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No era fácil vivir en ese caserío sureño contra el mar. Nunca llegó a ser el pueblo que un grupo de audaces programó erigir en esa patagonia indómita dónde el viento acama despiadado los matojos de hierbas secas, desperdigados aquí y allá sobre la tierra arenosa. Portaban la quimérica ilusión de fundar lo que sería un puerto productivo y pujante.

Todo había quedado en un sueño y en un viejo muelle dónde se mecían un par de barcas descoloridas y oxidadas por el salitre y el viento.

El viento y el polvo con restos de sal marina que se metía en los ojos y en el alma eran una constante, como el graznar de las gaviotas, únicas aves que se aventuraban en esas playas frías y riscosas.

Los pocos pobladores se movían en el marco de un paisaje que no cambiaba ni en verano ni en invierno, siempre igual; un poco más o menos helado, pero igual. Las matas que promediando octubre asomaban con un verde brillante, en menos que canta un gallo tomaban el color marrón que las caracterizaba, fruto de la inclemencia del clima.

Así, duro como el clima, así era el ánimo de los que aún se atrevían a vivir en ese lugar que, alguna vez soñaron sería un fructífero puerto de pescadores. Nada de eso había ocurrido. La mayoría había retornado a sus lugares de orígenes o habían buscado otros rumbos, hartos de vivir azotados por el viento sin vislumbrar ningún futuro. Otros habían muerto y sus huesos continuaron resquebrajándose en esa tierra, como antes se habían resquebrajado sus vidas.

En una de esas viviendas, de lejos la más humilde entre las humildes, una anciana con las espaldas dobladas por el cansancio, preparaba, en una ennegrecida cocina a leña, el almuerzo para ella y su hijo sesentón. Sus pocas vecinas, mal o bien, tenían cocinas a kerosén compradas hacía años a un buhonero que por ese entonces visitaba el lugar. Así había visto la alegría de sus vecinas cuando una tras otra iban recibiendo la preciosa cocina, menos ella. A pesar de sus reclamos no había logrado que su marido la escuchara y después, cuando él murió, el dinero apenas alcanzaba para subsistir.

Si bien le hubiera gustado tener esa comodidad, la realidad que le tocaba vivir le decía que no hubiese podido comprar el combustible. Todas las mañanas, caminaba dos kilómetros acarreando una vieja carretilla hasta unos depósitos abandonados de lo que había sido una incipiente y próspera compañía pesquera, y ahora era su lugar de provisión de maderas.

Ayudada por una pequeña hacha y un cortafierros, arrancaba de pisos y aberturas con adquirida destreza, esas maderas que eran el único combustible para la cocina y para la estufa de hierro de su hogar.

Con desesperanza esa mañana había comprobado que ya era muy poco lo que quedaba, ese invierno ya no habría dónde proveerse, quedaban tan sólo las estructuras de chapas como el cascarón vacío de un huevo. El círculo se cerraba.

Antes, cuando el marido vivía, nunca les faltó la leña, la traían desde la cordillera, pero ya hacía años que no aparecía “el leñero”, como le decían al proveedor que se aventuraba por esos lares en un destartalado camión; con seguridad ya habría muerto. Ahora venía un camión que transportaba el preciado kerosén que utilizaba el resto de los pobladores. La vieja lamentaba no haberle exigido más a su esposo la compra de una de esas cocinas, ahora ya no valía la pena que se preocupara por eso, aunque sentía rabia por la dureza de la vida que le tocó en suerte y, encima de todos los males, ese hijo.

La única ventaja era que no había más familia que atender, sólo ese guiñapo humano que tenía como hijo, ni tampoco había ilusiones de una nueva vida, ya el tiempo de ilusiones se había agotado. Eran prisioneros del pueblo y del viento, con el único fin de sobrevivir como pudieran.

Fuera de toda lógica, el pueblo tenía unos generadores que lo proveían de energía eléctrica, un adelanto que se había logrado después que un aspirante a diputado pasó haciendo campaña, cuando aún existía la compañía pesquera y prometió futuro para todos. Los generadores fue lo único que llegó y el flamante diputado olvidó las otras promesas; un hospital, una escuela mejor, una biblioteca. Nada de eso apareció. En realidad la escuela ya no hacía falta, los pocos que quedaban eran en su mayoría viejos; hacía rato que la mujer no escuchaba risas de niños en las calles.

La vieja no prendía la luz de día ni de noche, el único lujo que se permitía era la radio, su única compañía. Pero la radio que había sido un regalo del marido, un obsequio inesperado y que había pasado a ser lo más importante en su vida, había callado para siempre la semana anterior y por más que la revisó, toqueteó y hasta le imploró, había enmudecido dejándola inmersa en un silencio que amenazaba con enloquecerla. Ahora el silbido del viento era lo único que escuchaba.

Esa mañana la anciana estaba más cansada que otros días, reconocía las señales inequívocas de que se iba acercando al final de sus pesares y eso la colmaba de una tranquilidad inusitada; se sentía capaz de tomar decisiones que jamás se habría animado a tomar si las circunstancias fueran otras, pero la verdad era que su vida había sido una continuidad de desatinos y miseria.

No recordaba ya la cantidad de años que hacía que vivía sola con su idiota y repulsivo hijo, tras la muerte de un esposo que había dejado su juventud y su vida trabajando en las duras barcas pesqueras, recorriendo sin descanso el bravío mar sureño.

De ese esposo, sólo quedó una magra jubilación con la cual sobrevivió apenas todos esos años, manteniendo además a ese hijo que ahora también se había convertido en un viejo, pero un viejo inmenso, casi ahogado por su propia grasa, que vegetaba como un ente y ni siquiera era capaz de sostener una conversación coherente por dos minutos. Un idiota, eso era, un enfermo de idiotez que la vieja detestaba por ser la imagen de su vida miserable.

Una lacra humana, a quien sólo interesaba digerir la comida grasosa que la vieja preparaba en ahumadas ollas de peltre para luego echarse a dormir durante horas interminables, hasta despertar y volver a sentarse en la mesa reclamando una nueva ración de lo que fuera que la anciana, intoxicada por el humo de la cocina, hubiera logrado guisar. Comer y dormir, dormir y comer.

Sabía que de caer enferma, ese hijo no la podría cuidar y también sabía que, de faltar ella, él se encontraría perdido en su mundo completamente ajeno al real, recluido en su cómoda idiotez. Nunca había existido, de su parte, la menor muestra de afecto o reconocimiento hacia esa mujer que le había dado la vida y sospechaba que ni siquiera la reconocía como su madre. Tampoco ella jamás tuvo un gesto de afecto hacia él, sólo cuidarlo y alimentarlo, como una obligación, era parte del castigo de su vida.

La decisión ya la había tomado hacía tiempo, quizás cuando otros pescadores trajeron el cuerpo sin vida de quien fuera su esposo o quizás cuando la radio calló. La decisión estaba tomada y ahora era el momento adecuado, Dios le había provisto la herramienta.

Mientras terminaba de cocinar la pobre vianda y llamaba a su hijo a la mesa para que almorzaran juntos, se convenció a si misma que nunca podría haber dado mejor uso al veneno para ratas que encontró en un rincón de los abandonados galpones.

María Magdalena Gabetta

Texto agregado el 22-11-2018, y leído por 1 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
23-11-2018 Senti melancolía no sé por qué.. Abrazotes querida Magda. Kahedi
23-11-2018 ¡Extraordinario cuento, nos haces sentir la patagonia, y a esos personajes! martilu
22-11-2018 Narrativa hermosa, con un deje de rabia que causa el desaliento. Muy buena historia. sigfrido
22-11-2018 Me gustaron muy mucho las descripciones del lugar y bueno, flojos hay en todos lados. Gran parte de la culpa es de la madre, por mal acostumbrarío y cebarlo ***** grilo
22-11-2018 —Patagonia y viento inmersos en tus letras me traen a la memoria situaciones que alguna vez ya lejana vivi de cerca. —Un gran cuento que relata lo duro de la vida en esos parajes inhóspitos de caletas olvidadas. vicenterreramarquez
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