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Este es un cuento que escribí hace unos años y ahora quisiera editarlo para regalarlo a fin de año a mis sobrinos nietos, lo he corregido varias veces, pero necesito la opinión y corrección de ustedes, todos excelentes escritores y poetas. No duden en criticarlo, indicar correcciones, etc. No lo tomaré a mal, lo tomaré como una ayuda y les estaré sumamente agradecida. Perdonen si les robo tiempo. Gracias. Magda

La Astronauta – I.

Desde que mi esencia tomó forma de vida en el planeta tierra, mi ilusión fue vivir en un mundo de dos lunas. .

Finalmente, al comprobar en reiterados nacimientos, que la naturaleza no guiaba mis pasos hacia otros astros, decidí tomar por mi cuenta la realización de mi objetivo, para lo que debería morir y programarme el renacer en el planeta de mis sueños.

Debo confesar que fracasé muchos intentos y renací en el mismo sitio una y otra vez, hasta que finalmente lo logré.
La Paz se hizo en mí cuando vislumbre las dos lunas que festejaban mi llegada.

En mi nuevo mundo las rosas nacían con la flor en su mayor apogeo y luego mutaban en pimpollos. Las horas de luna clara eran especiales para tomar baños de blancura sobre arena de diamantes, a la orilla de un océano plateado.

Las horas de luna oscura me sentaba en el alfeizar de la ventana que daba al espacio estelar. Durante esas horas el cielo parecía de fiesta, engalanado en todo su esplendor y me deleitaba viendo pasar trenes y vehículos de brillantes colores transportando pasajeros a distintos planetas.

Un día/noche, un ómnibus manejado por un duende gigantesco paró a preguntarme si quería viajar. Ruborizada bajo la mirada vivaracha del genio, le comenté que no podía hacerlo porque no tenía traje de astronauta.

• ¡Consigue un traje y te llevaré a conocer el universo! - me gritó, mientras se perdía tras una nova que se había formado a escasos centímetros de mi nariz.

Al instante y rebosante de optimismo, corrí revolviendo los recipientes de basura del vecindario, acompañada por dos gatos callejeros que me ayudaron afanosos. De uno de esos enormes recipientes saqué una redonda pecera desechada y, de otros, directamente robé las bolsas de vinilo color negro, mientras los gatos se hacían el festín agradecidos.

Trabajé durante varias lunas hasta que mi traje quedó perfectamente terminado, cosí sus contornos con pequeñas espinas del rosal y bailé feliz al comprobar que me quedaba como un guante.

Vestida con mi traje de novata astronauta y la escafandra/pecera a la que, le había agregado un pompón de hilos de luna para que asemejara a un exótico birrete, me senté de nuevo en el alfeizar de la ventana, con mis pies colgando sobre el universo, esperando el próximo viaje de mi nuevo amigo el duende/colectivero.

La Astronauta - II

El duende/colectivero se alegró al verme en la ventana con mi flamante traje de astronauta, con un silbido de admiración que me hizo ruborizar nuevamente, estiró su enorme mano y, sin detener el astral vehículo, me subió sentándome a su lado. Un sonoro aplauso de seres de distintos puntos del universo, me brindó una cálida bienvenida haciéndome reír turbada.

El viaje era increíble, pasamos frente a planetas de distintas formas y tonalidades, también cruzamos asteroides y otros cuerpos celestes. Desde uno de ellos, un rubio niño vestido de azul que me resultó fugazmente conocido, nos saludó con la mano en alto.

Uno de los pasajeros, un hombrecillo rosado, vestido con un singular traje de astronauta/mago, se presentó como el Señor Dulcimago y me contó que trabajaba en el Planeta Dulcialegre invitándome a descender en él. Miré a mi amigo, buscando su aprobación, inmediatamente sonrió instándome a que descendiera. Al verme dubitativa, me palmeó las manos en señal tranquilizadora.

• No te preocupes – dijo- ahora que tienes tu traje espacial podrás conocer muchos mundos, lo prometí y cumpliré. Te recogeré al regreso.

Nos bajó sobre el techo de un pequeño edificio que hacía las veces de aparcadero. El señor Dulcimago se alejó rápidamente, debía cumplir con su trabajo. Amablemente me indicó que me sentara sobre una saliente del techo, desde dónde podría apreciar mejor ese pequeño mundo.

Una señora con hermosas alas transparentes me entregó una taza de chocolate caliente y unas ricas masitas con gusto a miel, dándome un enorme beso de bienvenida, luego se alejó volando a atender a otros visitantes.

Me acomodé en el lugar indicado y mientras saboreaba la rica vianda, observé asombrada que se trataba de una aldea de turrón y caramelos, con árboles de papel brillante y frutos exóticos. A lo lejos, unas montañas de helado y un mar que semejaba jugo de naranja, se veían deliciosos.

Bajo mis pies, se movía un centenar de seres vestidos con estrambóticas ropas, eran gorditos y bajos; lo que más llamó mi atención fue lo movedizo y charlatanes que parecían. El sonido de sus risas trepaba contagioso y sin saber porqué, reí con ellos.

De pronto, un silbido agudo anunció el paso de un tren de madera que, descendiendo sobre la calle, alborotó a los transeúntes. El humo con aroma dulzón que despedía su chimenea, entraba por los balcones adornados dónde la gente se asomaba tirando flores de agua y gritando alborozada. Los carboneros, echaban paladas de semillas en las calderas, seguramente eran las que despedían tan rico olor. Sobre el techo de su único vagón, un estilizado y melenudo personaje dirigía una orquesta de lunáticos rockeros .

Contagiada por el ambiente, saqué de mi escafandra/birrete una tela blanca, temperas y pinceles para pintar un enorme ramo de flores amarillas que se me antojó obsequiar a una anciana con cara de niña y pícara sonrisa que bailaba sobre una pista de azúcar impalpable, sobre lo que parecía una enorme torta.

El tren se alejó elevándose sobre las colas de dos cometas que iban trazando rieles en el cielo, mientras manos con pañuelos blancos, saludaban desde las ventanillas con forma de corazón.

En ese momento apareció nuevamente mi transporte sorprendiéndome con su singular bocina. El tiempo había pasado casi sin percibirlo. Me coloqué nuevamente mi casco de astronauta, abordando al ómnibus estelar después de recibir un efusivo beso de despedida de la señora con alas.

Tras mío, subió muy apurado el señor Dulcimago al que había visto trabajar incansablemente sacando conejos de diferentes tamaños de su escafranda/galera ante un público entusiasmado.

Mi amigo escuchó complacido mi verborrea, contando todo lo que había visto en ese precioso planeta. Sin darme cuenta, cansada de tantas emociones, me dormí tranquilamente contra su mullido costado, mientras regresábamos a mi mundo de dos lunas.

La Astronauta - III

Duende me despertó con suaves golpecitos en mi hombro. Somnolienta observé acercándose, el brillante alfeizar de mi ventana. Ya llegábamos, sentí cierta tristeza. El amable señor Dulcimago me regaló una preciosa flor de papel, como recuerdo de mi primer viaje, eso me emocionó, era un buen mago y le di tremendo beso en su rosada mejilla.

Al arribar, mi amigo me tranquilizó diciendo que volvería en unos días/noches a buscarme, y tomándome con una de sus grandes manos, me sentó delicadamente en la ventana. Desde allí permanecí saludando, hasta que, el colectivo haciendo sonar su bocina en señal de despedida, se perdió entre las estrellas. Suspirando resignada miré a Luna Oscura, le tiré un beso e ingresé a mi casa.

Con mucho cuidado me saqué mi traje de astronauta de vinilo negro, puse sobre una mesita mi escafandra/birrete y la flor en un vaso de aire puro; luego me di una ducha energizante de gotas de rocío para sacudirme los restos de modorra.

Cuando terminé, Luna Clara ya estaba alta en el cielo saludándome con sus alegres y vitales rayitos plateados. Sería un hermoso día/noche para disfrutar en las playas del mar de plata.

Mientras desayunaba, por mi mente pasaban todas las imágenes y los momentos vividos. Me sentía muy excitada con mi primer viaje espacial, realmente feliz por haber aceptado la invitación de ese simpático mago para conocer el Mundo Dulcialegre.

Ensimismada en mis pensamientos, me sobresalté al sentir insistentes golpeteos en la puerta de calle, cuando abrí me sorprendí más aún. Eran mi amiga Lucynea del Tocoso, acarreando un enorme bolso y su novio Don Quejote de la Plancha. Apenas me dieron tiempo de hacerme a un lado, entrando como una tromba en mi casa.

• Vamos, vamos, apúrate - dijo Lucynea – entre ronroneos de alegría, moviendo su larga y rojiza cola que emergía airosa del apretado jean. Ah, ¡qué hermosa era!. Ella, cómo Don Quejote, eran del país de los Ronroneros. Seres cálidos y hermosos con tremendos ojos, largas colas movedizas y unas lindas orejitas rosadas con forma triangular. Su melena y su cola eran de un afelpado pelo que variaba en colores de acuerdo a las familias. El resto del cuerpo era como el mío y el mío era como el que había tenido en mis reencarnaciones anteriores en el planeta Tierra. Los historiadores decían que los ronroneros eran descendientes de gatos y dioses de la antigüedad. En realidad yo no los veía ni parecidos a mis dos maltrechos gatos callejeros, seres inferiores seguramente.

• Vamos, vamos, queremos ir – repetía mi amiga, mientras su novio reía embobado mirando hipnotizado su cola. Estaba muy enamorado, la adoraba y el admirar su cola continuamente era su forma de demostrarlo.

• ¡Cuanto apuro Lucynea! ¿qué pasa? ¿dónde quieren ir? – pregunté sorprendida.

• ¡Supimos que te hiciste un amigo colectivero espacial y queremos hacer una excursión! – ronroneó excitadísima – Por favor, no digas que no, porfa, porfa – rogó.

• ¿Una excursión? ¿dónde? – comencé a preocuparme. Mi amiga era tremendamente audaz. Pensé en quien podría haberles contado y no pude menos que sospechar de mis dos ayudantes gatunos. Eran unos traicioneros habladores.

• Queremos ir de parranda a la Vía Láctea, es nuestro sueño – replicó entusiasmada – y ahora es nuestra oportunidad –mientras decía eso, sacó de su gran bolso, tiras y tiras de bolsas de vinilo negro y dos flamantes peceras.

• Haz los trajes, por favor – suplicó, entornando dulcemente los ojos y refregando su redonda nariz contra mi mejilla. Supe que no me podría negar, era muy persistente y cuando mi amigo el duende/colectivero regresara a buscarme, no encontraría uno, sino tres pasajeros.

Me despedí de mi descanso en la playa y con paciencia, mientras los enamorados ronroneaban dulces canciones, me puse a confeccionar sus trajes de astronautas.

La Astronauta - IV

Con los trajes ya listos, mis amigos estaban como enloquecidos, no paraban de hacer planes respecto a su próxima aventura. Sus cantos y saltos me agotaban. Yo estaba un poco callada, en realidad no sabía si mi amigo el duende/colectivero iba a estar feliz de tener otros pasajeros y, sobre todo, tan revoltosos, pero no quedaba otra que resignarme y esperar los acontecimientos.

Cuando Luna Oscura se asomó en el firmamento, Lucynea y Don Quejote, completamente extenuados, se habían dormido sobre el amplio sofá de mi Living; eso sí, vestidos con sus primorosos trajes de astronautas y con sus escafandras/peceras a mano.

Ahora que los alborotadores descansaban, me senté en el alfeizar de mi ventana a mirar el cielo que se encontraba muy transitado a esa hora. Mucha gente prefiere hacer viajes en la noche/noche, dicen que es más seguro y hay menos peligro en las rutas siderales.

A sabiendas de que Duende se tomaría un descanso antes de volver a viajar, me dispuse a disfrutar de ese ir y venir de diferentes vehículos y personajes.

Desde un tremendo coche espacial, súper moderno, con grandes y llamativos alerones, una pareja de ricachones venusinos me saludó con alegría. Un descomunal montículo de equipaje sobre el techo de su vehículo, indicaba que iban de vacaciones a algún planeta/isla, algo que también ansiaba conocer. Ahh, mi imaginación no tenía límites, sentía que el Universo era mío.

Un espectacular tren que pasaba, me hizo desear viajar en él. Esos brillantes vagones que se movían como parte de un ondulante y gigantesco gusano luminoso, resultaban muy atractivos e invitaban a abordarlo . Pensé si no sería el mismo que había visto en Dulcialegre, pero no, éste era más moderno y mucho más largo. El otro era más humilde pero no dudé que sería también más divertido con su alegre orquesta.

En ese momento, montados en sus hermosas bicicletas estelares, cruzó un grupo de astronautas deportistas, el último pequeñín iba montado en un triciclo, pedaleando desaforadamente para no quedar rezagado. Unos duros motokeros galácticos los sobresaltaron con el ruido de sus poderosas motos/cohetes, mientras una señora que paseaba colgando de un paraguas los reprendía con ampulosas señas.

Mi mundo de dos lunas era apasionante, mi ventana al espacio era más de lo que nunca me hubiera atrevido a soñar en mis vidas anteriores; además tenía la maravillosa amistad de Lucynea y Don Quejote, la complicidad de mis gatos callejeros y otros muchos amigos, a los que, había sumado ahora a Duende. Mi corazoncito saltó emocionado al recordar su gentileza y sonrisa. ¿enamorada de un duende colectivero?. ¿Porqué no? Él era totalmente querible y en mi mundo de dos lunas, todo era posible.

El día/noche había sido muy largo, no había descansado nada después del viaje, todo por culpa de la fastidiosa y festiva pareja, que no me había dejado en paz hasta verme terminar sus trajes, me apoyé en el marco de la ventana escuchando el suave ronquido/ronroneo que venía de la sala y me dormí feliz.

La Astronauta - V

En el ingreso a la Vía Láctea, dos simpáticas vaquitas, vestidas como seductoras recepcionistas, nos entregaron a cada uno, un vale que indicaba “Diversión Libre”. Con ese vale podíamos detenernos en cualquiera de los puestos de la Vía y disfrutar gratuitamente. La atención se la debíamos a mi querido Duende, quien les contó a las preciosas vaquitas que éramos sus protegidos. Ellas, amorosas y risueñas le entornaron varias veces sus ojitos lánguidos y nos regalaron los vales.

Duende no se había molestado, como temía, al verme sentada en el alfeizar con mi traje de astronauta y mis dos compañeros. Lanzó una tremenda carcajada y con un movimiento de su enorme mano nos recogió y depositó en el colectivo, hizo correr hacia los asientos traseros a un par de jóvenes punk/astrales y sentó a Lucynea y Don Quejote en primera fila. Rápidamente tomé asiento a su lado, muy pegadita a él, ¡es tan cómodo y cálido! Me produce una sensación de bienestar su cercanía.

Mis amigos charlaban como cotorras y le hacían miles de preguntas que contestaba amablemente. Se alegró de que quisiéramos visitar la Vía Láctea, misteriosamente dijo que tendríamos una experiencia única. Cuando le pedimos que se explicara mejor, no quiso agregar nada, sólo que sería una gran sorpresa.

Cuando pasamos frente a un mundo con forma de queso habitado por hombres/rata, miré de soslayo a los revoltosos que habían enmudecido de pronto, sobresaltada los vi relamerse. Eso me hizo pensar seriamente que, quizás no fuera tan errada la leyenda que circulaba respecto al origen de los ronroneros. Por suerte en ese mundo no bajó ni subió ningún pasajero, así que, respiré aliviada.

Al llegar a destino y después de recomendarnos a sus amigas, Duende partió nuevamente, deseándonos un hermoso paseo y recordándonos que lo esperáramos en el mismo lugar, exactamente dentro de cinco horas siderales. Agradecida le propiné un sonoro beso en su enorme mejilla viendo con sorpresa que se ruborizaba como un niño. Mi corazoncito volvió a latir acelerado. ¡era tan dulce!

Un joven ternero/guía se ofreció a mostrarnos las bellezas del lugar que eran muchas y por cierto, muy concurridas. Había gente de todos los planetas divirtiéndose en los innumerables juegos y paseos. Todos caminaban con grandes vasos de leche galáctica en sus manos . Los niños corrían tras juguetonas estrellitas saltarinas, portando luminosos molinillos de viento.

Lucynea y Don Quejote, bailaban y saltaban moviendo sus sensuales colas de una estrella a otra y, de sólo pensar que eran más de cien mil millones, retomé la preocupación que estos dos delirantes me producían.

En una de las cantinas/estrellas, nos encontramos con Pancho Barriga, un ronronero gordo y descuidado, muy amigo de Don Quejote que se me pegó como molesta sanguijuela. Por suerte un par de miles de estrellas más adelante se perdió en una nebulosa desde la que, lo llamaba provocadora una opulenta ronronera de largas pestañas postizas.

En algunas estrellas el ternero/guía nos mostró paseantes jugando en enormes máquinas que pagaban las apuestas con quesos y yogures. En otras, bañistas de toda forma y color disfrutaban refrescarse en inmensas piscinas de leche, mientras despampanantes bellezas estelares masajeaban sus cuerpos con crema chantilly antes de exponerse a la luz de pequeñísimas estrellitas solares.

Me sentía muy agotada de correr en espiral tras mis incansables amigos, que querían curiosearlo todo, lo único que deseaba era encontrar un pequeño asteroide dónde descansar mis doloridos pies.

De pronto, ante nuestros ojos y en el núcleo de la espiral de estrellas, se presentó el ser luminoso más bello nunca visto. Era un ente de luz, rápidamente dedujimos que sería de la Galaxia de los Ángeles Infinitos, un cosmos del espacio superior del que habíamos escuchado hablar y que siempre creímos era una fantasía. Pero, allí teníamos ante nuestros ojos, a uno de esos seres en todo su magnífico esplendor. Sus ojos, rostro y sonrisa eran maravillosos.

Mis amigos temblando se abrazaron a mí y los tres fuimos acariciados por sus rayos de luz, sintiéndonos embargados de una dulzura y paz infinitas. Fue la experiencia más extraordinaria que jamás viví y lágrimas de regocijo cayeron por mis mejillas. Un instante después, el ángel se alejó batiendo sus inmensas y brillantes alas, perdiéndose entre estrellas con forma de botellitas de leche.

Lucynea y Don Quejote también tenían lágrimas en los ojos y el novillito nos miraba entre cómplice y sonriente.
Callados y emocionados por esta experiencia casi divina, volvimos a la recepción de la Vía Lactea, justo en el momento en que Duende aparcaba su hermoso colectivo y nos invitaba a subir. Rápidamente habían pasado las cinco horas siderales. Nos despedimos con fuertes besos y abrazos de las lindas vaquitas y el joven ternero, agradeciéndoles reiteradamente que nos permitieran conocer su mundo. Ellos nos obsequiaron primorosos frascos de dulce de leche como recuerdo.

Cuando mis ojos y los de Duende se encontraron, supe que mi amigo sabía de antemano la experiencia que íbamos a vivir y su cálida sonrisa me hizo quererlo aún más.

Miré a Lucynea y Don Quejote que abrazaditos se miraban a los ojos, mientras mimosa me arrimaba a mi dulce Duende para disfrutar del viaje de regreso.

La Astronauta - VI

Lucynea y Don Quejote se fueron radiantes, me abrazaron y besaron repetidas veces, agradeciendo el viaje. No pude evitar que se me escapara una lágrima después de despedirlos, al igual que cuando Duende se perdió con su colectivo entre las estrellas luego de dejarnos en el alfeizar de mi ventana, cansados pero contentos.

Había tratado de disimular mi estado de ánimo durante todo el trayecto de regreso, por suerte pude hacerlo, ya que todos descansaban mientras Duende manejaba atento a su ruta, esquivando pequeñas lluvias de meteoros o tormentas cósmicas. El hecho que las condiciones climáticas no fueran excelentes, evitó que con su perspicaz mirada intuyera que algo no andaba bien en mí.

Acomodada en su mullido costado y con los ojos cerrados fingiendo dormir, recordaba el encuentro con el Ángel. Me había impactado fuertemente y tenía la extraña premonición de que mi vida iba a cambiar a partir de ese mismo instante. Voces lejanas llegaban a mí, alterando mis pensamientos, fragmentos de imágenes que no lograba encajar en mi memoria y una opresión en el pecho inusual.

Decidí darme una buena ducha, relajarme y descansar.

Antes de recogerme en mi lecho y cómodamente ataviada con mi descolorida robe de chambre, calzada con inmensas chinelas de paño, volví a sentarme en la ventana, tratando de entender lo que me estaba ocurriendo.

La opresión en el pecho era, indudablemente, por sospechar que no volvería a ver a quien, ya había ganado un gran espacio en mi corazón, Duende. Pero, ¿cómo estaba segura que no lo vería más?, lo mismo sentí cuando mis amigos ronroneros se iban abrazaditos y a los saltos, conversando animadamente, seguramente pergeñando nuevas aventuras.

Desde mi cómodo lugar de observación, apoyada en el marco de la ventana, los pies colgando sobre el infinito, me distraje mirando el maravilloso mundo que se movía a mi alrededor. La luna Negra estaba alta en el cielo por lo que las estrellas brillaban en su máximo esplendor. Trenes, colectivos, coches, camiones y todo tipo de vehículos espaciales circulaban desplegando colorido y luminosidad. Era un espectáculo fantástico. Tras una hilera de asteroides que conformaban un colosal estadio, jugaban un partido de Fútbol el equipo de Ganímedes contra el de Titán por las finales interplanetarias; un poco mas alejados, sobre la Osa Mayor, esquiadores galácticos desplegaban su destreza, formando la grandiosa figura con sus esquíes de fibra de estrellas.

De pronto en lo más lejano del firmamento se encendió una nova, mi corazón saltó de regocijo ante tal despliegue de la naturaleza. Por un momento olvidé mis inquietudes. Era mi mundo y mi universo, el lugar que había elegido para vivir. La nueva estrella desplegó orgullosa su inédita hermosura y su luz me fue transportando a un extraño estado de gozo y somnolencia. Agotada por las emociones me retiré a mi lecho, acomodé mi cansado cuerpo y, cerrando los ojos, me dormí....

La Astronauta - VII

Parecía que recién me había dormido cuando de pronto me despertaron unos extraños ruidos, una voz en mi ventana gritaba,¡¡¡VIAJE A NUEVA NOVA!! ¡¡¡CONOZCA LA NUEVA MARAVILLA DEL UNIVERSO!!!. En ese momento unos golpes impacientes en la puerta terminaron de sacarme la modorra de una noche pesada y afiebrada, con cientos de imágenes extrañas. No tuve tiempo de procesar mis sueños, la algarabía reinante me lo impidió. Salté de la cama y corrí a abrir.

Lucynea y Don Quejote entraron como una tromba, como era su costumbre, enarbolando en sus manos los diarios matutinos. Sin respirar casi, corrí a la ventana, Luna Clara me saludó con sus cálidos rayos y pude observar el paso de un fantástico globo galáctico que efectuaba propagandas interplanetarias, llevaba colgando una cola de kilométricas letras coloridas invitando a conocer Nueva Nova, mientras un desaforado piloto vestido de Almirante Naval, gritaba por un enorme megáfono la buena nueva, nueva nova, o lo que fuera; ya me sentía mareada con tan agitado despertar.

Mientras Dulcinea preparaba un sustancioso desayuno a base de riquísimos frutos del Planeta Frutimundo, Don Quejote me leía a viva voz los titulares de más de una docena de diarios, todos coincidían en que había nacido un nuevo mundo.

Apenas pude, con gran emoción, contarles que había sido involuntaria espectadora de ese magnifico parto universal.
Desayunamos con mucho apetito, en mi caso incentivado por la alegría de ver a mis amigos después de tan nefastos pensamientos. Ellos estaban entusiasmados con la novedad y me transmitían su júbilo, pronto los escuché organizando un viaje. Sonreí al ver que habían venido ya con sus trajes, listos para partir apenas consiguiéramos en qué hacerlo. En ese mismo instante y como llamado por nuestros pensamientos, un conocido y peculiar sonido se dejó oír cruzando el espacio. ¡Era Duende! quien piloteando su hermoso colectivo interestelar se acercaba a gran velocidad. En la parte delantera un cartel anunciaba: “Duendolandia - Nueva Nova” .

Rápidamente me puse mi traje y junto con mis amigos nos paramos en el alfeizar haciendo ampulosas señas de bienvenida. Duende traía una sonrisa preciosa y su enorme cuerpo cambiaba de colores continuamente en señal de felicidad. Me sentía contenta de que no hubieran pasado más que unas pocas horas astrales desde la última vez que lo viera. Con el entusiasmo olvidé mis temores. ¡él estaba ahí, él y mis amigos! ¿todo habría sido una falsa premonición?. Una pequeña molestia en el estómago me indicó que aún persistía mi temor, algo ocurriría, lo sabía.

Mis amigos saltaron por sus propios medios dentro del vehículo, flameando sus largas colas, yo esperé a que la enorme y cálida mano de Duende me recogiera y me depositara suavemente sobre el asiento del acompañante, lo miré agradecida y noté que sus ojos eran más hermosos aún que lo que recordaba. A un movimiento de su diestra el colectivo comenzó a despegar suavemente y entre aplausos y vítores, iniciamos nuestra nueva aventura. Mientras Don Quejote, parado en el medio del pasillo en actitud desafiante, lanzaba un grito de ¡Arre Rocinante! que hizo eco en el espacio y nos trajo el sonido de lejanas epopeyas haciéndonos reír a carcajadas.

La Astronauta -VIII

Cuando iniciamos el viaje, debimos ingresar con cuidado en la vorágine del tránsito interestelar, pero a medida que nos íbamos acercando a Nueva Nova con sorpresa comenzamos a notar que cada vez había menos movimiento vehicular, hasta que quedamos completamente solos, rodeados por infinitas estrellas y mundos.

El pequeño punto luminoso que era Nueva Nova se fue agrandando en el parabrisas, hasta que comenzó a enceguecernos. Duende sacó dos preciosos pares de anteojos oscuros de la guantera y entregándome los más pequeños, procedió a colocarse los suyos. Así pudimos ir acercándonos sin dificultad, observando todo con curiosidad al ingresar en la liviana atmósfera del planeta.

Nuevamente me sentí extraña, escuchaba a lo lejos las voces de mis amigos que se habían transformado en un extraño ronroneo que no alcanzaba a descifrar. Paisajes preciosos comenzaron a desfilar ante mis ojos, altos volcanes, macizos montañosos, cascadas de maravillosos tonos tornasolados, grandes extensiones de bosques, selvas exóticas y llanuras doradas. Enormes mares cuya vista producían una extraña sensación de pequeñez y a lo lejos, sobre un verde prado cubierto de flores multicolores, una pequeña casa de techos rojos y paredes blancas, hacia la que nos dirigíamos suavemente.

Algo ocurría con mi garganta, un apretado nudo me oprimía, miraba a Duende intentando hablarle, pero no lograba articular palabra, su mirada bondadosa me acariciaba el rostro con adoración transmitiéndome toda la dulzura de su interior. Comprendí que él era mi amor, me sentí intensamente enamorada de ese dulce grandulón y cuando la luz del amor me atravesó, me desvanecí.

• Ya despierta, ya despierta – la voz se escuchó alterada.

• Le dije señora que la fiebre había disminuido y que despertaría en cualquier momento – mi corazón se agitó, esa voz, esa voz.

Abrí los ojos lentamente, sentía un terrible dolor de cabeza que no me permitía comprender con claridad que ocurría. El rostro demacrado pero feliz de mi madre fue lo primero que vi; a su lado, papá sonreía ampliamente.

• Por fin hija, por fin – Mamá tenía la costumbre de repetir siempre sus frases – Hace más de una semana que estás delirando con fiebre altísima. Estábamos muy asustados.

Lo último que recordaba era que estaba sentada junto a Duende acercándonos a esa preciosa casita, luego había perdido el conocimiento. Una lágrima se deslizó por mis mejillas al comprender dificultosamente, que todo lo vivido los últimos días había sido fruto de mi deliro. Me resistía a creerlo, había perdido mi mundo de dos lunas, mi ventana al infinito, el mágico duende que amaba y mis amigos ronroneros.

• No llores mi amor – dijo mamá – ya pasó todo, estás bien, estás con nosotros.

• Les dije que una joven de veinte años, fuerte como su hija pronto se recuperaría.

Giré la cabeza hacia el ángulo del que provenía el sonido de esa voz tan conocida; un joven alto con chaqueta de médico me miraba dulce y atento, con una enorme sonrisa en su rostro. Conmocionada aún por lo sucedido, reconocí en él los ojos de Duende, su mirada y su cálida sonrisa, mi corazón se agitó jubiloso y agradecido. Un dulce y doble ronroneo me indicó que mis gatos Lucynea y Don Quejote de la Plancha estaban acostados a un costado de mi cama. Sonreí, al fin de cuentas no era tan malo volver a casa.

FIN

María Magdalena Gabetta

Texto agregado el 30-10-2018, y leído por 1 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
01-11-2018 Bueno querida, te mandé por correo la devolución del cuento. Son apenas detalles los que hay que arreglar. Por otra parte, quedé muy asombrada por tanta imaginación...!!! Contiene pasajes únicos de una belleza absoluta. Un besote!!! MujerDiosa
01-11-2018 Si tengo que hacer una crítica, no sé, no sabría por donde empezar. Es tan particular tu cuento. En él encuentro ficción, prosa poética, poesía, una ensalada de colores, olores,sensaciones imposibles de no saborear. Tu cuento es magnífico. Besos juancarlosII
31-10-2018 Imaginación por doquier, agarra desde la primera línea, abrazos y estrellas nelsonmore
31-10-2018 —Aca estoy a las 13:30 hrs. y acabo de regresar de un viaje espacial poblado de imágenes maravillosas que con toda seguridad seran el deleite de tus sobrinos nietos. —Claro está que para disfrutarlo en su totalidad me fue necesario volver a ser niño. Gracias por este momento que me regalaron tus letras. vicenterreramarquez
31-10-2018 Bueno, entonces lo copio y más tarde te digo. Un besote!!! MujerDiosa
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