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La monjita y el sacristán.

Dudando de su vocación se animó a entrar al seminario. Ahora, después de 20 años ya era sacerdote y nunca se estrenó como hombre.
Es de mente abierta, Martin piensa que una cosa es ser sacerdote y otra es ser hombre. Siempre trató con respeto a las monjas y nunca pensaba en ellas desnudas, al contrario los caballeros eran los de su preferencia.
Para sobrevivir, por las noches debajo de sus cobijas de la jalaba un rato. Disfrutaba de un dildo que el mismo elaboró y se pellizcaba las bolas para sentir placer, se masturbaba y un día logro una auto felación. Disfrutaba de su sexualidad y no le hacía daño a nadie.
Pero un día por error tomó el teléfono equivocado y vio las fotos de una devota que iba todos domingos a misa, claro, quería ser salvada del pecado. Su galería estaba llena de fotos eróticas de ella, desnuda, eran fotos bien elaboradas.
¡Pecadora! Pensaba Martin, hasta que el mismo se tomó una foto frente al espejo. Había una monjita de buen corazón, guardaba debajo de las enaguas las ganas de estar con un hombre. Siempre Martin la saludaba y la trataba con respeto, ella le besaba…. la mano cuando lo veía. Martin no podía negar las ganas que le traía a la monjita, pero quería primero follarse al sacristán, un joven de 22 años que quería ayudar al padre en misa y cobrar los diezmos para comprar condones para usarlos con las putas de la calle 2.
Martin salió de viaje para ir a ver a la familia de uno de los sacerdotes que había muerto, fue a dejar dinero a la familia. Se hospedó en un hotel lejos de la catedral. Se vistió de civil y salió a la calle, nadie podía imaginar que era un sacerdote. Sería la primera vez que intentaría hacer algo así, pensaba que la vida era muy corta como para andarse con mojigaterías, así que entró a un table dance en donde habían putas bailando y ofreciendo sexo al por mayor.
Una de ellas se aceró a él y le ofreció una mesa cerca del escenario. Pidió un tequila para entrar en ambiente. Después de unos 20 minutos llegó la hora. El dueño subió al escenario y la presentó.
-¿están listos? - Gritaba desde el escenario – ¿están listos para recibirla? La más caliente, la más culona del lugar. Tiene 23 años, es soltera y gime como una diosa, tiene las nalgas más grandes que su silla y está dispuesta a aplastarte la polla si pagas bien por ella. Recibamos a Mirka.
Al fondo salió una joven de mediana estatura, con tacones altos, una mini tanga y un bra de color plata, sus bien torneadas piernas resaltaban con la luz. Martin estaba caliente, esperando verla de frente. Se arrastró en el piso, se levantó poco a poco hasta que la luz dio en su rostro y cual va siendo la sorpresa de Martín ¡era la monjita! Se escapaba por las noches para bailar.
Cuando estaba por terminar su espectáculo se bajó del escenario y se acercó a Martín, él pensaba que podría tratarse de su gemela pero…
-hola Martin ¿quieres cogerme? ¿Quieres estas nalgas en tu cama? – no cabía la menor duda, era ella.
-pero… yo….
-nada de peros, quiero tu verga en mi culo. Solo tienes que pagar bien por mí.
Subió al escenario se desnudó y comenzó a masturbase delante de todos, las hombres en el lugar gritaban y el aventaban billetes. Regresó al camerino en donde la esperaba el dueño. Después de unos minutos, Martín estaba afuera. Vestía una chamarra en color café y los años se le veían encima, lo pasó al cuarto en donde lo llevó al cuartito de los secretos en donde él pagó todo el dinero del padrecito muerto.
-hola guapo, siéntate – ella tenía una bata transparente donde se podía ver sus tetas grandes y su vagina húmeda.
-yo solo me le he jalado. No sé cómo…
-calla ¿quieres mis nalgas? Quiero que me la metas hasta partirme el culo.
Ella bailó enfrente de Martín, quedó desnuda. Lo desnudó y le chupó las bolas hasta dejarla húmedas, su polla la metió hasta el fondo de boca, se la tragó toda. La monjita sabía su chamba, por la puerta entró un joven, que era el sacristán, Martín estaba sorprendido, parecía un sueño.
Martin estaba duro, recostado en el sillón se acercó el joven, mientras Martín se la metió toda a la monjita quien gemía de placer, cambiaron de posición, ella estaba en el sillón y Martín sobre ella y el joven sacristán se la metió a Martín. Los tres se dieron por todos los agujeros que veían, el sacristán hacía lo propio, lamia a la monjita y a Martín.
Martín sacó todo su placer en la cara de los dos. Gemían como nunca, era placer incondicional.
Terminaron y la monjita desapareció, al igual que el sacristán. Martin se vistió y salió por la puerta de atrás. Regresó al hotel, después recordó que había pagado por la monjita el dinero que traía del padre muerto, que vendría a jalarle las patas, aunque el quería que le jalara otra cosa.
De regreso al convento, la monjita estaba como si nada, paseaba por todo en convento, oraba a sus horas. El la veía con ganas de más hasta que….
-¡padre! – tengo más de una hora llamando a la puerta
-¿qué pasa? – respondió con la puerta entre abierta.
-son las 11 de la mañana, se quedó dormido. Una de las monjas y el sacristán lo esperan abajo
-¿para qué? – de alguna manera tenía que esconder su erección matutina.
-para ir a dejar a la ciudad el dinero del padre que murió ayer…
-¿como? ¿Qué no ya fui? – preguntó sorprendido.
-está dormido todavía padre – se burló al ver que estaba desubicado - Ayer murió el padrecito, hoy va a dejar el dinero con el sacristán y la monjita.
-en un momento bajo – dígales que me esperen.
A Martín se le iba a cumplir su sueño húmedo….
FIN. Uff ¡que calor!

Texto agregado el 24-03-2018, y leído por 0 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
25-03-2018 Buen trabajo. Tengo uno que habla de lo mismo: LOS HÁBITOS DE LA PARAFINA. Gnomono
 
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