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Todos Le Gritaban: Loco


En mi incesante caminar por el mundo, llegué cansado una vez hasta un viejo santuario; allí, en ese admirado lugar me encontré a una tan singular criatura, un ser raro, a quien todavía recuerdo pensativo...

—¿Que quién era? —No lo sé. Bueno, sólo puedo decir que era un ser que habitaba en esta región de los vivos, pero vivía entre los llanos de su mente y de aquella tierra perdido. —¿Que dónde nació? —No, nunca los supe, no me lo dijo, ni se lo pregunté. Por lo que se podía observar desde fuera, aquel sujeto no tenía casta ni alcurnia, no era beneficiario de la nobleza, no tenía sangre de español ni de indio; tampoco poseía ningún título común o prosaico; no hacía nada, nada tenía; singular e invariablemente se podía contemplar que contaba con un perenne y anegado cuerpo enlodado, y casi semidesnudo.
Sí, era del todo raro aquel ser. Hablaba con el viento y con las mariposas, con los chacales, las zorras, alacranes y demás animales rastreros; dialogaba con los seres irracionales y hasta con las plantas: los pinos, mezquites y huizaches, las malvas, las cincollagas y la yerbamora; también, se comía los chapulines, las moscas, los mosquitos litigantes, escandalosos y rechinantes. ¡Ah!, se reía mucho él solo, y sonreía con el llanto del eco que repetía doliente sus leves gemidos. Sí, se reía más cuando el eco reflejaba su propia risa. Siempre estaba alegre. —No, nunca lloraba, jamás su rostro entristecía. Musitaba entre labios un apenas perceptible murmullo, era como un canto muy bajito; pero, a veces, ese tenue rumorear, cuando no cantaba, era como una flecha que zumbaba, como un cascabel que ríe y crea sospecha, como un espíritu burlado de ironía. Sí, a veces uno se estremecía y se le ponía la carne de gallina.

—¿Que si era algo malo? —No, más bien algo incomprensible. Aunque, no era ciertamente un ángel aureolado, ni menos un hombre que luchaba por realizarse, por ir adelante en la vida cargando con interés y amor su existencia; parecía más bien la sombra de un ente perdido; la imagen de un semi-ser, mitad hombre, mitad no sé qué; o, en ocasiones daba la idea de un ser ultraterreno, o un ángel caído. Pero no tenía alas. La experiencia que se sentía al estar cerca de él era también muy vaga; porque su olor era como una emanación de ser y rosa, como un perfume de dicha y de castigo.
Estaba siempre ahí, solemne, pero no trágico o siniestro, soportaba todos los fríos vendavales y los calores veraniegos; casi no se movía. Parecía abandonado en su indolencia, desechado y afrentado en su inocencia; para él casi todo era indiferente, e ignoraba el mirar justificante de cuantos al verlo en esas fachas se apartaban corriendo, como las ánimas que lleva el viento, o aquellas que dejan las casas vacías, luego de pagar sus deudas terrenas. Muchos no volvían la vista, sino que corrían para tenerlo más y más lejos.
—¿Que si yo le tenía miedo?
—No, en realidad, desde el primer momento que lo ví, no tuve mayor temor; pero, no fue lástima tampoco la que hizo acercarme a él, sino que intrigado por su ser misterioso, le hablé y esperé paciente su respuesta.
—¿Qué sucedió?
—Pues, nada, que pronto me hice amigo de aquel que parecía un fantasma humano; y luego, él me agradeció que lo llamara "hermano", pues todos le gritaban: ¡loco!
Ya en confianza, largas horas transcurrimos los dos hablando; cuántas podría mencionar que de debate fueron las que en buena lid allí se compusieron, él como representante del olvido, yo como abogado de la civilización y del derecho. Recuerdo bien que decía: "Mi vida la vivo aquí y esta es mi vida, nada hay mejor de ésta que es la mía; aquí soy feliz con el gusano, el alacrán, el cuervo y la sabandija; aquí soy dichoso despertando a la alborada con mis cantos, himnos y poesías; me siento eufórico viendo cada mañana el parto del rocío y la lucha tenaz entre la luz y las tinieblas".
—No, yo siempre lo atajaba y le decía: "un hospital de cura es tu destino, porque esas casas se inventaron para aliviar los desquicios de la mente humana; además, este lugar y las condiciones en que vives no es vida digna de ningún ser humano. —"Pues, no pisaré jamás esos lugares", —me respondió siempre concluyente—, pero sin coraje ni desatino y sin ira, poniendo en mis labios un dedo de su mano.
—Bueno, entonces —le decía—, ten al menos, como los campesinos, una jacal, una sombra o una choza. Mira cómo a ellos no les estorban las crueles y rígidas pobrezas, las hambres y miserias que tantas veces pasan, para elevar su pensamiento y sutileza hacia el mundo etereizado que tú pisas. —No, —respondía inflexible:
—"Déjame aquí, no me des la mano, no soy lobo rapaz, a nadie hago daño; tampoco soy un águila caída; no sólo no ofenden a nadie mis versos, sino que el mismo sol, el guijarro y la araña danzan al son de mi encantado sueño; brinca todo el día el chapulín con mis notas bemólicas, la luna embelesada no duerme para escuchar mi serenata; también los malos espíritus rechazan y callan sus blasfemias, cuando oro al compás y ritmo del canto de una pobre cigarra, o cuando entro por el trinar musical y fugaz de un pajarillo y mi espíritu orfeico se eleva hasta tocar el infinito".

Me gustaba escucharlo, y lo dejaba hablar. Lo hacía no con mucha gracia ni muy grande ingenio; era todo simpleza y espontaneidad; sólo a veces engarzaba uno que otro discreto verso. Nada tenía aquél solitario de labia verbosa, cuando soltaba entre gestos su parca y espontánea prosa.
—Oye, me decía: —"Que soy loco, dice la gente, tú no les creas ni me tengas miedo, esto no es un verdadero un dilema; porque, ¿no crees tú que locos somos todos si nos miramos desde una única lente? Así, loco será para ellos todo disidente que se aparta de sus cánones de vida o su sistema". "Está loco, —decía—, el que ya no razona, o quien así fue declarado por la ciencia; pero, loco es también todo lo que no funciona, cuando el hombre ha perdido la paciencia".

Y, sucedió una vez, estando en medio de una alegre conversación que me atreví a preguntarle: —¿Y tú quién eres?, ¿de dónde vienes?, ¿cómo te defines a ti mismo?
Se quedó pensativo por unos instantes, cambió sus facciones como si llevara algo muy pesante, luego dijo solamente, como para sí mismo y sin mirarme: —"Que dónde me ubico, no puedo decirlo, ¿que soy diferente?, sí, eso lo admito, yo también soy un ser, con ansias de serlo, de crecer y llegar hasta mi infinito destino, pero loco, ¡no!, siempre lo repito".

Sin duda te preguntarás por qué le tenía miedo la gente, si en el fondo era tan bueno y a nadie hacía ningún mal.
Es que su traza era asombrosa y espantosa: llevaba siempre barba larga y despeinada y despedía un aliento chocante; sus ojos eran grandes, desmedidos, aunque serenos, como briagos; alargadas tenía sus manos con uñas de mugre postiza; su pobre ropa estaba desleída, entelerida y a guijarros colgantes; andaba sin zapatos, cubierto en parte de andrajos, con una grande melena enmarañada y sin camisa.
Pude constatar en los días que pasé con él y lo visitaba, que en medio de esa situación se conservaba siempre alegre y tenía un corazón de poeta. Porque se pasaba la vida cantando: cantaba su soledad al medio día, y no se cansaba de ensalzar y agradecer al sol su calor y su luz cuando ya iba a oscurecer, a la media noche se levantaba para galantear y referir sus ilusiones a la luna y así cantando muchas veces le sorprendía el amanecer.

Sucedió tantas veces que quise sacarlo de su soledad y del abismo en que había caído, donde llevaba tal vez algunos años perdido. Hice todo lo posible por transportarlo a nuestro mundo, para que probara un poco de los beneficios humanos; mas pronto reaccionaba, cuando ya estaba cediendo, y parecía que aclaraba mi egoísmo, al reclamar que mi forma de actuar y pensamiento sobre lo que pretendía para él, todo era vano. Por eso fue que allí lo dejé: solo, en su inocencia, perdido entre el tráfago y la risa, burlado por la gente sin conciencia que le rasgaba el alma y el lugar de la camisa.

Pude hacer más, sin duda: impetrar incluso un gran milagro para él, en aquel santuario cristiano; pero, al conocerlo más profundamente, preferí pasar siempre de largo; sin embargo, es cierto, que muchos días me detenía preocupado, al darme cuenta que aquello que se hacía con él era inhumano. No me parecía justo dejar aquel mendigo en su fatal incuria. Aunque pudo más la certeza, de que sabiéndolo él y no haber aceptado mis propuestas, era también porque en su cuerda locura, era de cierto un hombre unificado, más alegre y sano que tantos hombres y mujeres engañados, untados de miel, de devoción y de mentira.

Por esta razón, no pedí ni siquiera para su persona la demanda de curarlo, porque me convenció su alto saber y filosofía, de que la verdadera felicidad no está sólo en razonar: —¿qué es?, ¿cómo se obtiene? o ¿quién la tiene? Pues él decía que la verdad, la paz, y más la sabiduría, no son acuerdos, votos o preferencias entre los hombres; menos podrían alcanzarla con alegatos y discusiones. Y no se conseguiría jamás con engorrosos y pesados tratados, protocolos o registros; ni menos podría ser sentimentalismos o sensaciones; eso, entre los hombres —decía el vago— serán bonitos temas de cine, o tal vez un bello argumento; pero no pasarán de ser quiméricas propuestas, parecidas a las vacuas canciones modernas, sin gracia, estilo ni belleza; todo será un inútil y fallido esfuerzo que produzca viento en la cabeza, si del verdadero gozo, la libertad de espíritu, y el silencio obsequiante, no está el corazón de los hombres repleto.

Y, después de varios días de frecuentarlo, como soy vagabundo, me dispuse a viajar yo también para otro rumbo, pero llevaba conmigo un dolor vivo y profundo. Y aquí fue la gran sorpresa que me llevé, cuando comencé mi despedida, caminando con mi cajita en la mano, ¡adiós, adiós!, le grité, ¡mi hermano! Nadie sabrá que tú eres "fulano", pues tu nombre no es digno de ningún ser humano. Celoso guardaré el secreto de tu visita, nunca sabrán lo que se perdió al despreciarte, vilipendiarte y burlarse en aquella casita, allí donde todos con gozo deberían esperarte.

Entonces me despidió con una muy gentil y elegante sonrisa; su rostro ya era otro y su cuerpo también cambió; todo su ser iluminado más blanco se volvió al darme la mano, de prisa, porque corría veloz, ya en el aire, transformado. Extasiado quedé, cuando ganó una especie de nave, la cual se perdió veloz como un rayo, fugaz y sonoro; y desgranado, a su lado sólo se oyó un grave coro... que entonaba, también elevado, a lo lejos la Salve.

Texto agregado el 24-05-2003, y leído por 459 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
17-08-2003 conociste a Whitman?? No lo creo tan divino. Cayo
25-05-2003 Precioso escrito, me encanto y me mantuvo interesada de principio a fin. Besitos Aire
 
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