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Yo sabía, tarde o temprano esto iba a sucedernos. Seguramente fue mi culpa por andar siempre colgado en mis asuntos. Si tal vez hubiera sido más prudente... Pero qué, cuando Kamila quiere entrar a mi departamento solamente manda un mensaje y viene sin leer la respuesta, porque ya sabe. Después la veo sentada en el sillón y entonces yo también me siento, y enseguida ponemos algo de música y charlamos y sin darse cuenta Kamila me va contando pedacitos de su vida.

Algo que tiene Kamila es que sabe preparar ricos mates, y eso me gusta. Apenas la veo siento el deseo de pedírselo aunque ella sola se hace cargo de todo. A veces sucede que Kamila llega justo cuando tengo otras visitas y entonces sumamos tres, o cuatro o cinco, hasta ocho personas llegamos a ser una tarde en mi departamento. Mis amigos de antes aprendieron a conocerla, le elogian sus mates y todo. El Polaco es quien mejor le cae, me dijo. Yo siempre me pregunté si no tendría que ver con el hecho de que el Polaco sabe tocar muy bien la guitarra y cuando canta una tonada media tristona la mira a Kamila más que a nadie.

Además le gusta quedarse hasta el final, cuando los demás se van felices con la panza llena y haciendo promesas pero dejándome el departamento patas para arriba. Kamila nunca hizo esto. Después nos preguntamos si no sería estupendo pedir un delivey de pizza, entonces la veo abrir grandes los ojos y decir que sí, una grande de jamón y morrones, qué rico.

Mientras comemos, la escucho contar su vida de a pedacitos, casi al ritmo de sus pequeñas mordidas. Una provincia, ajá. Una ciudad pequeña, ajá, una ruta, ajá. A veces se ríe, a veces mira para otro lado. Cuando la escucho atentamente siento que Kamila es eso, pedacitos de cosas. Y creo que ella se da cuenta de que yo me doy cuenta y de que todos nos damos cuenta. Pero se calla y sigue comiendo, y dice qué rico.

Una vez le propuse que entrara en el negocio, porque no es difícil, se gana lo suficiente para la comida y el alquiler y con eso uno es libre. Me dijo que sí. La primera semana vendimos muchas pulseritas y otras baratijas en el parque. Estaba contenta. Una tarde volvimos del brazo tarareando no sé qué canción y en el camino compramos latitas de cerveza con las cuales brindamos por nuestra maravillosa prosperidad. Pero la semana que siguió todo fue distinto. En realidad las pulseritas y los muñequitos de plomo se vendieron bien pero los tuve que vender yo solo. Y bueno, así es la vida, me dije. Y seguí vendiendo.

Hasta que un martes apareció otra vez. Eran las cuatro de la tarde. Antes me mandó un mensajito bastante tímido, sin importarle nada mi respuesta. Vino a sentarse al lado mío en el césped del parque y solamente después de un rato de estar en silencio levantó la mirada. En mi hombro apoyó la cabeza. Y así se quedó, como buscando algo. Hasta que apareció un grupo de colegiales bulliciosos y preguntaron por el precio de las pulserita azules y rosadas.

El viernes también. La venta anduvo de lujo y ya a las dos de la tarde nos quedamos sin mercadería. Es lo bueno de estar en el parque. Enfrente hay un colegio de ricachones y los pibes siempre andan con unos billetes encima. Además, las pulseritas que Kamila trenzó, una serie con colores muy lindos, azules y rosados, pegó fuerte entre la juventud. Recaudamos tanto que decidimos celebrarlo, cuándo no, con un par de latitas de cerveza.

Cuando llegamos al departamento, Kamila todavía me seguía contando acerca de sus planes. Le había vuelto el entusiasmo como por arte de magia y no paraba de hablar acerca de sus proyectos y hasta de comprarse una motito cero kilómetro y alquilar un local que pronto estaría repleto de pulseritas y muñequitos de plomo. Le saqué de las manos la latita de cerveza y le pedí que se quedara en el sillón, donde pronto estuve con ella y la música encendida.

Ese viernes evité besar a Kamila aunque ella me buscara los labios. Se lo dije sin enojos, con toda la intención de preservar nuestra amistad o lo que fuera que teníamos en común. El resultado fue que ella sí se lo tomó muy mal y se bajó de arriba mío casi corriendo en dirección a la puerta. Me dejó tirado en el sillón donde hacía un instante escuchábamos música y charlábamos un poco. Pero yo no quería que se fuera, se lo dije justo cuando su mano hacía girar el picaporte. Entonces ella se quedó ahí, con la cabeza gacha, escuchando éstas, mis palabras:

"Kamila, por favor no te vayas, de vez en cuando yo también me siento solo".

Texto agregado el 11-08-2018, y leído por 47 visitantes. (14 votos)


Lectores Opinan
13-06-2019 Una historia muy a tu estilo, con esos personajes que sustentan caracteres diversos, pero siempre reflejándose lo humano en cada una de sus manifestaciones. Me ha gustado mucho. guidos
03-12-2018 Una historia muy amena y agradable de leer; espontanea y creativa, el final lo dejas a la imaginación del lector. Me encantó leerte. Mayte2
16-08-2018 Una historia del alma. Diferente a las historias convencionales con final feliz. Sin duda, un buen relato, compañero.+++++ crazymouse
14-08-2018 Hermoso, se puede sentir el personaje, desde su soledad. Pero yo me pregunto si ella se quedo. jaeltete
13-08-2018 Qué bueno es leer algo bueno! te felicito, fue un placer leer y sí a veces todos nos sentimos solos y eso nos confunde. Magda gmmagdalena
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