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Inicio / Cuenteros Locales / gmmagdalena / El viejo, el gato y yo

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Éramos tres vagabundos, el viejo, el gato y yo. Nos habíamos encontrado en un callejón, de esos callejones malolientes y oscuros que hay en todas las ciudades, convivimos un tiempo y ese tiempo nunca se borró de mi mente.

Yo tenía por ese entonces unos nueve años, era grande para un hogar dónde seis hermanos menores lloraban por un pedazo de comida que una madre no lograba poner todos los días en cada plato y donde un padrastro borracho siempre trataba que no fuera el mío. Yo era el mayor en esa vivienda, era un niño para irme a la calle, no obstante preferí la calle, y me fui.

La primera noche la pasé en un callejón de una ciudad a la que llegué gracias a un camionero que creyó la historia que iba a visitar a mi abuela y que en casa no teníamos dinero para pagar un colectivo. Algo que era totalmente cierto, lo del dinero, no lo de la abuela.

Como decía, la primera noche la pasé en ese lugar que pasaría a ser mi “parada”, tenía hambre y miedo, pero me acurruqué entre un volquete de basura y una pared y allí intenté dormir sin lograrlo, hasta que un gato flaco y piojoso se acercó a mis piernas y se refregó contra ellas ronroneando con simpatía, sin darme cuenta mi mano acarició su huesuda cabecita y así pude dormirme.

A la mañana apareció el viejo, con su cara barbuda y un tazón de humeante mate cocido que me acercó a la cara, casi sin hablar.

El viejo tocaba el violín, tenía uno bastante maltrecho que nunca se separaba de su lado, al menos sonaba bien. El viejo era un caso extraño, nunca me preguntó por qué estaba en la calle, tampoco si tenía hambre o frío, pero a partir de que estuve con él nunca sufrí de ninguna de las dos cosas, aunque durmiéramos en el callejón casi todas las noches y en un refugio para menesterosos cuando el frío o la lluvia nos corrían de allí.

- ¿Quien es el mocoso? Preguntó el encargado la primera vez que fuimos
- Mi nieto – contestó el viejo y nadie le pidió documentos para confirmarlo.

El gato iba escondido entre mis ropas, como si entendiera que no debía hacer el menor movimiento que lo delatara, ni siquiera ronroneaba.

Temprano, antes de la misa de las 7 de la mañana nos parábamos frente a una iglesia, una cualquiera, la que nos quedara más a mano – para no cansar la clientela – decía el viejo. Él comenzaba a tocar hermosas melodías con su viejo violín y yo pasaba un raído sombrero entre los que se paraban extasiados a escucharlo sin poder creer lo que ese mendigo hacía.

Luego íbamos a desayunar, los tres, nos sentábamos en la vereda del mismo bar, dónde el dueño siempre tenía una sonrisa para nosotros ignorando nuestro pobre aspecto, pedíamos dos desayunos completos y un platito de leche para el gato que nos seguía durante todo el trayecto, como si en vez de gato fuera un perro.

A veces no lográbamos juntar para el almuerzo, pero a la noche seguro que para un sanguche y una fruta nos alcanzaba, aunque para ello debíamos ir a la puerta de otra iglesia a hacer el espectáculo musical antes de la última misa de la tarde. El gato a la noche cazaba su propia comida, salía de corrida por los techos y volvía con la panza llena, derechito a dormir a mi costado, como hacía desde la primera noche que nos encontramos.

El viejo nunca me permitió pedir ni robar siquiera una mandarina - seremos pobres, pero no ladrones, la comida se gana con trabajo – decía. Cuando se le endurecieron los dedos por la vejez y el frío de años en la calle, yo tenía algo así como doce años y comencé a lustrar botines; tan mal no me fue, conseguí una pieza con dos camas en una derruida pensión y allí nos trasladamos con el viejo y el gato. El viejo seguía hablando poco, el gato ronroneando y yo aferrado a ellos, los tres éramos un equipo.

Cuando tenía unos quince años, el viejo no despertó más, para ese entonces ya vivíamos en una pieza mejor, pero aún no ganaba lo suficiente para pagar un entierro, así que tomé el gato, mis pocas pilchas y desde un teléfono público avisé al 911 que un anciano había muerto, les di la dirección y seguí mi camino con el gato, hasta que él también desapareció una noche, silenciosamente, como había aparecido.

Nunca supe cómo se llamaba el viejo y nunca le puse nombre al gato, pero ellos fueron los primeros amigos que tuve en mi vida y aún hoy, cuando estoy en mi hogar y escucho la risa de mis hijos y el trajinar de mi esposa en la cocina, agradezco a quienes me acompañaron y brindaron su amor en esos primeros y difíciles años.


María Magdalena Gabetta

Quiero aclarar a mis amigos, que la mayor parte de mis escritos, tanto en poesía como en cuento, son escritos en años, revisados y corregidos en los defectos que pude detectar y aspiro a que si ven errores me los indiquen porque siempre agradezco la ayuda a crecer en este difícil intento de escribir.

Texto agregado el 14-10-2018, y leído por 0 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
16-10-2018 Leí tu cuento de abajo hacia arriba y lo entendí a la perfección. Una historia de vida que puede estar ubicada en cualquier país de América latina , hiciste bien en no ponerle nombres a los personajes. Abrazos y diez estrellas nelsonmore
15-10-2018 Una narración bien llevada con una buena técnica narrativa. Saludos! Landriel
15-10-2018 Me encantó tu texto querida Magda. Abrazote. kahedi
15-10-2018 Sos una gran escritora, Magda. Difícil que encuentre algo erróneo en tus textos. Se los vive! MujerDiosa
14-10-2018 Bellísimo relato. Se palpa muy vívido y ahí radica el arte del buen escritor. Un abrazo, sheisan
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