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Inicio / Cuenteros Locales / esclavo_moderno / Nuestra vida seguirá igual. (Black River Falls, WI 2016)

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Lo que vio la mujer al despertar, por la ventanilla del automóvil, fueron los pajarracos negros que planeaban en círculo. La declive línea vertical daba forma a la carretera. El sol se ladeaba al oeste, y las nubes grises se resbalaban en el cielo.
—¡Los zopilotes son horribles! —dijo ella, y abrió la boca y sacó la lengua en señal de asco.
—Siempre viajan en busca de carroña —afirmó el hombre.
—¿En cuánto tiempo llegaremos?
—En una hora. ¿Te encuentras bien?
—Me duele la cabeza y tengo ganas de vomitar.
—¿Ya te tomaste las otras pastillas?
Ella le bajó el volumen a la radio, y cubriéndose con la manta cerró los ojos.

La pareja dejó el equipaje en la habitación, y enseguida se encaminaron a la terraza del restaurante. Se sentaron a una mesa con sombrilla. Miraron las desnudas ramas de los árboles; como si una impalpable mano gigante las hubiese sacudido, las hojas intentaban escapar del viento. La mesera preguntó:
—¿Están listos para ordenar?
El hombre pidió camarones al mojo y una botella de vino tinto. Ella, un sándwich de jamón. La mesera trajo la jarrilla humeante a café y dos tazas y leche.
—¡Es una locura! —dijo la mujer, y después siguió un silencio áspero.
Un gorrión buscando miel entre las flores interrumpió con su aletear los pensamientos.
—No trato de convencerte, mujer —dijo él—. Acaso no te das cuenta de que en este mundo somos felices o infelices al costo de los demás.
—Quieres decir, para que tú y yo sigamos siendo felices —afirmó ella meneando la cabeza—. ¡Momento, momento, espera un momento! Aclaremos algo: esa felicidad libertina “de la que en un tiempo creíamos y gozábamos” era la mejor opción, cierto. Esa felicidad libertina nos ha puesto en nuestro lugar, y ahora nuestra impasibilidad nos empuja a la salida más fácil. ¿Crees que es justo que ese alguien pague por lo que nosotros decidimos hacer con nuestras vidas?
—¿Acaso no es justo prevenirle el sufrimiento? —preguntó él. —¿De qué sufrimiento hablas? —La del diario vivir, dolor, amargura, decepción o como quieras llamarle. —No me vengas con esa respuesta barata. La existencia está llena de sorpresas. Nuestro romance tuvo su riesgo, pero aprendimos a subsistir con toda esa variedad de inseguridades. —Es diferente.
—¿Cómo va ser diferente? ¡Por favor! Estamos hablando de lo que tú y yo hemos vivido. Esta conversación me enferma más, y sigues empecinado en recordármelo una y otra vez. Ya no sé. No sé ni lo que estoy diciendo.
—¿No sabes qué? Nada cambiará.
—Qué tan seguro estás.
El hombre calló. La inquieta mirada de la mujer se quedó fija en el horizonte. El hombre miraba la milpa muerta clavada en los surcos.

Él, un exigente ejecutivo de clase alta ya rondaba los cuarenta. Aborrecía las ataduras sentimentales. Ella, treintañera, secretaria de una compañía exportadora de productos de belleza, pretendía vivir solo para satisfacer sus más mínimos caprichos: la riqueza y el placer eran su vida.
Había ocurrido una tarde de verano. La casualidad les hizo encontrarse en las afueras del edificio donde quedaba su centro de trabajo. Él la invito a cenar. Durante la cena, los dos descubrieron la similitud con que deseaban vivir el futuro. Los pensamientos egocéntricos se ocultaron. Él la llevó a su departamento, y ella supo que acabaría sin ropas antes de llegar al dormitorio. Al día siguiente, junto al desayuno se encontró una rosa roja. A los cinco meses, ella se mudó con él. Viajaron por el mundo. Vivian rodeado de lujos. La madrugada los sorprendía borrachos en fiestas de fines de semana. El sexo se convirtió en una rutina necesaria. Al principio, el nuevo estilo de vivir fue provocador, excitante y apasionado. Pasado un tiempo, él notó un cambio en ella. A la inmodesta relación se le fue introduciendo la realidad. Ella empezó a hablar de una manera diferente. A vestirse sin el toque sensual que le caracterizaba; y el sexo se fue extinguiendo en la rutina. —Recuerdas nuestra promesa —dijo él—. No ataduras, no compromisos, no obligaciones. —Ya es muy tarde para eso. Estoy encinta.
La cara del hombre reflejó una mueca de enojo, y como pudo trato de ocultarlo. —¿Cuánto tiempo llevas sabiéndolo? —preguntó. —Cerca de tres meses —Ella lo vio fijamente buscando una emoción en sus ojos, y con un dejo de tristeza prosiguió—. Debemos de reconocer que los dos no conocemos el amor. Nuestra relación es únicamente una apariencia para ahuyentar la detestable soledad. Somos demasiado egoístas. —Hay maneras de evitar lo no deseado —dijo fríamente él—. Conocí a un compañero en la Universidad, especializado en medicina, y me contaba de un método con pastillas para esos casos. Y afirmó que muchas mujeres lo usan con frecuencia. —¡Medicamentos! ¿Acaso hay esa clase de medicamentos?
—Sí…
—Eso es monstruoso. ¿Cómo insinúas que yo me atreva a hacer algo así? —Mañana empezamos el tratamiento, si te decides, y las últimas dos pastillas las tomarás durante el viaje que haremos en unos días. Y cuando regresemos te harán un ultrasonido.
De esa conversación, habían transcurrido ya dos semanas.
La muchacha examinó disimuladamente al hombre, y preguntó:
—¿Después de este día continuarás aceptándome tal como soy?
—No te preocupes de eso.
—Te vuelvo a preguntar. ¿Luego de lo que haré seguirás conmigo?
—¡Sí! Lo nuestro será igual, igual, igual. Qué más quieres que te diga. Qué más quieres de mí.
—Tengo miedo de que las cosas no funcionen igual. Que ya no vuelva a experimentar lo que hoy siento por ti. O pueda ser que yo no vuelva a llevarme conmigo misma nunca más. Te necesito. Esta decisión me está haciendo daño. Una parte de mi dice sí, y la otra parte me reclama el porqué. Que me repulsa saber que soy yo la que…
—¡Cállate, cállate por favor! No sigas atormentándote de esta manera. Este pequeño infortunio, no pondrá ningún obstáculo entre los dos. —¿Por qué estás tan seguro? —La vida continuará igual para nosotros.
—Nuestra vida seguirá igual —repitió ella balbuceando, y unas lágrimas le recorrieron las mejillas. Él le rodeó la cintura y le murmuró al oído:
—Aquí estaré contigo hasta el final.
—Me infundes valor para hacer lo que no debiera hacer. Soy una cobarde, una vil cobarde. Estoy negándole la oportunidad a aquel que no sabe defenderse y simplemente reclama una oportunidad para vivir.
—Todo saldrá bien, ya lo veras. Todo volverá a ser como antes.
La mujer permaneció por unos segundos pensativa y miró al hombre sin mirarlo, y en forma acompasada dijo: —Tienes… tienes razón. No me hagas caso, las pastillas me pusieron sentimental. Ya se… me pasará.
Una mueca de dolor cubrió la cara de la mujer, y él asustado preguntó:
—¿Qué te pasa?
Ella no respondió, pero empezó a quejarse, como si sufriera de una manera horrible. Pasado el segundo de dolor, dijo:
—Creo que ha llegado la hora. Acompáñame, por favor.
Tomados de la mano y sumergidos en un enrarecido sigilo, caminaron hacia la plantación de maíz. Se oía el gorgoteo luctuoso de los grillos y chicharras, y la negrura los envolvió.
La pareja dejó el hotel al amanecer. Y volverían a la rutina de sus vidas. Había sido tan sólo una zancadilla de parte del destino. Quién sabe por cuánto tiempo más la felicidad les acompañará.
El sol estaba alto. Los zopilotes planeaban por encima del maizal sin decidirse a interrumpir a las moscas verdes y negras que habían llegado a husmear la transparente bolsa plástica conteniendo el cadáver del feto.

Texto agregado el 07-08-2018, y leído por 44 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
04-12-2018 Una historia bien narrada. Egoísmo ciego que mata por mantener una comodidad y un estilo de vida. daiana
10-10-2018 Bien actual, muy triste.***** Abrazo Lagunita
14-08-2018 Pienso que es triste ser mujer y tener que sufrir esto,ese ser que no se desea,y que se saca,creo nunca será olvidado. El hombre es mas invencible porque no es él el que lo acuna. Lo cuentas muy bien y obtienes lo que se pretende en un texto:llegar profundamente***** Abrazo Victoria 6236013
08-08-2018 Una historia que se repite todos los días en cualquier parte del mundo. Aborto. Logras perfilar bien los personajes y el cuento se lee con mucha facilidad. Abrazo sendero
08-08-2018 Qué triste y no, la vida no seguirá igual. Alguien falta.. Un abrazo, sheisan
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