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Si bien es cierto que el modesto casino de mi pueblo no cumple con las reglas elementales que dictara en su momento “El Flamingo”, en Las Vegas, si hace sentir una agradable sensación de seguridad y comodidad a los jugadores para que disfrute su estancia. El personal es amable, ofrece una serie de bebidas gratuitas que hacen llegar hasta la misma mesa del jugador. Es decir, conoce la psicología del jugador para que éste siga apostando. Me encontré atraído de ello y de las actitudes de los jugadores antes y después de llevar a cabo su apuesta. He aquí lo sucedido.
Me llamó la atención como una señora rubia elegantemente vestida, que me hizo recordar a aquella actriz sueca Greta Barbo, famosa de los años 20, hacia sus apuestas en las cartas, al parecer era su día de suerte. En la misma mesa otra mujer parecida a Frida Kahlo y con un vestido rarísimo refleja una preocupación en su rostro, al parecer iba perdiendo. Un poco más adelante, prueba suerte un señor que viste de vaquero, por las fichas de alto valor que tiene en su poder, difunde que le va ganando a la “casa”, luce sonriente e incluso le da un par de fichas a su amigo que ha perdido todo en su última apuesta.
Otro tahúr de avanzada edad y aspecto asiático es cauteloso en el momento de decidir su apuesta, lo piensa detenidamente antes de decidirse, se ve asertivo, apuesta y gana, pero no celebra con escándalo. Nunca falta el gritón que festeja con sus amigos por haber atinado a la carta ganadora. Intempestivamente llega un hombre bien vestido de aproximadamente unos 35 años, de aspecto político y saca un fajo de billetes de su bolsillo y realiza su apuesta al 4 de espadas que está en juego. el croupier con la misma calma le cambia los billetes por fichas, da la última mezcla de cartas y coloca las dos cartas para que la gente apueste, después de un par de minutos con el dedo índice avisa el cierre de las apuestas, por algunos segundos se genera una expectación, así de las manos del croupier llega primero el As de bastos, el tipo bien vestido pierde, pero no se inmuta, tampoco se levanta de la mesa molesto como acostumbran hacerlo otros jugadores; por su parte, el gritón vuelve a festejar. El político vuelve a meter la mano en otra bolsa de su pantaloncillo y revierte su apuesta con una cantidad fuerte, ahora le gusta la zota de oros y….¡vuelve a perder! In-cre-í-ble, en dos jugadas ha perdido una cantidad fuerte, el equivalente a un auto compacto.
En la ruleta, un hombre de complexión robusta cómodamente sentado con cierto parecido a Robert de Niro y con un ostensible reloj de marca, apuesta alternativamente al 9 rojo y al 20 negro, a veces pierde, a veces gana, pero se ve que está disfrutando su estancia con un wiski en mano. La servicial camarera que lo atiende, está al pendiente del cambio oportuno del siguiente trago. De antemano sabe que es un cliente frecuente que por lo general gusta dejar una apreciable propina. Otra señora que no dudo que es una ama de casa, constantemente revisa sus fichas que tiene en la mano izquierda y después de ganar en la última jugada, contenta se retira.
En el juego de los dados, siempre son las mujeres las que más se ven jugando y festejando continuamente. Una gordita alegremente apuesta al número 3, al ver que ella y sus amigas están muy asertivas, los supervisores de esa mesa deciden suspenderla momentáneamente. El abucheo no se hace esperar.
Mientras todo esto sucede en el interior, en las jardineras del Casino y fumando plácidamente un buen tabaco, uno de los socios del casino comenta a un subalterno, “Si las cosas continúan así, cerraremos con números positivos lo que significaría una ganancia superior al 30% con respecto al año anterior”. Bajando el tono de su voz agrega: “Recuérdame que la Comisión que visite al gobernador en los próximos días, lleve un buen regalo para él y su familia, y con la propuesta firmada por las diversas cámaras de comercio para que el próximo año se amplíe una semana más la duración de la Feria”. El barbero subalterno, asistente o ayudante, le da una palmada en la espalda a su jefe y agrega “no se preocupe me encargaré de recordárselo”. Después de esta complicidad “profesional” regresaron al ambiente contaminante del bullicioso casino y al sonido festivo de las fichas que caían en las arcas de cada mesa de juego, señal de que los de “la casa” seguían ganando.

Texto agregado el 09-05-2017, y leído por 33 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
09-05-2017 Me gusta la adrenalina que se propduce por la emoción del juego,aunque no soy un ludópata y los casinos me asustan.UN ABRAZO. gafer
 
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