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Inicio / Cuenteros Locales / remos / 23. Desde la ventana

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Cuenta el viento que Beethoven en sus tiempos terrenales había escrito en la cima de una sonata: “Per aspera ad asta”. A través del sufrimiento, para llegar a la luz.
Su música debía atravesar las comarcas más perturbadoras y oscuras del dolor humano. Por esta razón inició su Quinta Sinfonía con una pausa, indicando un silencio.
En la partitura un silencio, antes que la música comenzase: un vuelco del corazón.
El crepúsculo había reducido el horizonte a un leve hilo de lana. El sol se disolvía en los charcos que había dejado abandonados la lluvia.
Un viajero, arropado con un pelero lleno de chinches, el vientre hinchado por la cirrosis observaba los cortos relinchos de los caballos y sus dilatados belfos sin poder liberar las ruedas del coche atrapadas en el espejo fango del camino.
Sabía que un caballo puede morir de angustia. En años lo había visto caer fulminado a tierra y ese golpe dejó una insanable laceración en su corazón.
Muchos años más tarde un Nietzsche ya entrando a las penumbras de la demencia se abrazaría llorando a un caballo agotado de tirar el carro que su propietario azotaba sin piedad humana.
Al final del viaje lo esperaba una mujer, la única que su arte le permitió amar, rompiendo su curiosa regla del olvido: cuatro meses.
Su pasión por Antonie era tanto más fuerte porque ninguno de los dos la admitía, o quería admitirla; ella era la hermana fea de dos de las más hermosas muchachas de Viena, las únicas que podrían ser dignas de ser amadas por un genio. Ella no meritaba ser amada en sí misma; quería dedicar su vida a los pobres.
Beethoven, por su parte, temía esa exaltación del tiempo que está ínsita en el desflorecer de la belleza. Sólo la forma perfecta de sus sinfonías no sería marchitada por el tiempo.
Fue así que se mantuvo lejos de la dulce y dañina belleza de las hermanas Brentano; pero no había imaginado que la triste fealdad de Antonie hubiese podido envolver su alma en un himno al espíritu puro.
Escapó a las termas de Karlsbad para poder olvidarla, y ella hizo lo mismo, pero lo más lejos posible. Él, en una carta intentaba explicarle la imposibilidad de su amor, sólo la musica, en alma y cuerpo debía tener la precedencia. No la volvería a ver.
Una encina centenaria era agitada por un fuerte viento que dejaba caer algunas bellotas, y dentro de ellas otras encinas. Era el viento a decidir cuál de ellas habría dado fruto, porque el viento era el tiempo, era el destino, el caer en tierra fértil. En su vida, él como el viento, sacudía sus alegría por el temor a que el tiempo se las llevase.
El frío no le daba tregua, intentó beber una copa que le trajeron, pero ya no soportaba el alcohol, y el primer sorbo escapó por el filo de la espalda, como un respetuoso adiós a su tristeza. Se quedó mirando la encina, donde cantaba una abubilla.
Había comenzado a amar la música, gracias a su abuelo con el teatro de sombras, y se dio cuenta que se podía detener al tiempo.
Aquella noche, en cada dolor que le costaba cada respiro, supo que El Cuarteto op. 130, fruto de su estadía en Gneixendorf, era su obra más grande, también supo que sería la última.

Texto agregado el 21-10-2017, y leído por 81 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
21-10-2017 Me gusta. ¿Has visto la película "Amada inmortal"? Es sobre Beethoven, y es maravillosa. Como su música. Saludos, Tori
21-10-2017 Muy buen trabajo. excelente el desarrollo de la trama. Y una prosa de alta calidad. 5* BarImperio
21-10-2017 Un dato no menor es que Beethoven quedó sordo pues su padre le sacaba la mierda a golpes para que tocara mejor. Plop! Un trabajo delicado y muy bien hilado. Saludos desde Iquique Chile vejete_rockero-48
 
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