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"Vaya más rápido, por favor, acelere"- dijo de repente el Jefe.
-Disculpe, señor. No vamos atrasados y usted me tiene prohibido pasar de cierta velocidad. Mire el marcador, vamos demasiado rápido, tanto que pensé que ya iba a ser hora de que me obligara a disminuir la velocidad.
-Vaya más rápido, le pido y no cuestione mi decisión.
El conductor aceleró el vehículo, el que dio un pequeño tirón y se desplazó rápidamente por la ruta a una velocidad constante, dejando una sensación extraña entre quienes lo veían pasar, ya que no se podían explicar que algo pudiera justificar un exceso como aquel, que constituía un riesgo para muchas personas, pues transformaba un simple vehículo y a sus ocupantes en un proyectil, en una fuerza ultra condensada, que en cualquier momento podría manifestarse de manera explosiva.
EL Jefe, sumamente nervioso, ejecutaba movimientos involuntarios y dejaba escapar frases a medio terminar, dichas para sí mismo o para los demás, mientras fumaba a grandes bocanadas, para tratar de controlar un estado que no podía revertir, a pesar de los grandes esfuerzos que realizaba para entender las razones de tanto temblor y preocupación.
En el coche, además del Jefe y el conductor iba Artur Estay quien calladamente escribía algo en una pequeña libreta, que manejaba con soltura y en la que, de tanto en tanto, veía aparecer rayas y puntos, surgidos aleatoriamente debido a los bruscos cambios de dirección del automóvil y a los saltos que éste daba.
El conductor, hombre de gran experiencia, sentía que algo andaba mal con el vehículo por cuanto no podía ejercer control sobre él, pareciéndole que existían problemas mecánicos, cuya gravedad no estaba en condiciones de apreciar, pero que claramente no eran menores y afectaban sobretodo al sistema de conducción.
Tienes un problema- dijo Estay. Sus palabras retumbaron en los oídos del chofer y le causaron una profunda impresión, tal como si le hubiesen llamado la atención cuando menos lo esperaba o le enrostraran errores pasados. Fue una voz inesperada, que se alzó repentinamente desde un silencio profundo y ominoso y cuyo tono, era desconocido para él y que no reconoció como propio de su compañero. Además, la frase más parecía una afirmación que una pregunta, lo cual sorprendió al conductor toda vez que aún no se generaban turbulencias de tal magnitud que hicieran evidente que existía algún tipo de anomalía con el automóvil.
-No, no es nada, los pedales están un poco trabados, pero creo que no hay nada de que preocuparse-dijo mirando de reojo a su jefe.
Sin embargo, era obvio que mentía para tranquilizar a los otros y a sí mismo, ya que en verdad la conducción se le había tornado difícil y el volante no respondía como usualmente lo hacía, ya que sólo con gran esfuerzo de su parte conseguía moverlo para evitar pasar sobre los hoyos de la ruta.
Las cosas mejoraban cuando se trataba de adelantar a otro vehículo, ya que el volante se movía con la misma suavidad de siempre. Pero en estos casos le parecía que no era él sino la misma máquina, guiada ahora por algún tipo de inteligencia, la que realizaba las maniobras de adelantamiento.
Por ello, llegó al descabellado pensamiento que, efectivamente, la máquina se controlaba a sí misma, por lo que pensó no oponer ningún tipo de resistencia y soltar volante y no insistir más con los pedales. Pero no quiso correr el riesgo de darse cuenta de que por su cabeza corrían ideas estrafalarias, que podían poner en riesgo a su jefe y a su compañero de labores.
-Usted es un buen conductor; recuerde ponerle una nota de mérito en su espléndida hoja de servicios- dijo el jefe, secándose el sudor de la frente con un pañuelo
Gracias jefe- Dijo el conductor, cada vez más apesadumbrado con las maniobras extrañas que detectaba en el vehículo.
Justo en ese momento el vehículo se salió de su pista e ingresó a la otra, con el riesgo de chocar de frente contra quienes venían en sentido contrario, golpeó un cono que prohibía el paso, arrastró a desprevenidas gallinas que atravesaban la ruta y voló por sobre dos resaltos que controlaban la velocidad en las cercanías de una escuela.
El Jefe, de pronto lívido, ya no era capaz de articular palabra alguna. Parecía como si hubiera sido atado, como si su pensamiento estuviera detenido, como si no fuera capaz de tener dominio sobre lo que pensaba, no llegando, finalmente a pensar nada en absoluto, mientras que sus facultades motrices se encontraban de pronto atrofiadas y suspendidas.
EL conductor, no parecía correr mejor suerte y se notaba que ya no guiaba el vehículo, pues permanecía rígido sobre el asiento, no teniendo ninguna injerencia sobre la conducta del móvil.
EL Jefe profundamente turbado trataba infructuosamente de hablar, de emitir alguna orden, pero sólo podía mover su cabeza y gesticular con espanto tratando de llamar la atención de su conductor que se encontraba en una situación similar a la de él.
Entre ambos existía una desconexión total y nada de lo que uno expresara de alguna forma podría tener efecto sobre el otro.
Claramente no era suficiente expresar el miedo; era imprescindible señalarlo, darle nombre a aquello que lo producía, apuntarlo, arrinconarlo, observarlo y superarlo, pero el miedo convertido en pavor, hacía inútil cualquiera tentativa para que la razón actuara, despejara el camino al entendimiento e hiciera comprensibles los sucésos anómalos, de tal forma que el pavor lacerante e irrefrenable constituía la experiencia vital más profunda de cada uno.
Así, permanecían en sus respectivos asientos incapaces de emprender alguna acción que les permitiera salir de la situación en que estaban metidos.
La baliza ululaba estruendosamente sobre el vehículo. Esto, muy a pesar de ellos, les permitía avanzar sin que ninguna persona, ni oficial de la policía, reparara que algo ocurría con el vehículo de la autoridad gubernativa.
Alguien que hubiera observado el desplazamiento del vehículo con atención, habría podido comprobar que el único que ejecutaba movimientos autónomos era Estay, pero, claro, para darse cuenta de ello, hubiera tenido que ir en un vehículo junto a aquel y observar, a través de los vidrios polarizados, el estado de la autoridad y del chofer y la aparente normalidad del acompañante del asiento trasero. Todo ello a una velocidad demasiado alta.
Pero era imposible que un vehículo sin baliza circulara a tan alta velocidad salvo que fuera policial. Si tal cosa hubiera ocurrido, los organismos policiales hubieran sido notificados de que algo sucedía en el vehículo de la autoridad. Pero para acercarse a este inaudito automóvil era necesario esperarlo en marcha, a una velocidad algo inferior, lo que implicaba un aviso radial por parte de una patrulla alertada del extraño fenómeno.
Pero para un observador externo, la velocidad, si bien excesiva estaba dentro de lo que se podía esperar dentro de la afanosa actividad de las autoridades.
"Ahí va nuestra autoridad en comisión de servicio", decían algunas personas. “Qué pasará dirían otras”, hasta que finalmente algún vecino contrariado por la velocidad el móvil, llamara a la policía para protestar contra lo que consideraba un abuso, pudiendo de esta manera alarmar a la sede gubernativa. Pero faltaba mucho para que esto ocurriera.
Mientras la alocada carrera seguía, Estay continuaba escribiendo sus notas, tal como si estuviera sentado cómodamente en el living de su casa, escuchara su música favorita, bebiera pequeños sorbos de agua tónica de cuando en cuando y sus hijos corrieran por alrededor, saltaran, le hicieran perder la concentración, y con sus jugarretas harían que el lápiz dibujase líneas descontroladas que surgían en el papel. Por más que intentaran no lograrían sacar de la abstracción a su padre, quien no jugaría con ellos, porque parecía estar atento a algún trabajo urgente, pero de todas manera ido, como si no estuviera allí, sino que viajara, con su imaginación, con su mente, con gran parte de sí, siendo aquel estaba junto a ellos una imagen, un reflejo, nada más.
Su concentración era casi total, como si estuviera cautivo. Tal como su Jefe y el conductor, parecían estar esclavizados respecto del automóvil, él parecía ser manipulado por el papel o por el lápiz, que a la vez que trazaba imágenes, palabras pensamientos, dibujara la realidad, le diera forma, la desplazara de su línea recta, del estado usual y familiar para arrojarlo a situaciones problemáticas y horrísonas.
EL Jefe, dentro de su perturbación, tuvo tiempo para observar que Estay, parecía estar ajeno a las perturbaciones que se producían al interior del vehículo. Haciendo uso de una voluntad inconmensurable, sólo comparables a las que en sueños nos permiten gritar al sentirnos amenazados o asir un objeto que se nos escabulle pero que necesitamos imperiosamente, llamó a Estay para que hiciera algo, sin percibir claro está que éste pudiera ser causante o saber algo respecto de las anomalías que se producían en el vehículo.
Le pidió ayuda en buenos términos, pero Estay que escuchó los ruegos se hizo el desentendido y puso las cosas en una balanza: Pensó si el jefe merecía su misericordia. Pensó si había sido un buen jefe, si no había ocurrido acaso que muchas veces actuó con soberbia, orgullo y altanería, desconociendo no sólo sus derechos sino que los de todos sus compañeros a quienes igualmente denostaba, injuriaba y miraba en menos porque sí no más, porque con tales conductas sentía poder, o porque careciendo de poderío quisiera obtenerlo a toda costa y esto, de la peor manera que puede existir.
Estay, pensaba que en la medida que se mantuviera escribiendo se encontraría a salvo, creía que podría encontrar un final que le permitiera salir sin problemas de esta situación.
Pero había dudas trascendentales que lo agobiaban.
¿Era, en verdad, capaz de darle una solución definitiva al asunto?- se preguntaba. ¿Qué sucedería si dejara de escribir?
¿Volvería todo a la normalidad?; su jefe, ¿lo perdonaría por poner en peligro su vida y un bien fiscal?. O estaría sucediendo que al igual que su jefe y el conductor, él mismo fuera protagonista de una historia mayor que escribiera alguien que no tendría compasión por nadie. No estaba seguro de nada, pero dentro de las facultades que él sabía que poseía, prefirió dejar de escribir y que el final llegara por sí mismo cualquiera que fuera el término de la historia.
Así, puso el punto final y tiró la libreta de apuntes fuera del vehículo, no sin antes haberla amarrado con uno de sus cordones y haberle puesto un título


Edgar Brizuela Zuleta

Texto agregado el 26-10-2018, y leído por 29 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
26-10-2018 Excelente! Magda gmmagdalena
26-10-2018 wow.. y cómo se llama el libro?? muy entretenido tu relato. Felicitaciones! sheisan
26-10-2018 Bravo! MujerDiosa
 
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