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Me encontraba improvisando el final del discurso.
Parado sobre la lujosa tarima del escenario en la sala de conferencias del Hotel Royal, intentaba concluir con un puñado de frases impactantes el ensayo sobre “La construcción del éxito en nuestras vidas” que era el tema del momento para muchos y por el que me habían rogado para que realizara.

Mi auditorio se encontraba formado por lo que la sociedad actual se esmera en destacar: ricos empresarios, poderosos magnates de los medios de comunicación, descollantes deportistas de elite, etc., etc.
Por alguna misteriosa razón, mi último libro de cuentos, se había convertido en un fenómeno editorial, y arrasaba con los números de ventas.
De la noche a la mañana era (muy a mi pesar) un personaje mediático. Creí que si concedía este discurso para la mentada convención, tal vez me dejarían tranquilo por un buen rato.
Dudaba que tanto admirador hubiese leído mis cuentos, y sospechaba ser uno más de los que temporalmente satisfacen sus ansias de acercarse a los famosos.
Todos estos confusos pensamientos, me salían al cruce desde un torrente en mi mente y desbarataban mi improvisación. Fue entonces cuando me vi detenido en una frase que intentaba ser la final:

Ya ni recordaba la anterior. Sudaba la gota gorda mientras una platea alucinada esperaba un remate con estilo y seguridad.
Lejos estaba de poder hilvanar algo así.
Comenzaba a ser invadido por una sensación de pánico, cuando irrumpió un recuerdo de algo que contara mi padre en mis tiempos de adolescente.
Se trataba de un discurso de campaña política realizado en el entonces “pueblo” de Plaza Huíncul, de la provincia de Neuquén.
Un candidato semi-alcoholizado remataba su exposición con una frase vacía que a mi padre le había resultado desopilante.
Me recompuse entonces recobrando una postura que más que erguida se veía altiva y orgullosa. Carraspeé y arremetí muy seguro:

- ¡Y esta gran verdad, continuará resonando en nosotros! ¡¡¡como el eco cierto de nuestras realidades políticas!!!

Estalló una gran ovación en la sala, acompañada de aplausos, sonrisas y gestos de aprobación.
Me palmearon efusivamente la espalda mientras era conducido hacia la parte trasera del escenario.

- Este discurso triplicará tus ventas - me dijo al oído mi extasiado editor.

Como si pudiera observarme a mí mismo desde arriba, pude verme pensativo sentado en un sillón algo apartado en el hall del hotel. Un mozo se me acercó dejando en una mesita continua un vaso de whisky.
Mi editor se ocupaba de presentarme las personalidades del momento para que estrecharan mi mano.
Fingí sonrisas y hasta intercambié alguna frase de elogio que me sonó muy falsa.
Seguí observándome desde lo alto cuando ya quedé solo.
El whisky, el primero en adentrarse en un cuerpo mucho más acostumbrado al mate y al amargo serrano, terminaba por dejarme adormilado.
Vi cómo media hora más tarde mi editor me ponía en pié y me llevaba hasta un taxi que esperaba con la puerta abierta.
Al llegar a casa era depositado en los brazos de mi esposa. Ella a su vez me conducía hasta nuestros aposentos.
Contemplé casi como un intruso espía, las caricias que ella me prodigaba con ternura, antes de acurrucarse a mi lado.

En la mesita de luz, reposaba un ejemplar de mi última colección de cuentos. En su tapa (que era dura ya en esta última edición de lujo) podía leerse:


“Vidas vacías”

.


.



Marcelo Arrizabalaga.
Buenos Aires, 29/9/2018.



Texto agregado el 29-09-2018, y leído por 13 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
30-09-2018 Me gustó tu historia. Suceden estas cosas, en un momento dado nuestra mente nos juega un desvarío, y nos pone en jaque. En este caso, se acompaña de ovación y record de ventas. Muy bueno- Shou
30-09-2018 Buena historia ***** grilo
30-09-2018 Hay que seguirlo intentando Marcelo, encontrar la frase adecuada, la que utilizaste fue un recurso barato, aunque haya funcionado. Cinco aullidos llenos yar-
30-09-2018 Da para pensar. Por eso dicen "en casa de herrero cuchillo de palo." Excelente!! Abrazos, Roxanna unabrazo
30-09-2018 Buenísimo, saludos. ome
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