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Inicio / Cuenteros Locales / La_columna / Como las flores del camino (de mi columna de los lunes, días difíciles si los hay) Por MCavalieri.

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En la infancia, tenían misterio para mí las flores del camino como tal vez lo tengan hoy las palabras.
Me provocaba cierto cosquilleo en el ánimo ese colorido fugaz que pasaba por la ventanilla de la camioneta del abuelo.
No sé por qué allí existía esa sensación de secreto para con las cosas, como si todo escondiera su gota de magia, acaso eran mis ojos los que aún no conocían la indiferencia, el aburrimiento por lo cotidiano, la no-sorpresa.
Recuerdo que era toda una aventura treparse con esfuerzo a la F-100 roja y redondeada, modelo sesenta y algo, luchar por el lugar junto a la ventanilla y mirar, mirar el campo abrazar sin pausa ambos costados del callejón de tierra que llevaba al pueblo de mi madre.
De vez en cuando la vista inquieta se posaba, ansiosa, en el velocímetro, en la aguja anclada en los sesenta kilómetros por hora, y la pregunta... “Abuelo ¿por qué nunca vamos a ciento veinte?” Y el abuelo, sonriente, sereno... “Porque a esa velocidad volamos, se asustarían los animales” La niña que fui volvía a mirar el paisaje, radiante: iba en una camioneta que, si el abuelo quería, podía volar.
Era en ese ambiente de alboroto infantil en que las flores del campo se volvían importantes, retazos amarillos, azules, blancos, anaranjados, semejantes a trozos de utopía que se hacían lejanos en un segundo, alcanzables sólo con la imaginación que les dibujaba pétalos móviles, chispas de rocío y voces, voces que se perdían en el viento, en ese atrás continuo e interminable.
A veces le pedía al abuelo que se detuviera, quería tener en mis manos el recuerdo, un fetiche como prueba, como si de esa forma la belleza fuera algo más que un pasar veloz a través de un vidrio.
Pero ocurría algo extraño, nunca eran las flores como yo las veía en viaje, en las manos eran simples, quietas, frías, mudas. Por más que retrocedíamos no encontrábamos jamás a las cantarinas y bulliciosas.
Ahora que el tiempo ha hecho lo suyo, que ya no hay abuelos que me lleven de paseo con camionetas voladoras, que preferir las ventanillas es sólo una costumbre que me ha quedado sin significado alguno, me ocurre lo mismo con los vocablos. Como las flores del campo, pasan rápidos, apurados, alcanzando la perfección de una frase antes de perderse en la negrura de la mente, en ese transitar indetenible del pensamiento. Y si tengo la suerte o la osadía de intervenir el cauce, nadar en contra de la corriente, retroceder el camino como antes lo hacía mi abuelo, me doy cuenta de que sólo encuentro el fantasma de lo que fue: lo único que espera es la sombra de esa belleza que se escapa siempre.

Texto agregado el 20-09-2004, y leído por 232 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
24-09-2004 Y bien, retorno a uno de mis placeres preferidos (casi terapia, casi vicio): tender puentes lunáticos (de días lunes) por allí, por venus. Qué decirte, cuándo nos detenemos un poco pues Melina. Qué falta hace detenerse y mirar. O, bueno, aceptemos que vamos lento si es que se nos hace imposible detenernos. Que allí las flores, o la yerba, o las locomotoras viejas, o ese almacén lleno de gatos, en donde se vende azúcar aun en cambuchos de papel haciendo ese artificio con las manos que jamás he podido imitar. Caminar la vida, no pasar de largo ¿verdad? venicio
21-09-2004 Desconozco el algoritmo que sigue la mente al fijar las imágenes para siempre. Solo sé que es poderoso. Y mucho. Ato músicas y entornos a personas y sucesos, aunque no quiera y recrearlas supone revivir con detalles milimétricos el pasado. De esta manera, a veces, creo que el presente, falso presente, está formado por una sucesión de imágenes o acontecimientos importantes que alguien o algo se preocupó de seleccionar para nosotros. Y así, en esa mezcla de cotidianeidad y recuerdos se nos va la vida. Percibo esa fluidez de los días marcados por importantes recuerdos que una y otra vez se asoman sin pedir permiso y en los momentos más inesperados. Escribes hermoso Melina porque "sientes" hermoso y eso sí que no se puede aprender, eso sí que no... Beso, Jose. mac
21-09-2004 Efectivamente, las palabras viven en recovecos que se se nos escapan nada más parirlas. Y si las agarras bien aparecen mustias y sin vida como amapolas cortadas. Muy bueno Melina. juanrojo
20-09-2004 No sé si alguna vez ya lo mencioné ante tus letras; Sabina dice que "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver". Pero si la vuelta por el pasado feliz nos trae de regalo estas palabras, nosotros, los lectores, esos seres egoístas que nos despreocupamos del sufrimiento del autor si nos acercan estas letras, nos regocijamos leyendo ese paseo. Quizás, sólo quizás, esa costumbre de sentarte en la ventana te haga volar hacia otros rincones por descubrir. Ya sabés, Meli: me conmueve leerte. Mis *****. Un beso. Oliveria
20-09-2004 Acaso eran mis ojos los que aún no conocían la indiferencia, el aburrimiento por lo cotidiano, la no-sorpresa. Si me lo permites me quedo con esta frase, encierra tanto...Cambiaste las flores por letras y querida niña si las flores eran y siguen siendo hermosas, hermosas son tus palabras y la manera que tenés de manejarlas. Un beso y mis estrellas. Airedevalencia
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