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Y aquel reloj de música barroca de la iglesia anunciaba el mediodía, en aquel pueblo triste, polvoriento, el más alejado de la capital. Donde la gente decía convencida de que “no había pasado dios”.
Los maestros de la escuela primaria no duraban un semestre, los pasantes de medicina para el miércoles ya no estaban, el cura del pueblo sólo aparecía para el fin de semana y los niños en edad escolar eran pocos.
¿Dime una sólo palabra que defina tú pueblo?,
Pregunto aquella maestra, -que para no variar-, también venía de lejos, a José Bonifacio el niño más adelantado del tercer año. Después de pensarlo por unos segundos, contestó despacio:
Me-lan-co-lí-a.
- ¿Porqué dices eso?
- Así dice mi abuela todo el tiempo.
- ¿Sabes qué edad tiene?
- Creo que más de noventa, porque casi ya no ve. -contestó José Bonifacio-
- ¿y cómo es ella?
- Bonita, usa lentes, me quiere mucho y tiene un gran corazón, “siempre me da domingo”.
Su respuesta había causado sonrisas discretas entre sus compañeros. Después de preguntar lo mismo a un par de alumnos más, dio por concluida la clase. Pero le quedó muy gravada la respuesta que le había dado José Bonifacio. Al verlos correr alegremente y sin preocupaciones regresar a sus casas, pensó que a esa edad no sabían nada de lo que significaba melancolía.
Por la tarde se escucharon truenos y relámpagos en el cielo y empezó una intensa lluvia que se prolongó hasta el amanecer. Las cuatro calles principales del pueblo resultaron inundadas. Se suspendió el tráfico en ellas, un modesto auto con megáfono anunciaba a los habitantes, del peligro de salir de sus casas, al mismo tiempo que avisaba la suspensión de clases. Fueron tres días de intensa lluvia, la maestra no estaba acostumbrada a ello y sintió miedo en aquella pequeña casa que le había conseguido la municipalidad.
Al siguiente día escuchó unos leves toquidos en su puerta, su sorpresa fue mayor cuando se dio cuenta que su alumno José Bonifacio, vestido apropiadamente para contrarrestar la lluvia, había llegado con una enorme canasta de paquetes de sopas, frutas diversas, botellas de agua, dulces y un pequeño guarda agujas con hilos de diversos colores. Le dijo: todo esto se lo manda mi abuela. La maestra se lo agradeció mucho y su felicidad era tan grande que le dio un tremendo abrazo asfixiante de agradecimiento. Un poco después y saboreando una suculenta manzana abrió el guarda agujas y vio en el fondo un pequeño papel finamente doblado que contenía el siguiente mensaje, escrito con letra manuscrita y rasgos temblorosos:
“La melancolía es una tristeza, un deseo sin nada de dolor parecido a la tristeza en la misma medida en que la neblina se parece a la lluvia”. Henry L.
El mensaje agregaba: Como todos los niños de su edad, mi sobrino lo platica todo. Mis respetables saludos para Usted joven maestra.

Texto agregado el 22-09-2018, y leído por 8 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
22-09-2018 Mis disculpas, quise decir:"La melancolía es una tristeza indefinida, inaferrable; prefiero la nostalgia..." henrym
22-09-2018 Que lindo, siempre hay algo para aprender y disfrutar. Un abrazo, sheisan
22-09-2018 Buena la historia y las descripciones del lugar. La nostalgia es una tristeza indefinida, inaferrable; prefiero la nostalgia, que es la alegría de la pena, el rescatar desde la memoria momentos hermosos de nuestra vida. henrym
 
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