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Chili y Chucraco se sientan frente a frente. Han armado la pequeña mesa negra que se despliega desde el centro. Uno pasa la mano sobre la superficie dejándola limpia o eso creé. El otro saca los casinos y los pone encima, éstos brillan. En un acuerdo silencioso se conviene en que sea Chili el que reparta. Chili agarra con prolijidad de un iniciado el mazo; barajeando a velocidad van cayendo una tras otra las cartas en un conjunto sincronizado de cartón lustrado.
La pequeña mesa luce ahora cinco naipes para cada uno. Chucraco abanica en la mano izquierda sus armas y, las coloca con la otra según su estrategia. Hay dos cartas solas rendidas en el área del juego, un tres y un ocho. Chili lanza un diez, que combina de inmediato con el ocho, formando un infranqueable dieciocho, “tiene un comodín” piensa Chucraco, aunque no solo él los demás que se van reuniendo en torno al juego también lo hacen. Tira un cinco, Chili con su comodín se lleva el conjunto. Las jugadas se intercambian, ambos esbozan sus experiencias evitando que el otro saque ventaja. Primer juego, once puntos a ocho, gano Chili. Ambos sonríen, se pone el mazo en medio y el que sigue, sirve.
El juego se va tornando más picante, nadie quiere perder incluso los que miramos vamos tomando partido, como si escogiéramos nuestro representante. Aunque no se halla apostado, está en juego la destreza y el prestigio del mejor. Van ya cinco partidas y ahora Chucraco le ha sobrepasado en un tres a dos, los que miramos apreciamos la perspicacia con que se juega, la delicada rapidez de cada movimiento, la agudeza para adelantarse a la carta por caer. Ambos son expertos.
Hay una discusión Chili insiste en que Chucraco ha formado un juego, Chucraco dice que solo ha tirado el seis y ha caído encima del diez formando un dieciséis que ya había sido llevado. ¿Una estrategia? ¿Una mala jugada? ¿Una trampa? ¿Una desconcentración? ¿Un lance? No se ponen de acuerdo en el proceder, el ambiente se pone tenso, los que miramos también discutimos. Ahora ambos están empate. La gente cruza frases, Chili voltea, se incomoda no quiere a nadie parado tras él, los espanta como a moscas y al igual que ellas se vuelven arremolinar. Chucraco mira a los demás como si le enviara miradas encriptadas a su contrincante. Chili levanta un conjunto muy bien formado y lo acumula a su maso como botín recién acumulado, no hace gestos, pero se puede ver en su interior la malicia. En un movimiento veloz Chucraco levanta las cartas y se las lleva con una malicia igual, aunque le traiciona el gesto; Chili en un acto de rapidez de inaudito revisa las cartas y, zas¡¡¡ ¡trampa¡ grita. Todos quedamos desconcertados, incluso yo que escribo mientras observo el duelo - ¡el tramposo eres tú! Responde Chucraco, que en ese instante arroja el naipe con tal fuerza que le corta el brazo a lugarteniente de Chili, la sangre brota a chorros. Todos saltamos del espanto; Chili responde el ataque con una sarta de cartas voladoras, dos dan directo a la cabeza de Chiki ojo de uva y al Choco el gordo; el once y el as de espadas se clavan en la frente de los infortunados; las sillas las mesas caen y sirven de parapeto. Me ha salpicado algo de sangre pero igual sigo escribiendo. Del otro lado están lanzando también naipes aunque algo usados igual son armas contundentes, son pesadas como piedras de protesta.
Se han formado dos grupos, además de las que ya se inclinaban por uno o por el otro, ahora son los que al tirarse al suelo quedaron “aquí” y “allá” yo no estoy en ningún bando, solo relato lo que pasa. Chule hace una señal con los dedos, e inmediatamente los pierde, el tres de oros le ha cercenado el índice y el medio, la hoz cegadora ha cruzado el cielo llevándose sus dedos indicadores. Alguien corre hacia mi sitio, ya está acá, una hoja de nylon que no logré identificar le ha rasgado el pantalón al correr, increíblemente no le ha cortado la pierna. Veo a Chucraco, que está más cerca de mí, sacar un mazo nuevo, se ve el filudo material resplandecer con una voracidad de carne, da unos cuantos a cada uno de sus compinches que reducidos en la trinchera improvisada reciben cerrando los ojos ante los golpes chocante contra las mesas de plástico. Al unísono lanzan su batería contra Chili, que felizmente esta tras una mesa de madera; al igual que la destreza de un indio lanzando machetes se incrustan en la redondez del escudo protector. Quiero ver qué pasa, quiero asomarme, pero Chango me advierte que es peligroso; insisto, le doy mi cuaderno para que siga escribiendo mientras me asomo. Chalado saca su cabeza y la vuelve a meter. Me dice algo, no sé qué será. Chalco está tirado dice y le doy su cuaderno… al parecer lo hirieron, -hay que jalarlo- le digo a Chango, pero con un poco más de raciocinio me convence que es mejor avanzar hasta donde Chalco empujando la mesa para cubrirnos, así lo hacemos, suena al ser atacada con cada saetazo, incluso el pobre once de trébol se ha llevado un pedazo de plástico, como advirtiéndonos el peligro de seguir adelante. Jalo a mi amigo Chalco. Seis certeras cartas se le han clavado en el dorso con una secuencia de Fibonacci, hay un espiral mortal y escarlata en su pecho, está muerto. Se escuchan dos gritos, Choclo al correr hasta al baño da un alarido y cae, en su espalda una jugada se le ha clavado; el diez, once, doce, trece y el as que al lanzarlo el asqueroso de Chanco suelta un ¡sí! cerrando el puño, ha formado una escalera de corazones mortal.
Las cartas no son como las balas, las cartas no suenan, apenas, dan un zumbido. Su corto es limpio y veloz, según la fuerza y la destreza como se lancen, algunos llegan a clavarse en las paredes de cemento, chocando en las esquinas son capaces de quiñarlas haciéndolas estallar en polvo. Las que son tiradas sin vórtice, solo chochan haciendo un ruido con el elemento de freno, pero si son lanzadas como el suriken entonces el espiral corta todo a su paso volviéndose una mortal arma.
Alguien grita paz, sin embargo se siguen arrojando naipes de distintas nomenclatura, el sonido es de moscas chocando contra las ventanas, nadie tiene ganas de ceder. Seguimos escondidos. Sigo escribiendo. El lapicero que tengo tiembla, quiere acabarse, no puedo permitirlo, mi bolso quedó botado donde estaba Chalco.
Escucho que lo han cortado a Chucraco, que al lanzar se quedó expuesto y el filudo dos de espada que en casino vale quince, le ha zanjado el estómago, el tiro no fue directo, por lo que puedo ver que dicen desde la otra meza del extremo derecho, Chichi y Chila, uno de ellos ha lanzado la carta contra la columna a un costado donde se encontraba Chucraco, El tiro fue tan diestro que solo basto que la punto del espiral cambiara de giro en sentido opuesto al reloj, siendo su curso otro el prominente abdomen de Chucraco. De donde estoy puedo ver la escena. Sus tripas se están saliendo – lo describo mejor- aprieta los dientes fuerte, lo sigue sus ojos, su ceño, su mano conteniendo lo inevitable. Parece llorar, se arrincona a la pared, los naipes que lleva consigo caen relucientes como espadas sin usar, sin dar vida a la ludopatía asesina; cae Chucraco. Se siguen lanzando cartas de rato en rato, mi lapicero que pareció gastarse se mantiene firme. Al parecer nadie más arroja nada, increíblemente a pesar de la ferocidad de esta batalla, nadie grita, o lanza insultos soeces, nadie ofende al otro con frases altisonantes, ha sido una confrontación silenciosa solo interrumpida por los gritos de dolor y el zumbido mortal del juego afilado. Así como empezó, termino. Tres muertos, ocho cercenados, veinte heridos, muchos asustados, mesas rotas o clavadas.
El limpiecero trapea el patio, la sangre se mezcla con el agua sucia de los víveres, alguien en la esquina recoge los naipes tirados. Regreso a mi celda escribo antes de entrar. Cuatro ases me llaman la atención se han clavado en la columna de la entrada, son cuatro cartas iguales, un póquer de ases.

Texto agregado el 03-07-2018, y leído por 2 visitantes. (0 votos)


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