que le faltaba la falange superior del dedo índice y que los otros dedos permanecían inmóviles, siempre en una pose agarrotada, como si aferraran más o menos fuerte la vaina de un arma.
-Puedes quedarte, querida, supongo de antemano que no quieres venir-dijo Freya mirando a Esperanza. Thóra retrocedió sobre sus pasos, llevándose el arcón con el vestido dentro.
-¡Claro que quiero ir!-exclamó Esperanza: si Odín convocaba a Valaskiaf, algo grave estaba por suceder; sin embargo, su única respuesta fue la puerta cerrarse y la pesada tranca cubrirla con firmeza del otro lado.
Esperanza golpeó con sus puños aquel pesado trozo de madera hasta que se cansó: no tenía caso, no iba a moverlo ni siquiera un milímetro. Sólo entonces notó lo oscuro que estaba el cuarto, apenas y se veía el débil fulgor de plata del Brisingamen. Escuchó nuevamente el relincho y el miedo se apoderó de ella, no supo la razón, era sólo un relincho de un caballo encabritado. Fue hasta la ventana para espantar a la bestia, pero de pronto respingó sintiendo sincero terror. De inmediato se avergonzó de sí misma: era sólo un relámpago. De inmediato la habitación se llenó de una fuerte luz, como si en lugar de llover agua, lloviera fuego. Se regañó a sí misma de nueva cuenta: sólo era una explosión, de seguro alguien estaría volando alguna mina para sacar oro y quizá qué más.
-¡¿Qué fue eso?!-preguntó Arturo aterrorizado. El mar se mecía embravecido. Posiblemente era un terremoto, pero en el agua, estando en altamar era difícil saberlo, tanto como era difícil saber si saldría con vida de ahí.
Soltó el timón de la Rosa Oscura, el señor Wells se apresuró a tomarlo, sino la nave iba a zozobrar. Arturo tastabilló hasta la borda, casi rodó, hasta que sólo la baranda de madera a medio podrir le impidió caer a las gélidas aguas del Atlántico Norte. Una ola se alzó amenazadoramente cerca de su rostro. , pensó cuando vio la espuma salpicar y volver a caer en medio de esa vorágine turbia que parecía engullirse el casco de la embarcación. Sintió sus mejillas palidecer y un sudor frío correr por su espalda, volteó a mirar a su derecha y vio a Antonelle. La chica le clavó los ojos con ira, con odio, sí, eso era odio. , pensó él. Ella era tan igual a Esperanza, a veces le parecía que el mismo espíritu osado y testarudo las invadía a ambas, a veces sentía que podría amar a Antonelle de la misma forma en que había amado a Esperanza, ¿qué las hacía diferentes, después de todo?. De inmediato iba a encerrarse a su camarote, se quitaba el cinturón y la camisa o lo que quiera que llevase cubriéndole el torso, y la hebilla iba a clavarse furiosamente contra la espalda hasta que cicatriz tras cicatriz hacían que en el mundo no existiera una tal Antonelle, que el rostro de Esperanza se esfumara entre la niebla, que sus gritos inundaran el espacio hasta que las voces de ellas dos fueran arrancadas de la realidad. Lentamente la piel cedía, una y otra vez, hasta que la sangre brotaba tibia, ardiente, y caía por su espalda como una cascada. Sus ojos se apretaban con fuerza, un quejido le subía por la garganta, el sudor le perlaba la frente, la carne viva asomando por su espalda, pero se sentía libre, ya no pensaba ni recordaba nada.
-¡¿Qué estás haciendo?!-había preguntado una vez en señor Wells, luego de patear la puerta con tanta fuerza que la cerradura acabó por ceder. Arturo había llorado, había escondido la cara sintiendo asco y vergüenza de sí mismo, ni siquiera se había molestado en esconder el cinturón, la hebilla aún lastimaba su piel con su frío tacto-. ¡¿Qué haces, muchacho?!-le regañó Wells-. ¡No, no se le acerquen! ¡Fuera de aquí!-la voz del timonero resonó en su habitación junto con un sollozo ahogado. El anciano corrió la puerta, impidiendo que los curiosos, que no habían tardado en colarse, entraran en el camarote-. ¡Tus gritos pueden escucharse por toda la cubierta!-le regañó nuevamente. Sus manos tantearon entre las de Arturo hasta dar con el cinturón. El muchacho respingó, el tacto de los dedos de Wells por alguna razón le pareció más suave y agradable de lo que hubiera imaginado-. Muchos piensan que estabas en otra cosa-le dijo mientras le quitaba finalmente la correa. El chico no se atrevió a mirarle a la cara, ahora no podía ocultar su vergüenza, pero de todos modos pudo sentir esa sonrisa irónica y ladina. Bajo una fachada bonachona, algo puritana y algo ruda se ocultaba un hombre pícaro y burlesco, jamás se lo hubiera esperado. Se sintió irritantemente solo, al grado que hubiera deseado tomar nuevamente el cinturón y que se estrellara, con ese dolor tan poderoso y agudo, en su piel.
-Yo...yo…-el muchacho tartamudeó. Wells se arrodilló a su lado y le aferró amigablemente el hombro. Arturo giró el rostro para que el timonero no pudiera verlo. Aún así sintió esa sonrisa afable.
-Tú… tú… ¿Qué muchacho? ¿Por qué te azotabas?-preguntó Wells. Arturo se encogió, posiblemente a ese anciano le preocupaba los gustos extraños que él, apenas un niño, pudiera estar teniendo. ¡Tan perversa que era la gente a cada año que pasaba! Pero él era aún más perverso.
-Me castigaba…-susurró, sus labios temblaban.
-¡Te castigabas!-exclamó el anciano estupefacto-. ¿De qué? ¡Tú eres un santo!-. Arturo se mordió el labio inferior. ¿Cómo explicarle que estaba a medias de amar a Esperanza y por otra parte amaba a su nieta? ¡Por Dios! Lo odiaría por haber puesto el ojo en su nieta. Dios… Dios lo odiaría más si eso era posible, había roto sus votos, era infiel, había luchado junto a esos demonios del norte. Eso era terrible-. ¡Da igual!-había dicho Wells, captando la tensión-. Veré que te atiendan eso-le dijo antes de ponerle una camisa limpia, eso quería decir sin polvo, sobre los hombros y lo sacaba del camarote.
-¡¿Estás bien?!-le gritó Wells desde el timón, aunque apenas y pudo oírle entre el rumor de las olas.
-¡¿Qué es eso?!-gritó Arturo intentando mantener el equilibrio, firmemente agarrado a la borda. El tiempo pareció detenerse y por unos segundos no sintió el rugir del mar, los gritos de los hombres en cubierta intentando mantener todo firme, sus ojos se clavaron en las pupilas dilatadas de Wells, las manos del anciano temblaron al sujetar el timón, por unos minutos pareció que iba a soltarlo.
-Hekla-susurró el viejo Wells. Arturo se agarró fuertemente. , se preguntó, mientras veía, a su espalda, alzarse a lo lejos, donde la vista se perdía entre el límite entre el Mar y el Cielo, una fumarola, una columna de humo más alta que cualquier cosa que jamás hubiera visto. Y, ante un cielo que aún dejaba ver que era de día, aparecieron llamaradas ígneas surcando las nubes y el sonido más aterrador que Arturo jamás hubiera escuchado, no supo si aquello eran relámpagos o el mismísimo fuego brotar de aquel espeso humo.
-Hekla es un volcán-continuó Wells, como adivinando los pensamientos de Arturo-, en Islandia. Erupciona a menudo, niño; y cuando lo hace es feroz, la boca misma de la Muerte. Le dicen La Boca del Infierno, no vas a querer estar cerca.
Un estremecimiento recorrió caprichosamente la espina dorsal de Arturo, sintió la bilis subir por su garganta, pero intentó ser firme. , pensó aterrorizado. Dentro de unos segundos pensaría que ese era el menor de sus males: el mar se remeció con furia y, bajo él, el fondo parecía temblar.
-A Jörmungandr se le ha perdido la cola-exclamó Wells, como un padre intentando calmar con una broma inocente a sus hijos una noche de tormenta. Una ola saltó furiosa hasta la cubierta. Fue entonces cuando Arturo deseó estar muerto, que Dios se lo hubiera llevado de una buena vez. Susurró sus oraciones, ya no le importaba si media tripulación lo veía. Vino un estruendo y, tan rápido que ni sus ojos podían seguir la imagen sin marearse, parte de la columna de humo se desplomó. El chirrido fue terrorífico y pareció que la muerte cabalgaba a lomos del mar, acercándose más y más.
-Hay que alejarse de Islandia-dijo el timonero-; ¡hay que alejarse ahora!-gritó con todo lo que le permitieron sus pulmones, aunque ante el bramido de los elementos apenas podía oírsele. Giró el timón con aire seguro, la rueda giró infinitas veces y poco a poco la nave comenzó a virar-. Antonelle, querida, pásame las cartas-dijo el viejo extendiendo la mano derecha, intentando tantear el aire hasta dar con un rollo de papel que se pareciera a unas cartas de navegación-. Antonelle, necesito las cartas rápido-demandó agitando la mano derecha torpemente.
-No están, ¡las malditas cartas no están!-exclamó Antonelle dejando que todos notaran su furia-. Mierda… está todo mojado-masculló la muchacha-, tú estás todo mojado, abuelo-dijo.
En ese momento Arturo pareció recapacitar, si todo estaba mojado era porque una ola gigante había barrido la cubierta; Wells se había tambaleado bastante y había estado a punto de soltar el timón… e irse con la ola cuando esta retrocediera. Entonces no pensó, incluso con la nave sacudiéndose bajo sus pies. Corrió hacia la borda que había en frente, incluso cuando su mirada no podía despegarse del Hekla y de los gases que emanaba, de parte de la tierra que parecía derrumbarse y encender el mar, quemar el agua. Aferró la borda, intentando que el impulso no lo hiciera caer, de inmediato supo que ese gesto no había llevado a nada, flotando hacia atrás, hacia la isla que ya no tenía salvación, iba la mesa del Puente de Mando y cerca, encerrado y acunado por la espuma el grueso manojo de mapas. Se persignó. , susurró. Sus manos temblaban y, aunque para él eso parecían ser horas, le parecía estar llegando demasiado tarde, en realidad estaba escalando torpemente muy a prisa, al menos con la necesaria para que nadie se distrajera de sus labores y viera la locura que él estaba haciendo. Sus pantorrillas se clavaron en el barrote más alto de la barandilla, sus manos se sujetaban de ahí también, sus pies estaban en el barrote que estaba apenas más abajo. Una de sus botas, demasiado resbalosa, estuvo a punto de impulsarlo de cabeza al mar. Un gemido, un grito ahogado a tiempo subió por su garganta. , sus labios temblaban, quería llorar. El cabello pelirrojo, más largo de lo que lo había llevado nunca, revoloteó libre al viento, estorbándole la visión. Quizá esas serían sus últimas oraciones. Y, sin embargo, saltó, saltó antes de poder darse cuenta de lo que estaba haciendo. Su cuerpo incrustó como una bala de cañón contra las aguas a medio congelar. Quiso gritar, pero sólo consiguió que el agua se colara libremente en su boca y en su nariz. , pensó mientras se hundía, pero ya no le preocupaba, ya había vencido la sorpresa y no sentía miedo. Las olas le arrastraban hasta el fondo. , pensó y eso, de pronto pareció despertarle, volverle a la realidad. , a lo lejos vio subir y bajar el rollo de mapas, eso mismo le pareció una alucinación. Iba a morir, pero al menos lograría llevar las cartas a cubierta. , la voz de su mente susurró mientras intentaba bracear y no permitir que el agua lo arrastrara hasta el fondo; la corriente le llevó un poco más cerca a las cartas. , que se haga su voluntad, eso quiso susurrar mientras veía los mapas alejarse mientras él intentaba alargar el brazo sin hundirse, algo que le resultaba prácticamente imposible: no sabía nadar y se estaba congelando. Cuando intentó alargar la mano y coger las cartas, pero su brazo se negó a despegarse de su torso, supo que iba a morir. , un gemido de angustia hizo que su cuerpo se estremeciera.
-¡Hombre al agua!-al menos eso creyó oír, los idiomas no se le daban bien y en esa travesía había escuchado tantos que con suerte identificaba un par de palabras de cada uno.
-¡Es el inútil de Arturo!-no entendió el grito de Antonelle, pero si la furia y el desprecio que cargaba en la voz, también supo que era en su contra toda esa ira y ese odio.
, imploró, sintió cómo en su mente una pequeña vocecilla gritaba desesperada, como la voz de un hombre encadenado en una cueva que se llena de agua la velocidad de vértigo. Pataleó y braceó y cuando ya estaba exhausto sus dedos aferraron un rollo de papel. Entreabrió los ojos: eran las cartas de navegación. Fue entonces cuando intentó llegar como fuera hasta el casco de la nave, podía verlo a un palmo de distancia, pero su cuerpo se negaba a responder. Fue entonces cuando lo sintió, el suave arrullo de las aguas frías, congeladas del mar, acunando su cuerpo, su cuello, su barbilla y pronto su rostro hasta que suavemente se hundió, sin soltar nunca las cartas, ya no sabía por qué no las dejaba ir: todo estaba terminando y ya no sentía miedo. Lentamente el agua comenzó a entrar en su nariz, fue un alivio estar tan tranquilo, ya no podía moverse y sólo le hubiera causado horror de haberlo deseado. Un chapuzón sonó, aparentemente a lo lejos. Abrió los ojos; de su nariz salían burbujas, al igual que de su boca y el color azul profundo y brillante del agua le hacía sentir como si estuviera en otro mundo. Y frente a él, ahí, anhelante y expectante podía ver a Loki nadar para alcanzarle, siempre sonriente, siempre con esa mirada pícara, siempre demostrando tanta seguridad.
Arturo no tuvo idea de más. No sintió cuando unos brazos fuertes lo aferraron por la cintura y la espalda, ni cuando le alzaron en volandas hasta la cubierta de la Rosa Oscura; apenas sintió cómo lo tendían de espaldas sobre el suelo de madera y le quitaban gentilmente el pergamino mojado de las manos.
-¿Y la mesa?-preguntó una voz varonil, pensó que eso era algo de francés, pero con un acento un tanto extraño.
-Tengo sólo dos manos-habló una voz sobre él. Abrió los ojos. No era Loki quien estaba sobre él, sino que era el señor Wells. Se removió nervioso, el viejo timonero le dio una palmada en la mejilla y se puso de pie-. Pero si tanto extrañas esa mesa puedes tirarte borda abajo e ir a por ella-añadió.
-No, gracias-escuchó responder a la voz varonil. Se sentó en el suelo y vio a uno de los tripulantes más jóvenes acercarse a la borda y mirar con pavor al mar. Arturo se puso de pie, rezumando agua por todos lados y caminó hasta el lado del marino, quien lo miró como al bicho más repugnante del mundo. Hizo de tripas corazón y miró. Fue incapaz de ahogar un gemido con lo que vio: las aguas ahora no se presentaban pesadas, gélidas y azules; sino que las cubría una espesa y profunda capa de algo nauseabundo y amarillento, pestilente y sulfúreo. , pensó aterrorizado. En ningún minuto, en ninguna de las acciones más decisivas que había perpetrado, en ningún momento al defender la tierra de los demonios se había detenido a pensar. Todo lo que había hecho, lo había hecho por Esperanza, y por salvar el pellejo. Pero ahora se daba cuenta de cuán desleal había sido a todo aquello en que creía y en aquello a lo que debía ser realmente fiel. ¿Qué era una mujer versus Dios? ¿Qué era la vida comparada con el Creador? ¡Qué necio había sido!
-Es ceniza-dijo la misma voz varonil.
-¡Ah!-Arturo no fue capaz de articular más. , pensó.
-Hubo una vez en que con Wells pasamos por Hawai, había un volcán en erupción y todo apestaba-narró el joven, sus ojos brillaban con el relato-; y el agua se cubrió por completo de ceniza amarilla-miró a Arturo buscando algo de entusiasmo en su interlocutor; pero el muchacho pelirrojo apenas y entendía algo de francés y estaba demasiado sumido en sus pensamientos como para intentar seguirle en algo la conversación. El tripulante haitiano se fue bufando y dirigiéndole una mirada de pocos amigos, tomándolo por maleducado. Arturo miró de nueva cuenta las aguas espesas y quietas. Sobre ellas caía, como una lluvia, ceniza fina y amarilla. Pasó saliva mientras el hedor se volvía poco a poco más insoportable. Corrió hacia el Puente de Mando, ya no tenía dudas de lo que significaba aquella peste a azufre: había forjado paso a paso para condenarse.
-¡Wells!-exclamó; a lo lejos sonó un trueno y el relámpago alumbró los cielos ya cubiertos. Islandia se veía más y más pequeña a sus espaldas-. ¿A dónde vamos?
-A las Islas Feroe, mi joven capitán-dijo el viejo marino.
-¿No te das cuenta, Wells?-preguntó Arturo con los ojos abiertos como charolas-. ¡Tú eres el capitán!
Los ojos de Wells demostraron una mezcla de confusión, sorpresa y decepción antes de responder: - Nos traicionas en el momento más difícil, Arturo. Un capitán jamás abandona su nave.
-¿Qué clase de capitán podría ser, Wells?-repuso Arturo desesperado, no fue capaz de contener la lágrima que le corrió por la mejilla-. No sé nada de estas cosas.
No supo qué fue lo que vio en los ojos del vio Wells en ese minuto. Si tal vez era dolor, miedo, sensatez o compasión, infinita compasión ante un alma perdida y condenada que intentaba salvarse y no arrastrar a nadie hasta el fondo de los fondos consigo. –Está bien, tomaré el mando de la nave-dijo antes de que las convulsiones sacudieran el cuerpo de Arturo quien intentaba no gritar en medio de las lágrimas que parecían arder en sus ojos y en sus mejillas-. ¡Ya vete!-dijo Wells-, que no te quiero ver por aquí-añadió, aunque ambos sabían muy bien que sólo intentaba protegerle de las miradas de los demás que le repudiaban por infinitos motivos.
Así las cosas, Arturo corrió hacia su camarote y corrió el pestillo; si hubiera podido encerrarse bajo siete candados lo hubiera hecho. , pensó; , pensó ahogando un sollozo y abrazando sus rodillas mientras se encogía sobre sí mismo en la cama. , se preguntó. En cada sombra de la habitación le parecía ver el fuego reflejarse, sentía el humo tóxico alzarse hasta embotarle la nariz, oía una risa pérfida y aterradora, y antes de que pudiera evitarlo, distinguía un par de ojos rojizos observarle enmarcados en un rostro malévolo. Cerró los ojos, pero las imágenes que esperaba ver en cada momento, seguían ahí atormentándole. Tiritó y rompió a llorar de nueva cuenta más asustado de lo que nunca había estado en toda su vida. Llegada la noche vino Antonelle a ofrecerle algo de comer. El muchacho negó con la cabeza sin atreverse a hablar.
-¡Qué necio que eres! ¡Come, imbécil!-le increpó ella acercando la bandeja amenazadoramente cerca. Podía sentir el olor a panceta a medio quemar, nauseabundo, pero apetecible tras varias jornadas en altamar.
-¡Aléjate de mí y no me toques!-gritó Arturo. La bandeja voló lejos, Antonelle apenas pudo mantenerse de pie.
-Si no querías, debiste de decirlo-le increpó ella mientras se agachaba a recoger el desastre que él había hecho. Arturo, sorprendido de su propio cambio y ya lo suficientemente paranoico como para no encontrar una respuesta lógica que escapara de lo que él se había predispuesto a creer, temblaba apoyado en la pared. Ella se fue azotando la puerta y apagando con ello la única vela que quedaba encendida. Arturo sollozó y desde aquel momento quiso contar tres noches. La primera noche la pasó con dignidad, al menos toda la que el terror le permitió mantener. Tiritando en un rincón de la cama e intentando no dormir. Había escuchado que si se velaba tres días y tres noches lograría espantar a la Sombra: ya llevaba un día y eso le daba valor. Al llegar el segundo día el dolor de cabeza no le dejó pensar, al menos no durante el tiempo que el camarote no estuvo sumido en la completa oscuridad, levemente iluminado por una extraña claridad que venía del otro lado de la ventana. Y al llegar la segunda noche, se le unió el hambre, el dolor en el vientre que no le permitía caminar. A la tercera mañana le pareció que pronto perdería la cabeza. No alcanzó a contar una tercera noche, para su desgracia y para el espanto que sentiría de sí mismo por los próximos meses. Sus ojos se cerraron suavemente y sólo volvieron a abrirse cuando Wells en persona amenazó con casi tumbar abajo la puerta si no abría y comía algo.
Arturo, desilusionado y atemorizado –aunque ya no sabía a qué le temía más, a sí mismo, a condenarse, a la Sombra o al propio Wells y sus legendarios castigos- se vio obligado a tomar dos jarras de agua, comer un trozo de pan endurecido por el aire frío y el tiempo con una generosa presa de carne. Luego de eso el viejo timonero se encargó de que se abrigara bien bajo las cobijas y durmiera. Así pasaron cuatro días con sus noches de las que Arturo apenas y tuvo consciencia sin querer preguntarse ni mucho saber qué lo había sedado hasta llegar a esas condiciones.
La cuarta noche fue un poco más cálida que las otras, o al menos así lo sintió Arturo. Antonelle se había negado a ir a su cuarto a dejarle ninguna clase de recado y Wells estaba ocupado atracando la nave, así que fue un sujeto que ahora, con la barba crecida tras un largo periplo en un clima agreste, era incapaz de reconocer.
-Prepárate para desembarcar-fue la escueta frase del marino antes de cerrar la puerta tras de sí. Arturo se sintió inefablemente solo. Hasta ese momento y después de aquello que sentía como un descubrimiento, no se había detenido a pensar que no tenía a nadie consigo; ahora lo hacía y era horrible. Por un momento razonó que no sólo era un simple pasajero en su propia nave sino que, peor aún, era una extraña especie de prisionero.
Con la tripa rugiéndole de hambre y la cabeza bailando de idea aterradora en cosas aún más espantosas se vistió con la mejor ropa que pudo e intentó peinarse. Vio por la ventana algo que nunca olvidaría: las aguas del mar grisáceas, cansadas de tragar y arrastrar consigo tanta podredumbre. Maderos flotaban a la deriva junto con las pocas naves que se conservaban enteras y no estaban golpeadas contra la costa, como incrustadas por un golpe de un gigante que les había empujado hasta ahí. Pudo distinguir trozos de plástico blanco y metal platinado de electrodomésticos y autos, y cosas peores: rostros blanquecinos, demasiado amarillos como para no estar en severa putrefacción, pedazos de brazos y piernas, torsos. Flotaba hacia mar abierto el cuerpo de un bebé de pecho. Arturo se preguntó por qué el mundo estaba estallando. , pensó y tomó el peso a cada palabra que habían dicho los dioses, esa batalla estaba diseñada para destruir cada confín del mundo. , se preguntó. No se contuvo más y salió a cubierta después de una semana de reclusión. Lo primero que sintió fue una veintena de pares de ojos mirarle con curiosidad y sorpresa, como si en lugar de haberse recluido a sí mismo, en realidad, hubiera resucitado.
-El capitán va a llevarlo a la Embajada-escuchó decir a un tripulante antes de que otro lo golpeara fuertemente en el pecho para que guardara silencio. No se sorprendió de que fueran a entregarlo como quién entrega un lastre o un perro herido que ha recogido en la calle.
Siguió caminando muy lentamente por la cubierta, tan lentamente que podía escuchar sus propias pisadas en el suelo de tabla, sus pisadas y nada más. Pudo escuchar cuchicheos mal contenidos.
-Ha perdido la cabeza-dijo un hombre, el teniente de la nave. Quienes no lo rechazaban por menospreciarlo lo hacían porque sentían lástima de él. Arturo tensó la mandíbula cuando escuchó el inefable rumor de que lo habían sedado durante gran parte del viaje para que no hiciera disturbios ni atentara contra su vida. , aquel pensamiento lo sorprendió: como católico conservador que era la idea del suicidio le parecía inadmisible; intentó convencerse de que era lo más natural del mundo: el suicidio podía condenarlo, pero él ya estaba condenado, al menos acabaría con el suplicio que era vivir.
Cuando pusieron los pies en aquella arena negra y áspera sintieron como si estuvieran en un mundo desolado.
-¿No ha sobrevivido nadie?-preguntó Arturo.
-¡No digas tonterías!-le regañó Wells evidentemente contrariado y con eso le mandó a callar.
Cruzaron el muelle en completo silencio. Lejos, hacia el noroeste, se divisaba la espesa fumarola del Hekla que acababa por fundirse con el cielo nublado. Se frotaron los brazos para capear el frío y se alejaron poco a poco del rumor del mar. No fueron pocas las veces en que Arturo recordó las naves fantasmas de Chiloé, al menos a eso le recordaba aquel pueblo abandonado. Cruzaron una costanera de restaurantes y se adentraron calle a calle, a cada cuál más silenciosa. Largas hileras de lo que solían ser casas rojas de cuatro pisos con techo pronunciado y ventanales circundados por anchas franjas blancas flanqueaban el pavimento de piedra agrietado. Ahora todo se había reducido a escombros.
-¿A dónde nos trajiste, abuelo?-Antonelle le increpó enfurecida a Wells. Él ni siquiera se dignó a contestarle, sólo le clavó los ojos y ella supo que lo más conveniente era mantener la lengua tras los dientes.
Aún se sacudía al viento un letrero de madera con letras negras, aún se leía la oferta de hospedaje, al menos. Wells se encogió de hombros, esperaba de todo corazón que ahí entendieran su mediocre inglés. Había escuchado que en los países nórdicos la gente hablaba muy bien aquella lengua y eso le daba algo de consuelo. Estudió largamente la construcción. Antes había sido una hospedería muy grande, algo así como una opción barata para los turistas que no querían ni necesitaban de los lujos de un hotel, pero lo suficientemente respetable como para que la gente lo escogiese. Ahora podía ver las tablas y muros a medio derrumbar, los vidrios quebrados; pero algo le llenó el espíritu: del otro lado de la ventana apenas cubierta por los barrotes, se escuchaba voces. No eran voces alegres, eran voces más bien angustiadas, pero enérgicas: aún había gente con vida en aquel lugar y eso era mejor de lo que se había esperado. Con redoblados ánimos golpeó la puerta una y otra vez. Una mujer de rasgos finos salió a abrir.
-¿Hospedería?-preguntó Wells, intentando usar las menos palabras posibles para evitar confusiones. Pensó que la mujer les echaría con viento fresco, pues detrás de ella se veía que no cabía un alfiler en la construcción, pero contra todo pronóstico ella se hizo a un lado dejando pasar a aquella procesión de extranjeros que parecía pertenecer a todas las naciones. Wells atrajo a Arturo hacia sí, el muchacho pensó, y con justa razón, que era un prisionero de sus propios amigos, quienes no le dejarían a sol ni a sombra, y coartarían cada uno de sus intentos por liberarse de ellos.
Inmediatamente al frente del pórtico, al cual se podía acceder tras subir cuatro escalones bajos de piedra, había una amplia escalera blanca flanqueada por pasamanos dorados. Luego de ocho escalones había un espacioso descanso, al fondo un bonito ventanal dejaría ver en tiempos mejores el patio central de la hospedería. Hacia la izquierda y la derecha partían dos escaleras con rumbo a las habitaciones. La mujer, presuntamente la dueña, les hizo bordear la escala hacia la derecha e hizo un gesto con la mano invitándoles a pasar. Adentro no cabía una persona más; todos sentados, parados o de cualquier forma en la que pudieran estar a la hora de comer, intentando no ser demasiado inconscientes con los pocos recursos que les iban quedando. Les hicieron sitio como pudieron e hicieron correr jarras con bebida –alcohol, té y el bienamado café de los escandinavos- y cuencos con comida, toda lamentablemente fría. Por más que lo intentó, el pobre Arturo no pudo separarse del timonero, quien le vigilaba ansiosamente; y amarrado casi a él como un niño indefenso e incapaz de decidir por sí mismo, se vio obligado a escuchar toda la conversación que el viejo marino sostuvo con uno de los naturales de las Islas Feroe.
Decía llamarse Leif y venir de Tórshavn, la capital de las Islas. Sus recuerdos eran agrios y claros. –No sé qué pasó con el cambio de día, pero fue algo bien loco, torcido diría yo-comenzó el sujeto. Arturo dio un trago a su taza de té mientras le miraba por debajo-. Todo estaba normal al anochecer del veinte de diciembre. El frío te mataba, sí; llevábamos tres años con inviernos tan fríos que la pura brisa era capaz de congelarte, pero era lo normal. Pero de pronto dejó de nevar y el cielo se abrió. Todos pensamos que el día se iba a arreglar, aunque fuera sólo a la noche, pero el sol explotó. ¡Sí, explotó! Sé que suena a una locura, pero lo vi con mis propios ojos: explotó. Y hubo un grito agudo, todos pensamos que el mundo se había acabado. La luna no salió, la hubiéramos esperado toda la noche, pero tembló…-dijo el hombre en su frenesí, apenas modulando. A Wells le costaba seguirle la conversación, para Arturo era imposible.
-¡¿Tembló?! ¡Pero en el Norte nunca tiembla!-interrumpió Wells consternado.
-¡Sí! ¡Tembló!-afirmó Leif, algo molesto por la interrupción. Ese fue el momento preciso para que Arturo pudiera intentar seguir la conversación-. Fue un temblor muy fuerte. Las casas se derrumbaron, los caminos se abrieron. ¡Los caminos de piedra se trizaron! Y fue entonces cuando vino la ola. Primero el mar se recogió, tan adentro que pensamos que se había secado para siempre, y luego lo vimos aparecer nuevamente, con tanta fuerza que parecía un azote. Pocos pudieron tenerse en pie o más aún huir al interior. La mayoría no pudo resistir y fue arrastrado mar adentro-la voz volvía a temblarle y hablaba cada vez más rápido. Todos los presentes hicieron una pausa, intentando no recordar esa noche por nada del mundo-. Y cuando las olas se detuvieron una horrible peste invadió todo: ¡Los volcanes hicieron erupción! ¡En Islandia! ¡Ay, pobre gente!-se lamentó Leif-. Tan llenos de esas cosas que están… Todos explotaron, el ruido se sintió hasta aquí.
-Y eso pasó en todo el mundo-le interrumpió una mujer que estaba sentada.
-Sí, en todo el mundo-afirmó Leif, mientras la miraba achicando los ojos con toda la seriedad que podía demostrar-. Hasta que volvió a salir el sol no supimos nada, no había señal y el mar estaba alborotado. Estábamos aislados… ¡Aislados! A los dos días volvió la señal de internet: todo el mundo, América, África, todos lados, todo estaba destruido, cada volcán erupcionó, hubo tornados, ¡Huracanes!-hizo una pausa para tomar aire-. Luego la señal cada día se puso peor por culpa del humo y la ceniza, hasta que desapareció. Entonces aparecieron los barcos, con gente a la deriva. El Banco Mundial está colapsado y ni se hable del FMI-tensó la mandíbula mientras agrandaba los ojos.
-Entonces…-Arturo sintió, como si viniera de lejos, su propia voz algo suave y fina, al tiempo que todos los presentes volteaban a verlo, como recién descubriendo que estaba ahí; Wells le clavó ojos, pero no le importó-. ¿El mundo está destruido?-apenas preguntó, sintiendo que la pregunta por sí sola era estúpida.
-¡Claro que lo está! ¡Cómo se nota que ni atención me prestaste, muchacho bueno para nada! Encima con este calor de locos que está haciendo-repuso Leif sintiéndose profundamente ofendido. Arturo no necesitó saber más. Se puso de pie mientras empinaba en codo hasta acabarse su taza de té y la depositó sin muchas delicadezas, que a ese entonces ya no le importaba demostrar educación, y salió corriendo a la puerta antes de que Wells pudiera siquiera detenerle.
-¡Espere un momento!-se disculpó Wells mientras maldecía mentalmente a Arturo. , pensaba el muchacho, mientras bajaba de un salto las escalinatas que conducían a la calle, pero estaba demasiado débil y cayó de costado golpeándose las costillas; de pronto el dolor y el miedo le daban igual y sabía exactamente lo que debía hacer.
-¿A dónde crees que vas?-le increpó Wells mientras lo tomaba del brazo y le ponía de pie. Intentó arrastrarle de regreso al salón.
-¡A Asgard!-exclamó Arturo, sintiendo cómo se le desgarraba la garganta a cada fonema-. ¡¿Querías que tomara el mando?! Ya tengo el curso-su propia furia le hubiera sorprendido, pero de momento disfrutaba del frenesí de estar vivo. Wells se quedó helado y sólo atinó a darle una bofetada que el chico no sintió.
-Nos vas a llevar a nuestra perdición-le dijo antes de volver a entrar sin molestarse a ver si iba con él o no. Por largo rato, Arturo quiso volver a entrar, pero se obligó a permanecer afuera, burlando la tentación, el frío –no entendía cómo Leif podía referirse a ese clima como caluroso- y el hambre. Sentado sobre las gradas, congelándose a medida que la luz del sol se iba podía valorar la noche, haber vivido y estar cuerdo como para ver la Luna alzarse una vez más. Quiso recordar el nombre de aquel dios luna que había escuchado morir. Ese grito aterrador le perseguiría hasta el último de sus días.
-¡Al fin no te cuidan como si te fueses a quebrar! ¿Eh?-se sorprendió cuando un bulto cálido se dejó caer a su lado. Era Hopkins.
-Te he echado de menos-se vio en la obligación de confesar eso, aunque sabía que el argentino bien iba a malinterpretarlo.
-No, vos no me has echado de menos-dijo Hopkins con esa mirada magnética tan suya-, no me has echado de menos ni siquiera un poquito. Vos me has necesitado.
-¿Y por qué no has estado ahí?-preguntó Arturo, de pronto se sentía audaz y capaz de hacer las preguntas.
-¡Ay, pibe! ¡Preguntas complicadas que se te ocurre hacer a vos! ¿Acaso no tenés una más fácil? He tenido la cabeza llena de cosas, la cabeza me da vueltas a mil-le dijo mientras gesticulaba efusivamente.
-Eso es una mentira-dijo Arturo, de pronto desconectándose de esa mirada tan apasionada que tenía Hopkins-. Tú también crees que estoy loco-la euforia ya no hablaba a través de sus labios, sólo lo hacía la tristeza.
-¡¿Qué?! No, claro que no-Arturo se negó a creerle, la verdadera locura sería creer algo así, pero sus ojos eran tan sinceros que le tentaban a confiar-. Yo buscaba que Wells se te despegara. Que ese viejo se cree la reencarnación de tu vieja o no sé qué onda. Pero con la Antonelle de perro guardián es bien difícil colarse a tu camarote, ¿qué querés que te diga?
Arturo no era una persona especialmente suspicaz. Él no dudaba de la gente, le gustaba creer que todos eran buenos y sinceros, así la vida era más fácil, no siempre más segura, pero sí fácil. Pero Hopkins tenía una fama de oportunista que no se la quitaba ni bañándose en cloro y él era un testigo silencioso de eso. No era tan necio como para creer que Hopkins actuaba de buena voluntad.
-¿Qué quieres?-soltó la pregunta agriamente.
-Escuché a Wells decirle a Antonelle que querés ir a Asgard-le dijo sin más rodeos-. Estás re perdido si creés que el viejo ese te va a hacer el favor. Él lo único que quiere es deshacerse de vos para quedarse con el barco. No es gran pedazo de barco, pero sirve y bastante bien. Pero yo me pregunto: ¿De qué le va a servir quedarse la Rosa? ¿De qué le va a servir tener todos los mares para él solito si está todo hecho pedazos? En cambio, Asgard es una eterna primavera y yo quiero lo mismo que vos: vivir en un lugar un poquito más tranquilo y un poquito más seguro, que aquí no sabés cuándo y ya te viene a joder un terremoto o un volcán de nuevo.
-¿Qué quieres?-Arturo mantuvo la pregunta. No era especialmente curioso, pero creerle a Hopkins era un acto de estupidez humana que no podía permitirse.
-Que me ayudes a saltar al mundo de los gigantes, al Jotunheim-las cejas del contrabandista argentino se alzaron pícaramente.
-¿Qué harás allá?-el terror le subió a Arturo por la garganta.
-¡Bah! Lo que yo haga allá no es asunto tuyo como lo que vos hagas en Asgard no es asunto mío-fue la respuesta que recibió, la cual no pudo contradecir-. Y ahora, si no te molesta, me voy dentro, que si Wells nos ve hablando, todo se nos va a la mierda-añadió Hopkins lo suficientemente interiorizado en su rol como para hasta hacerse el ofendido.
Arturo se lo pensó cuando salió la nueva luna, que poco y nada tenía que ver con el Máli que había conocido. La bruma inundó la calle, como una suave cortina y cuando ya iba a entrar resignado a que no podía dormir ahí, apareció Wells con toda la prole detrás.
Al día siguiente no podía creerlo, y aún así le faltaron varias jornadas para convencerse de que el curso que estaban siguiendo era el que llevaba a Knivsjelloden. Pero él jamás olvidaría aquella ruta, y cuando vio emerger entre la niebla y el hielo el punto más septentrional de Europa supo que su buen camarada argentino, si bien era un oportunista, cumplía sus promesas.
-¿Qué se supone que sigue ahora, muchacho?-preguntó Wells a Arturo mientras le miraba con lástima, aún esperaba que la sensatez hiciera su trabajo y el chico decidiera poner proa al sur.

-Dejá tranquilo al flaco este-le espetó alegremente Hopkins, en un tono de voz que parecía de broma, pero que al fin de cuentas no admitía réplicas. A Wells no le quedó más opción que irse-. Aunque lo que preguntaba el viejo tiene harta lógica: ¿Qué sigue?-preguntó ladeando la cabeza.

Arturo tardó unos minutos en volverse a él, llevaba un aire a héroe trágico que su interlocutor apenas era capaz de soportar, como si todo el peso del mundo le cayera sobre los hombros o como si todo el dolor de la tierra fuera suyo. Hopkins pensó que el chico era algo narcisista y la única razón por la que eso parecía molestarle era porque al fin había encontrado a alguien con un ego más grande que el suyo propio.

-Necesito una espada-la voz del jovencito colorín fue como un leve susurro. Aunque la frase por sí sola hizo que la carcajada estallara sin previo aviso en los labios del trasandino.

-¿Una espada?-repitió sin poderlo creer-. ¿Y de dónde creés vos que podés sacar una? Con suerte y tenemos un cuchillo de cocina. ¿No se te ocurre un arma más práctica? No sé, ¿un revolver tal vez?-la sonrisa burlona le bailaba en los labios.

-Necesito una espada-el temblor histérico de Arturo le devolvió a la realidad.

-Hay formas más fáciles de matar, sólo eso te diré-Hopkins torció el gesto, al tiempo que el muchachito abría los ojos aterrorizado.

-¡Pero si no quiero matar a nadie!-exclamó despavorido y antes de que su camarada pudiera burlarse o decir algo ingenioso añadió-: La última vez que estuve aquí vi a Thor hacer un río para ir hasta Asgard.

El pirata de Malvinas achicó los ojos, preguntándose acaso Arturo no había perdido realmente la cabeza. Era bastante extraño que ríos aparecieran de la nada, ríos que coincidente y afortunadamente conducían al Asgard.

-¡Le pidió la espada a Esperanza!-la voz se le quebró al mencionar el nombre-. Con la punta de la hoja tocó el glaciar en una parte, recuerdo dónde fue, recuerdo justo dónde fue, y el hielo se quebró y apareció un río, con hielo a los bordes. Lo navegamos contra la corriente y llegamos a unas montañas de hielo puro que terminaron cerrándonos el paso y justo en el rajo del río, cuando chocamos con las montañas, había una puerta de madera con forma de arco.

Si Hopkins no hubiera sido tan curioso –que eso era su mayor virtud y su mayor defecto- hubiera renunciado de inmediato a aquella empresa, pensando que el capitán además de ser un niño, estaba loco; se hubiera amotinado y hubiera puesto proa al sur, yendo a tirar a cada tripulante donde éste le pidiese.

-¿Y qué tal si es la espada de Esperanza la que puede hacer eso?-preguntó alzando ambas ceja.

-¡Dios no lo permita!-la exclamación subió como un gemido por la garganta de Arturo. Hopkins puso los ojos en blanco mientras rebuscaba entre las tres capas de ropa que le cubrían el torso, finalmente dio con una vara plana de acero a medio oxidar y con un mango bastante pobre. Se veía como un arma mediocre, pero estaba perfectamente afilada. Se la entregó.

-Que te sirva bien-le dijo mientras el jovencito la aferraba entre las manos y corría a desembarcar-. ¡Oye! ¿Qué hacemos si lo lográs?-le gritó antes de que fuera demasiado tarde.

-¡Suban a los botes salvavidas y remen río arriba!-gritó el chico antes de desaparecer entre aquel desierto blanco. Apenas y podía verle si forzaba mucho la vista, una mancha marrón escurrirse por sobre la nieve hasta dar con un lugar donde la nieve se detenía y sólo había hielo, hielo espeso a juzgar por el color.

Arturo pasó saliva cuando se detuvo finalmente luego de caminar lo que le pareció horas. En otro tiempo hubiera alzado un desesperado rezo, pero ahora entendía que aunque estaba desesperado, rezar ya no servía de nada. Dios no concedía deseos a los malditos, menos si el deseo era visitar tierras de seres pérfidos y viles que no le temían ni conocían. Estaba solo y al final lo entendía. , susurró y clavó con todas sus fuerzas el pequeño sable hechizo que le había prestado su amigo. No tenía esperanza alguna de que sirviera de algo, por eso cuando vio el hielo trisarse y no sólo quebrarse, sino que desde lo más interno de sí expulsar agua a toda presión, su primer impulso fue pensar que estaba loco como todos creían. Pero no, ahí estaba el nivel del agua subiendo a prisa por sus tobillos, obligándolo a ir a la orilla, y ahí estaban los tripulantes del Rosa Oscura echando el ancla y tirando de la borda los botes salvavidas. Sólo entonces se convenció de que aquel caudaloso río que se estaba formando era real. Los vio remar y remar hasta que llegaron hasta él. No supo bien cómo el esquife no se volcó ni él fue arrastrado por la corriente cuando subió.

Navegaron río arriba por lo que parecieron siglos, con el sol siempre en alto. Como en invierno la luna no desaparecía de las alturas, en buenos tiempos jamás anochecía. El hielo desapareció de las laderas, en cambio comenzaron a ser flanqueados por dos cordilleras cada vez más altas, primero fueron leves inclinaciones, ahora eran enormes montañas; primero eran de roca, ahora quizá hubiera algo de roca bajo esa espesa capa de hielo azuloso. Finalmente, cuando pensaron que morirían de agotamiento, una gran montaña de hielo les impidió el paso. Estaba horadada en forma de arco justo donde iba el cauce del río, una puerta de doble hoja les obligaba a permanecer atrás. Antonelle, que iba en la proa, se inclinó y golpeó fuertemente.


El golpe se sintió con la misma intensidad en Valaskiaf. Odín miró con su único ojo a Freya, a quien había hecho llamar hacía tantos días. Presentía algo moviéndose entre los nueve mundos de Yggdrasill, algo pérfido, pero no podía saber qué era. Aunque sí sabía dos cosas: la primera era que Freya era la mejor adivina que respiraba y era su trabajo decirle qué sucedía; la segunda era que Freya y su codicia por el Brisingamen eran lo que estaba detrás de todo.

-¿Qué ves?-le preguntó agriamente. La diosa de largos cabellos pelirrojos y ondulados giró suavemente hacia él, con un lento vaivén de caderas.

-La maldad, la maldad viene hacia nosotros-dijo ella, y en sus ojos Odín leyó la verdad.

-¡Abrid la puerta!-gritó un guardia. De inmediato se sintió el crujir de poleas y cadenas, y tanto el As como la Vanir vieron entrar una procesión de pequeños botes.

Odín miró a Freya frunciendo el entrecejo:-Más vale que tengas una buena explicación para esto-le masculló.

-Ellos vienen por el Brisingamen-dijo la dulce voz de la Dama de los Vanir.

-No me sorprende para nada: en ese collar pusiste toda tu ansia de conflicto. Te gusta la guerra y el dolor más que a cualquiera de nosotros y tienes la dicha de ser el caballero que pelea por la dama como el motivo de la guerra-dijo él, era la única persona en el mundo a quien Freya no podía engañar.

-Oh, no… Esta vez no fui yo-su expresión se tornó seria, aunque había en ella algo de picardía-: Esperanza ha roto el Brisingamen-y ahí se quedó disfrutando la expresión contrita y atemorizada de Odín, quien al ver las naves acercarse a su palacio se preguntaba qué iban a hacer.

Texto agregado el 08-02-2017, y leído por 94 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
02-08-2017 Se te nota el oficio. La presentación de los personajes es importante. Lo primero que dicen todos ellos es muy significativo. Aquí Esperanza comienza con un "Ayúdala". Sigo leyéndo... eRRe
08-02-2017 Bella pirata, caribeña y sádica: cada día te superas navegando en este proceloso mar de las letras que con frecuencia se rebelan convirtiéndose en borrascas. Felicitaciones. -ZEPOL
 
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