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Ya no llueve, a jugar
Por fin había dejado de llover, por fin brillaba el sol, por fin habían terminado las dos semanas en las que no había escampado ni un momento. Y esto, para Luis y su hermano pequeño era la mejor noticia que podían darles. Ahora podrían salir de casa y jugar fuera con la pelota y mama no podría negarse, como había pasado en todos estos últimos días, pensó esperanzado. Y paso de inmediato al ataque.
“Mama, mama, ¿podemos salir a jugar?, ya no llueve”
“No Luis, no” le contesto su madre con voz cansina.
“Aun no, no ves que aunque ya no llueve, el suelo está todavía muy mojado, espérate a la tarde y después de comer salís a jugar”
Ni que decir tiene, que a Luis se le hizo la mañana eterna, estaba tan nervioso, que solo acertaba a dar vueltas y más vueltas alrededor de la pelota, pero no tenía más remedio que aguantarse las ganas de correr de un lado a otro con ella. Sabía que en casa, eso era imposible, su madre siempre se lo había prohibido y les había dicho a los dos que con la pelota solo se jugaba fuera.
Ya estaba que no se aguantaba a si mismo, cuando por fin llego el permiso que esperaba anhelante.
“Venga, coger las pelotas y salir a jugar”
Y salió disparado, él y su hermano, como dos locos, cada uno con una pelota diferente. Y había que verles con la alegría que empezaron a correr de un lado a otro. Y que habilidad tenían, para ser tan jóvenes, como la controlaban, como la llevaban de un lado a otro sin perder su contacto. Sin duda podían ser la envidia de muchos profesionales del esférico, si pudieran ver su dominio.
Tal era su entusiasmo y concentración, que la tarde se les pasó en un vuelo y cuando se quisieron dar cuenta, ya el sol comenzaba a declinar, y solo se percataron de que el tiempo corria cuando les llego la voz de su madre.
“Venga niños, ya está bien, lleváis ya horas jugando con las pelotas, y ya es momento de parar y de merendar”
Pero, no pararon de inmediato, había que comprenderles. Llevaban muchos días sin poder corretear, como lo estaban haciendo esa tarde, era lógico, que se resistieran un poquillo y que Luis tratara de convencer a su madre de alargar la diversión.
“Pero mama, si llevamos muy poco tiempo, ¡déjanos otro rato”.
Pero no fue posible la negociación y no pudieron persuadir a su progenitora. Así que obedientemente los dos pequeños escarabajos peloteros, se pusieron a comer las dos pelotas de estiércol que habían estado empujando, con sus patitas y sus antenas, de un lado a otro y dócilmente no pararon hasta que no terminaron con la última migaja de las pelotas.
Y es que Luis y su hermano eran juguetones y traviesos, pero muy sumisos.
Fernando Mateo
Febrero 2017

Texto agregado el 11-03-2017, y leído por 71 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
04-04-2017 Que lindo cuento. Me retrotraí,volviendo a mi infancia,viviendo la desesperación de la espera de ver cesar la lluvia. Siempre es para un niño algo atróz sentirse encerrado y mas aun cuando el juego a la pelota es su mayor anhelo. Me encantó****** Abrazo Victoria 6236013
11-03-2017 Ja ja... Un final sorpresivo y bonito! Julia_Flora
11-03-2017 Jajajaa...qué encanto de cuento el tuyo, querido!!! Mis felicitaciones y un beso. MujerDiosa
11-03-2017 Delicioso cuento. Casi como les deben de haber sabido los balones... Hala Madrid! -ZEPOL
 
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