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EL MIEDO Y ELECTRICIDAD

Cuando llegaban las visitas a la casa, se les atendía muy bien, haciéndoles sentir, que estaban en su propia casa Las visitas que se recibían en la casa eran de los familiares que vivían en Duitama, Tunja, Bogotá o cualquier otra ciudad colombiana y de vez en cuando algún extraño conocido. A mitad del siglo XX, en Socotá no había hoteles, donde pudieran pasar la noche, los que por algún motivo habían salido del pueblo, forzados o en busca de mejores oportunidades. En Colombia siempre ha habido guerras y los socotenses también las han sufrido, por eso cuando a mediados del siglo, se enfrentaron los liberales y los conservadores, hubo mucha gente, que tuvo que salir del pueblo para proteger a su familia. Y añorando volver a sus raíces, desde la lejanía, pensaban donde quedarse al menos una noche, sobre todo los que eran oriundos de las veredas, que llegaban en el bus de mediodía o de las cinco de la tarde y no podían coger camino a esa hora por que ya era muy tarde y no podían avisarles a sus conocidos para que bajaran al pueblo a recogerlos. En esa época las únicas comunicaciones que habían eran los caminos de herradura, no había carreteras, ni teléfonos, ni celulares, ni mucho menos internet. En algunas casas se daban camas, pero solamente para los chucheros, es decir, para las personas que los días de mercado, venían de otros pueblos a vender sus chucherías y en una pieza, arreglaban cuatro o seis camas y ahí, se quedaban, aun cuando no se conocieran con los otros ocupantes de las otras camas.
La casa era grande, como la mayoría, de dos pisos, con balcones al exterior y adentro alrededor del patio, había corredores, con barandas, que conectaban al primer piso con una escalera en ele de madera. El baño quedaba en el primer piso, por supuesto, cuando había la necesidad de orinar en la noche, se utilizaba una vasenilla, porque era incomodo, levantarse a prender una espelma, bajar las escaleras, atravesar el patio, para llegar al baño. A veces, que no había espelma o que el viento la apagaba, uno conociendo el recorrido, bajaba a tientas y a veces se estrellaba con las columnas o se daba totazos con las puertas, además del miedo que producía esa oscuridad en una casa tan grande
A los familiares que se quedaban en la noche, se les tendía cama franca en la sala, en esa época, todo era comunitario, las casas no contaban con piezas para cada miembro de la familia, ni mucho menos para alojar a los huéspedes.
Las visitas eran muy agradables, hasta que se les daba por ir al baño a media noche, armaban un alboroto, porque no sabían por dónde quedaba la puerta y se estrellaban con las paredes y con todo lo que se les atravesaba en el camino, debido a la oscuridad, trasnochando a todos los de la casa. Algunos que ya se habían quedado varias veces, lo que hacían era salir al corredor y desde ahí echaban el chorro hacia el patio. Lo malo de esa orinada, era que el chorro caía en las matas que mi mama tenía alrededor del patio, en el piso y colgadas, eran helechos, brisa del mar, eugenias, novios etc., y que cuidaba con tanto aprecio y dedicación. Cuando sucedía esto, los buenos días era un regano de padre y señor nuestro, por orinarse en las matas, porque la urea que contiene la orina las marchitaba y se dañaban.
Los muchachos, vivían más en la calle que en la casa y generalmente llegaban después de las ocho de la noche a sus casas y nosotros no éramos la excepción, no la pasábamos jugando micro, baloncesto, billar, escondidas, patrullando el pueblo, en fiestas, en bailes en verbenas etc., y la iluminación por donde vivíamos no era la más brillante, vivíamos en el barrio San Cayetano, entre las dos escuelas.
Una noche, después de terminada la fiesta y de haber bebido algunas cervezas, Jorge Vergara (q.e.p.d.), compro una botella de aguardiente y nos fuimos a tomar debajo de la mata de uvo en la plazuela. Estando allí, a Serafín Mendivelso (q.e.p.d.), se le ocurrió, que debíamos ir al cementerio, a ver si éramos machos, pues todos nos fuimos para allá, éramos como ocho. Ninguno había ido al cementerio de noche, eso causaba miedo y escalofrió. A esa hora a las dos de la mañana, con una luna llena, que iluminaba el camino, como si estuviera de día, nos fuimos tomando aguardiente y hablando de miedos, hablando de Drácula y de fantasmas. Se sentía raro, con un aire frio, con mucho miedo, pero con valentía, entre todos nos dábamos ánimo, se veían las tumbas desde el camino, blancas, en un silencio espantoso y todos a la expectativa de lo que pudiera pasar y paso, cuando estábamos en la mitad del cementerio, entre las tumbas, surgieron de ellas varios fantasmas blancos, que gritaban adoloridos, unos reían, otros lloraban, otros echaban fuego y nosotros sin pensarlo dos veces, salimos a correr, cada uno por su lado, hasta que llegamos al pueblo, asustados, pálidos y temblorosos y detrás apareció Serafín con otros amigos toteados de la risa y con unas sábanas blancas enrolladas en la cintura. Lo que sucedió fue que Serafín con otros amigos, habían planeado como nos iban a asustar y lo lograron. Entre risas y tragos terminamos la noche. El problema fue cuando iba llegando a la casa, solo, las calles oscuras, se escuchaban ruidos, en un silencio macabro, con los recuerdos del susto y para completar, en ese sector, en siglos pasados, donde está construida la casa y la escuela fue un cementerio, me imaginaba, que iban a salir al paso fantasmas, Drácula y que iba a ver lloronas, y patasolas, difuntos etc., cuando llegue a la casa, tenía que atravesar el zaguán, el patio, subir por las escaleras, a oscuras, con los ojos cerrados, porque si los tenia abiertos vería cosas del más allá, que me asustara y tenía que entrar a la pieza a acostarme sin hacer ruido. Todas las noches para llegar a la casa era un suplicio, asustado, porque siempre llegaba tarde, pero, pudo más el entretenimiento en la calle con los amigos que el miedo que producía los recuerdos, a la hora de llegar a la casa.
Mi hermano como había estudiado desde pequeño en Tunja y Duitama, regreso a Socotá, a terminar el bachillerato, para estar junto a su familia y por supuesto, en estas ciudades, se disfrutaba de la energía eléctrica. Como estaba acostumbrado a hacer las tareas con la comodidad de la iluminación y en la casa en Socotá, había que hacerlo con espelma, decidió conseguir unos cables y conectarlos a las redes que pasaban frente a la casa y por la ventana los conecto y así pudo disfrutar de la luz haciendo las tareas. Los cables se conectaban cuando oscurecía y se quitaban bien temprano, antes de que llegara la luz del día, lo malo fue que una amiga, llego muy temprano a que mi mamá le prestara unos libros para hacer una tarea y vio la conexión y de inmediato, fue y le conto al electricista, como a los quince minutos llego don totoño, que era el electricista, despelucado, frotándose los ojos y con una caña brava, pegándole a los cables hasta que los desconecto y blasfemando, porque eso no se debía hacer.
Eran muy pocas las casas que tenían iluminación, eso era un servicio que daba estrato, el que tenía energía eléctrica en su casa era un superdotado. Como ya estábamos acostumbraos a la iluminación, mi mamá decidió instalarla y el electricista la instalo. Fue toda una fiesta, porque había bombillos en el patio, en la cocina, en sala, en la alcoba, ya podíamos movernos, por la casa sin estrellarnos con las puertas y columnas. Ya disfrutábamos de la radio, sin necesidad de ponerle pilas, porque el radio “Sanyo panela” lo conectábamos al enchufe. La novedad fue para todo el pueblo, la gente llegaba a ver la iluminación, las visitas se incrementaron, los estudiantes se multiplicaron, porque llegaban aún más a que mi mamá les prestara los libros para hacer las tareas. El miedo a llegar tarde disminuyo, porque ya no se acostaban tan temprano, mis papas se quedaban escuchando radio o viendo los programas de televisión en medio del granizo que se veía en la pantalla, porque la señal no entraba bien y había que adivinar lo que pasaba en los programas.

Texto agregado el 22-02-2017, y leído por 134 visitantes. (0 votos)


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