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Al fin.
Como en todo cuento de hadas, apareció el príncipe azul montado en su caballo blanco, vestido de color violeta, con el pelo largo, los ojos brillantes, la cabellera al viento. Parecía que las piedras y todo lo que había a su paso se hacía a un lado cuando escuchaban las pisadas firmes de su caballo, como honrando su presencia.
El cojo esperó este acontecimiento por años; todos los cuentos tenían un final feliz.
Después de que había perdido todo, pensó el cojo en qué lugar podría encontrarlo el príncipe encantado, ya que no tenía un castillo, o una torre dónde recibirle con dignidad.
Vio a su alrededor las ruinas de su vieja estancia, su pieza gris destruida con los años, mohosa, húmeda, arruinada.
El príncipe no podría encontrar el lugar en donde estuviese el cojo, como en todos los cuentos de hadas. Quizás si vistiese distinto, con colores, el príncipe podría encontrarlo.

Y se puso su traje color verde más brillante, de los pocos que había rescatado y que guardó en cajas cuando la tormenta arrasó con todo.

El príncipe posó sus ojos sobre el cojo, tanto así que el cojo quedó deslumbrado. Se bajó de su caballo y tomó una de sus sucias manos, justo aquella que el cojo no alcanzó a limpiar.

Y subieron juntos en su corcel, y el príncipe le mostraba al cojo todas las maravillas que podrían conseguir juntos, todos los campos que podrían plantar, todas las tierras que podrían conquistar. Al príncipe le gustaba el humor del cojo, siempre reían juntos.
Pero el cojo sintió un dolor en su corazón, ese gélido témpano que estaba derritiéndose con el candor del príncipe. Y tocó la espalda del príncipe, y notó que sus colores violetas se desvanecían al tacto de sus dedos.
Bajó el cojo del caballo, casi andado.
Vio al príncipe a los ojos, y retrocedió.
Notó que se dirigían a otro castillo, uno bien pomposo y brillante.
"¿Porqué me trajiste a este camino?" Replicó el cojo.
"Es el camino que elegí" Le dijo el príncipe.
Una princesa en el castillo le hacía señas con las manos al príncipe, esperando su llegada.
El cojo retrocedió unos pasos más.

Y tomó sus cajas, se desvistió enterrando su traje verde brillante en lo más profundo del bosque, dejando al príncipe y su vida real con la princesa.
Porque jamás sería como ella, jamás luciría tan hermosa y bella como ella, tan bonita a los ojos del príncipe.
El príncipe decidió seguir al cojo, observarlo de lejos.

Apenas perdió la pista del caballo y sus ojos luminosos, el cojo se marchó a su refugio gris, sin los campos que iban a sembrar ni las tierras que querían conquistar.

Unas cajas, su cojera.
Y su dignidad.

Texto agregado el 16-07-2018, y leído por 81 visitantes. (0 votos)


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