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Ya estaba de Dios

Aquella noche como de costumbre, los sudados y las malhumoradas bajaron del vagón del metro a la anciana que con setenta años encima apenas si medía más que cualquier niño de diez o doce años. Ella subió las escaleras para salir. Cargaba siempre una bolsa enorme que se colgaba con un asa desde el hombro y la obligaba a caminar chueco. Salió lentamente, pero sin dejar de moverse, no se detenía a descansar. Si se detuvo, fue para llamar a su hija por teléfono, que, aunque estuviera en casa, nunca le respondía. Hizo una pausa en la caseta pública, luego siguió por la avenida hasta entrar al edificio, se paró delante de la puerta blanca marcada con un número uno de metal y la abrió. El departamento que olía a humores encerrados y aún a las cosas quemadas del desayuno, le parecía tan grande para ella sola como grande y peligrosa era la ciudad de México para su hija que, en aquel preciso instante podría estar pasando por un peligro en manos de un pervertido o siendo asaltada en algún puente.
Le marcó de nuevo, así que tomó el teléfono y después de varios intentos y de tumbarse desesperanzada en el sillón, sacó de su bolsa de mano una tabletita rosada para la presión arterial y se quedó viendo hacia el piso, cerró los ojos y unió sus manos llenas de manchas cafés que pronto comenzaron a brillar con el agua de unos lagrimones conmovedores. Como los niños resuellan al terminarse un berrinche, resolló varias veces y volteó a ver el reloj. Cinco minutos para la media noche, la fecha: dieciocho de Septiembre de 1985. Varios perros corrían y ladraban por los pasillos del edificio. En un arranque entre coraje y tristeza, abrió la puerta para echarles agua con un bote de plástico al tiempo que les gritaba-¡pinches perros!. Y pensaba “para lo único que sirven es para cagar”.


-Dios, ¿dónde andabas?- dijo la vieja a la mujer de casi cuarenta años, ebria, que se tumbó directo sobre la cama y gritó:
-¡Déjame en paz! No necesito que me cuides, deja que me parta un rayo si así debe ser. Pónte a cuidar mejor a un perro.
-Soy madre y me preocupo. ¿Perro? Un perro te puede provocar la muerte con sus bichos, me lo dijo el doctor cuando naciste. Tantos peligros que hay, se quema algo o tiembla. Uno aquí sola. No tienes quince años, no sé cuándo vas a madurar, creo que me odias.









Un timbrazo del teléfono interrumpió la escena y la hija se abalanzó sobre el aparato para contestar mientras la madre lanzaba un grito de odio desde su cuarto: ¡sólo a las putas les hablan a estas horas. Cuelga si aún te queda un poco de dignidad porque la mía se perdió, todos se burlan por la forma en que me tratas!
A través del ruidito de interferencia de la línea telefónica, una voz de mujer dijo:
-Estoy en el carro afuera de tu casa, lista para irnos a Malinalco. Tu madre acaba de hacer el show, ¿verdad? Anda, ya temprano marcas al trabajo y te enfermas a gusto mientras subimos el cerro a la zona arqueológica para ver el amanecer.
-¡Cielos Amanda! Dame quince minutos, aún ella no se duerme, necesito que se noquee y no me escuche salir.
Siete veintitrés a eme: la mitad de la ciudad dormía la muerte o la pesadilla debajo de los escombros. La boca fangosa de la antigua Tenochtitlán engulló casi todo durante un terremoto con una fuerza de ocho grados Richter. Todo menos a aquella madre que, desde la oscuridad y el ahogo del polvo entre los pedazos de loza rota y varillas, escuchaba a alguien, también atrapado entre muebles y partes del techo, muy cerca de ella. Y decía, segura de que ese alguien era su hija: no te muevas, estoy de este lado, aquí estoy.
Pero su hija, la que casi nunca le hablaba, ahora menos podía hacerlo. Las cuarenta y ocho horas que siguieron, confiando en su instinto, la madre consolaba a la hija muda que rascaba y lanzaba quejidos entre la basura de lo que fue el edificio. Se consolaba con la idea de que estaban vivas, al menos, si morían morirían juntas. En otras horas, la sola idea de ser rescatada y abrazar de nuevo a su “pequeña”, la hacía fuerte ante el delirio del hambre y del dolor de huesos- posiblemente quebrados- de sus piernas.

Los sollozos de las otras víctimas que eran rescatadas llegaban hasta los oídos de la anciana, sabía que alguien estaba cerca y las dos saldrían pronto. Quedó en un sueño agónico hasta que el veintitrés de Septiembre fueron rescatadas ella y el perro pastor alemán de la vecina que, en lugar de su hija, le había estado acompañando durante la espera del rescate. El perro quedó huérfano. Su ama, había muerto instantáneamente al salir e intentar volver por él.

Los desastres provocados por el sismo habían acabado con la esperanza de la madre de encontrar a nadie más, pero no dieron fin a ese amor, enorme y caprichoso, incomprensible, que consagra a algunas mujeres a su progenie. O a algunas personas a sus animales domésticos. “Después de todo, los perros no sólo sirven para cagar”, piensa ahora una octagenaria mujer a la que ese perro guía mediante un agarre de metal asegurado a su cuello y le permite, junto con su bastón dar cada paso.
Otra mujer, que alguna vez fue su hija y a la que dio por muerta, contempla la escena desde el otro lado de la acera y duda si revivir de entre los cadáveres, cruzar la calle y saludar a su madre o doblar en la próxima esquina y persignarse agradeciendo que la vida haya acomodado tan sabiamente su historia, su nueva y reciente historia de mujer independiente que ha mantenido oculta de la protección de su madre a sus casi cincuenta años.

Texto agregado el 17-08-2017, y leído por 45 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
11-08-2019 Me ha encantado...un gusto leerte.. xxxxx Blasebo
09-05-2019 Extremadamente triste. El reflejo de la eterna complejidad de la relación madre e hija. 5* jdp
17-08-2017 Lindo cuento.Me gustó mucho. filiberto
 
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