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Once upon a time... Así empiezan todos los cuentos clásicos; pero como hablo español, entonces el inicio de la historia que les voy a contar, debe ser: Érase una vez... (sí, me gusta más de esta manera). La anécdota que pretendo compartirles es muy sencilla, aunque tiene ciertos inconvenientes de forma (quizás también de fondo), que aún no encuentro cómo solucionar. Trataré de ir despacio mientras les cuento, para ir salvando de a poco, los obstáculos que todavía tiene esta historia.
Érase una vez un hombre viejo, viejo y flaco, tan viejo y flaco que más bien era un saco de huesos y pellejo arrugado. Siempre había sido magro de carnes, pero en los últimos tiempos más, porque su único hijo hacía más de un año que no le enviaba el dinero acostumbrado, para mantenerse. Él, siempre había sido muy trabajador, sólo que con la edad las fuerzas menguan y llega un momento en que vivir es casi un sufrimiento. Gente bondadosa le brindaba de vez en cuando un plato de comida, pero en realidad con sus setenta y cinco años encima y mal comido, no era más que un pobre diablo, un muerto de hambre más que se consumía día con día. (Hasta aquí la narración más o menos fluye, no es tan difícil describir a un hombre viejo y pobre, mendigando un pan; aunque duele).
El viejo se moría de hambre; estaba tan débil, que llegó el día en que ya no tuvo fuerzas suficientes para levantarse del camastro, de luchar por vivir, de salir a calentarse al sol (los momentos preparatorios de lo que va a pasar en un cuento, siempre me han costado trabajo; encontrar el tono adecuado, las palabras justas y el efecto deseado para entrar de lleno en la anécdota, a veces me sobrepasan).
Como dije, el viejo se moría de hambre y estaba exhausto. No podía más, ni con su cuerpo ni con su alma (¿qué se necesita para tocar fondo, para parecer más una alimaña rastrera que un hombre?). Harto de sus penas, tomó una decisión desesperada: comerse a sí mismo. A pesar de todo, el instinto de conservación prevalecía. (Esto de comerse a sí mismo, parecería una mentira kilométrica, si no supiéramos a lo que puede llegar un hombre desesperado, atrapado en una de las peores ignominias: el hambre). Poseía una dentadura postiza casi nueva, que había podido adquirir tiempo antes de su actual miseria, así que masticar no significaría un gran problema (Este dato, casi olvido de contarlo, lo que hubiera sido imperdonable, ya que los dientes de este hombre forman parte importante del relato).
Para empezar, se zampó la mano izquierda completa; los deditos los saboreó golosamente, estaban deliciosos (¡guácala de humano!, cuando el hambre es canija, cómo cambian los gustos culinarios). Se sintió lleno, satisfecho con aquel festín inesperado de su propio cuerpo y eso que la mano estaba en pellejos.
Al siguiente día, el banquete fue el antebrazo izquierdo y al tercero, el mismo brazo hasta el hombro. (Puestos en el plan de no morirse de hambre, el viejo lo estaba haciendo muy bien; aunque ustedes pensarán que cómo el viejo no se desangraba por la muñeca cortada o el codo cercenado. No se fijen demasiado en esas trivialidades, son problemas de fondo del relato, los cuáles no he sabido resolver y doy por sentado que el hombre sigue postrado en la cama, vivito y coleando a pesar de sus degustaciones).
El paso siguiente lo pensó muy bien y se decidió por la pierna izquierda: pie, pantorrilla. muslo, una trilogía casi perfecta, que lo fue llevando de la tristeza desamparada del hambre a una sonrisa beatífica y satisfecha, casi angelical. Siguió sus festines con la pierna derecha y el brazo derecho, el bajo vientre con sus intestinos atascados de mierda; el estómago, el tórax y el cuello (cada parte comida suscitaba en el hombre una especie de euforia; hasta llegó a sentirse feliz de estar comiéndose a sí mismo. Ya sé que para estas alturas del texto ustedes no me creen nada de lo que les cuento, piensan que es una mentira, que ofendo su inteligencia platicándoles de este viejo auto caníbal. ¿Cómo sin estómago ni intestinos iba a poder digerir todo lo que se estaba tragando? ¡Créanme por favor!, el hambre logra cosas inverosímiles, casi imposibles).
Cuando el viejo se halló en la situación de ser solamente una cabeza, comprendió que su fin estaba cerca. Ahora el hambre era insaciable y ya no le quedaba para comer, mas que el propio rostro y el cerebro. La dentadura postiza estaba convertida en un monstruo voraz, devorador de pellejos con hueso; luego de una última cena, la dentadura monda y lironda quedaría sola, a merced de cualquiera. En un esfuerzo supremo, la cabeza, dando brinquitos, salió a la calle (¿con qué fin? ¿pedir ayuda? ¿comerse a alguien más? Esto tampoco lo he podido dilucidar). Lo bueno es que era de noche y nadie vio a aquella cabeza brincadora detenerse en medio de la banqueta. El viejo que ya no era viejo, sino cabeza voraz, se comió en un santiamén el rostro y los sesos (otra vez: ¡guácala de humano!) del cerebro. Y ahí se quedó la dentadura, sola, mustia, indefensa. (Toda esta última parte del cuento no termina de gustarme, ni yo me creo eso de una dentadura postiza, tragona; ni la muerte del viejo por ingestión propia).
La dentadura quedó abandonada a media banqueta.
Al día siguiente, mientras caminaba paso a pasito hacia la iglesia para rezar el rosario, una vieja, más vieja quizás que Matusalén, encontró la dentadura; la vio tan limpia y bien hecha, que no dudó en llevársela a su casa y darle una lavadita. La vieja ya no tenía dientes, así que se puso la dentadura, la cual le vino como anillo al dedo. Resultaba extraño que le hubiera amoldado tan bien. Cierto temor, inquietud o algo de eso debió intuir la mujer, pero no hizo nada o no quiso hacerlo. Más bien aceptó que la dentadura era un regalo del cielo (¡del infierno, diría yo!, y ella no lo sabía).
Desde hacía muchos años, la vieja también estaba sola, no tenía perro ni gato que le ladrara o maullara. Sucedió entonces que, un par de meses más tarde, mientras día tras día la vieja se iba quedando en la vil miseria, sin nada que comer y sin alguna explicación posible, comprendió que debía hacer algo urgente para no morirse de hambre; fue entonces, cuando le entró la idea de comerse a sí misma... (el cuento hasta aquí, ya basta de tantas sandeces y barbaridades. Afortunadamente todo llega a su fin. Esta historia que empezó con un “Érase una vez...”, debe terminar también con una frase especial; así que: “colorín, colorado, este cuento tan endeble (snif, snif) se ha terminado”.

Texto agregado el 13-11-2018, y leído por 1 visitantes. (15 votos)


Lectores Opinan
15-11-2018 Ayayay, qué rato de terror, Mario. Casi no llego al final. Daiana
14-11-2018 Ay.. me dio una cosilla en la boca del estómago con las descripciones.. está muy bueno! sheisan
14-11-2018 Es un cuento fantástico, que hay que acortar descripciones e interrupciones del autor. Dale te quedara súper. Abrazo. sendero
14-11-2018 El cuento es bueno y muy interesante ***** grilo
13-11-2018 Impresionante. Marcelo_Arrizabalaga
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