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EL DISONANTE

Sólo una vez más, esa era la consigna, dijimos frente al viejo teatro, ahora reducido a escombros, una mañana en que la cruda verdad se declaró como única vencedora. No recuerdo cuando tiempo pasó desde aquel postrimero concierto, de los abrazos interminables, de la emoción contenida, de aquellos acordes resonando en nuestras almas como campanas de cristal. Y ahora, que estoy en este mismo lugar, escribiendo estas líneas, miro hacia los restos del teatro que sólo mis ojos de antaño lo pueden ver, salvando del olvido un tramo de tiempo contenido en los despojos de esa gloriosa letra T que yace en el piso. Ahora, que estoy en esta misma mesa, donde antes servían cafés para cuatro, una extraña fuerza me ha traído involuntariamente, como por arte de magia, y me sentó otra vez en el bar.
Solíamos ser una unidad en la diversidad, un conjunto de voluntades dirigidas hacia un mismo fin: nuestro cuarteto de cuerdas. Era más lo que nos unía que lo que nos separaba. Si hubiese una máquina que fotografiase nuestros recuerdos, era casi seguro que los cuatro teníamos la misma película grabada en nuestras mentes. La diferencia estaría en el ángulo de enfoque: si de costado o de frente al público.
Poseíamos visiones distintas de la vida, claro está; pero esas diferencias estaban supeditadas al rol que cada uno cumplía dentro del cuarteto. Estaba el que dirigía e imponía su visión de una obra, y estaban aquellos que sólo se limitaban a aceptar las propuestas y resignar así su individualismo a favor del grupo, del todo. Y así resultó por muchos años, hasta que un día, la realidad golpeó a nuestra puerta y sin querer se llevó la magia de la música a otra parte, y con ella, un largo sueño del que no queríamos despertar. Ese día había sido nuestro último concierto, el de la despedida, después de más de treinta años de tocar juntos, después de más de treinta años compartiéndolo todo, o casi todo. Y fue, este teatro, el testigo de aquel adiós; y fue, sin quererlo, su propia despedida, y con ella, un pedazo de nuestra historia.
Frecuentábamos este mismo bar en los intervalos de nuestros ensayos, a mitad de la mañana. El primero en hacerse presente era el viejo Geier, el que tocaba la viola. Ni bien guardaba el instrumento en el estuche, cuando terminaba la prueba, ya desaparecía de la sala de ensayo y se sentaba enfrente de esta silla, junto a la ventana, con vista hacia la puerta del teatro. Lo nombrábamos de esa manera ya en los comienzos de nuestro cuarteto, porque era sensiblemente mayor al resto del grupo. De origen austriaco, había vivido en el sur del Brasil y por motivos que nunca comprendimos, aterrizó un buen día por el Río de la Plata. Cuando el resto del cuarteto, Simón, el primer violín, Francesco el violonchelo, y yo, el segundo violín, nos hacíamos presentes en la mesa del bar, el viejo Geier ya estaba terminando su café y preparándose para volver al ensayo, dominado por una conducta ancestral, una voz interior en forma de reloj que lo guiaba a todas partes.
Las conversaciones giraban siempre sobre los mismos temas: la condición de judío de Simón y la de austriaco de Geier y de lo bien que se llevaban entre sí, salvo esporádicos momentos, cuando afloraba el antisemitismo del viejo y el judaísmo de Simón. El cuarteto era una consecuencia de la guerra: dos de sus cuatro integrantes habían huido de Europa un poco antes del estallido del conflicto y quizás, gracias a eso, ahora estaban acá haciendo música juntos. El otro, Francesco, más reservado en sus comentarios, siempre nos recordaba que él sí vivió la guerra en persona, el hambre y la miseria, cuando todavía era un niño en Italia; pero de eso nunca quería hablar, a eso le escapaba siempre que podía.
Cuando Simón y el viejo Geier discutían amablemente, lo hacían en alemán; en esos momentos Francesco se sumía en la lectura del “Corriere” y yo me iba al mostrador hasta que se les pasaba la bronca y empezaban a conversar en un español que sólo ellos comprendían.
De Europa trajeron la tradición y la escuela; yo tuve la suerte de aprender junto a ellos que la música no era sólo el talento, sino la disciplina y el trabajo. Nunca me cuestioné ser el segundo violín; Simón había estudiado en Rusia y estaba preparado para ser el primer violín y además, era judío, llevaba el violín en la sangre.
En los inicios del cuarteto, treinta años atrás, un choque de culturas se producía en cada ensayo. El excesivo protagonismo de Simón, contrastaba con el bajo perfil de Francesco; y la férrea disciplina del viejo Geier chocaba con mi improvisada costumbre de ser latinoamericano. Geier, llegaba a la sala de ensayo minutos antes del comienzo, preparaba su instrumento y ponía su música en el atril, y cuando el resto se aparecía por el teatro, él ya estaba rezongando en alemán sobre nuestra impuntualidad. Francesco le contestaba en italiano, con alguna palabra indescifrable, en un dialecto de su pueblo natal de Italia. No sabíamos su significado, pero lo suponíamos. Aprendimos a usarla en todo momento, sobre todo en las pruebas, cuando alguno cometía un error grosero de la ejecución.
El tiempo fue limando las asperezas. Simón comprendió, que además de su violín, un cuarteto estaba formado por otros instrumentos que interactuaban entre sí con armonía y devoción. Geier, por su parte, se fue convenciendo que ya no vivía en Austria, y su rigidez se fue tornando cada vez más flexible, a tal punto, que hasta él mismo estaba fuera de hora en los ensayos y en los conciertos y ya parecía no importarle demasiado. Francesco, con los años, también se fue amoldando a la vida social y grupal, y comenzó a hablar y a opinar en los ensayos, y hubo momentos, incluso, que lo vimos sonreír.
La vida privada era para todos nosotros, precisamente eso: privada. A nadie se le ocurría hacer un comentario al respecto, sobre los demás. Francesco, creíamos, que sencillamente no la tenía. Vivía sólo, con alguna mascota de turno, y siempre estaba de mal humor, obsesionado con el sonido de sus violonchelos, a los que arreglaba y probaba en cada ensayo. Poseía distintos instrumentos que tocaba según el estilo de la obra. Tenía uno antiguo que lo usaba siempre en obras barrocas; para esas ocasiones venía en taxi y cuidaba al violonchelo como si fuera su hijo. Iba de su casa al teatro y del teatro a su casa, constantemente con las mismas ropas, viejas y desgastadas como el estuche de su violonchelo. Sus conceptos sobre la mujer siempre estaban cargados de rencor y desprecio. Llegamos a pensar, en alguna ocasión, que si él tenía una mujer, ésta habitaría en el jardín de su casa, pero enterrada.
Cuando nos íbamos de gira por el interior, llevaba una sola camisa blanca que al final de la travesía quedaba negra y el itinerario lo continuábamos todos con camisa negra, que siempre llevábamos por las dudas; conociendo a Francesco, todo era posible. Lo que más cuidaba de su vida era el dinero; lo guardaba celosamente en el cofre de un banco, porque desconfiaba de todo. Vivía miserablemente, como si la guerra no hubiese acabado.
Simón era lo contrario, su vida privada estaba a la vista de todos y ocurría después de los conciertos y siempre con una mujer distinta, sobre todo en los viajes. Algunas de estas mujeres ya las conocíamos, las veíamos en períodos regulares, según el itinerario de nuestras giras; sus caras estaban asociadas con los lugares que visitábamos, de manera tal, que ya sabíamos con quién se iba a encontrar Simón en el hall de los teatros, a la salida de los conciertos. Eso sí, con el tiempo se ponían más viejas y como Simón se conservaba joven, parecían ser sus tías. Una vez, Simón nos confesó que no recordaba con quién tenía que encontrarse a la salida de un recital. Tuvimos que hacer memoria nosotros y recordarle que ese día no se tenía que encontrar con ninguna, porque la de ese pueblo se había muerto el año anterior.
De Geier no podíamos decir nada, estaba casado con la misma mujer desde hacía casi treinta años. Como no tenían hijos, la vida de esta mujer estaba supeditada a la de Geier. La conoció en una de nuestras primeras giras por el exterior. Era de origen alemán, había nacido en el Paraguay, curiosamente muy parecida a él: regordeta y con la cara redonda y roja como un tomate. Opinaba de todo, hasta se inmiscuía de los asuntos del cuarteto. Cuando Geier tenía algo importante que comunicarnos, era ella la que hablaba por él. Una vez, el viejo sugirió la posibilidad de que su mujer viniese a una gira del cuarteto. Esa fue una de las pocas veces que Francesco abrió la boca para gritar y decir: ¡no!
La elección del repertorio significaba una dura y ardua negociación, donde estaban en juego intereses, gustos musicales, y hasta cierto orgullo y nacionalismo. Geier prefería a los clásicos, Mozart y Haydn, mientras que Simón optaba siempre por los románticos, y si eran eslavos, mejor. A Francesco le gustaban los más complicados, así tenía mucho tiempo ocupado en preparar la obra; generalmente la sabía de memoria. A mí me gustaban los más fáciles, los que menos trabajo nos demandara su preparación, sin importar estilo y época. Las giras y los programas los arreglábamos en el bar. Las discusiones eran a veces tan acaloradas, que hasta el acomodador del teatro, cuando venía por el bar, opinaba como un integrante más. “¿No les parece que deberían tocar el “Bisonante?, nos dijo Manolo, el acomodador, una vez, tomado café en nuestra mesa, haciendo referencia al cuarteto “Disonante” de Mozart. Siempre le corregíamos el nombre de ese cuarteto que curiosamente le gustaba tanto a Manolo. Cuando programábamos el “Disonante”, Manolo, después de ubicar a los oyentes en sus sillas respectivas, se guardaba un lugar en primera fila, se sentaba y cerraba los ojos.
Ahora que estoy en esta misma mesa, mirando a la ignorante topadora llevarse los escombros del teatro hacia el olvido, los recuerdos de nuestro último concierto parecen surgir de entre las piedras, poniéndolas unas junto a la otras, como edificando las armonías de una bella música que vibra eternamente sobre sus paredes.
Los acontecimientos de aquella tarde fueron la consecuencia de un largo proceso que comenzó un año atrás y tenía como protagonista principal al viejo Geier; mejor dicho, a los problemas de salud que había empezado a experimentar Geier debido a su avanzada edad.
La primera vez que tuvo un episodio de su enfermedad fue durante un ensayo de la mañana, en este mismo teatro, mientras ejecutábamos un cuarteto de Beethoven del opus dieciocho. En un momento dado, notamos que Geier sufría una casi imperceptible perdida de conocimiento. Quedaba como en blanco y dejaba de tocar por unos instantes. Si el momento coincidía con un solo de la viola, se producía un silencio breve, pero notorio para quién conoce la partitura. Luego retornaba a la normalidad, sin recordar nada de lo sucedido y seguía tocando. A veces, después de tener un incidente de esos, comentábamos en el bar los pormenores del ensayo como si nada hubiese pasado. Geier preguntaba por su solo y le contestábamos con un ademán de nuestras cabezas, que había estado muy bien.
Teníamos la teoría de que su enfermedad era psicosomática, porque los episodios coincidían con la realización de algún pasaje difícil de la viola. Hasta llegamos a pensar que nos estaba tomando el pelo, y que se estaba saliendo con la suya para evitar tocar sus solos, pero una conversación con la mujer de Geier, una mañana que el viejo faltó al ensayo, fue suficiente para comprender que Geier estaba enfermo. La paraguaya nos contó con lujo de detalle, situaciones similares acontecidas con el viejo dentro de su casa. La que más recuerdo es que en una oportunidad el viejo estaba en su casa y le preguntó a su mujer ¿quién era ella?, porque no la recordaba. La decisión de terminar con el cuarteto la tomamos ese mismo día, con lágrimas en los ojos, junto a esta mujer que era la réplica femenina del viejo, pero sin las pérdidas de conocimiento. Daríamos un último concierto, el de la despedida y tocaríamos lo mismo que fue ejecutado el día del estreno de nuestro cuarteto treinta años atrás y a pedido de Manolo: Mozart, el “Disonante” y Beethoven un cuarteto de opus dieciocho.
A Geier no le dijimos la verdad, pero parecía comprender lo que estaba sucediendo a su alrededor, salvo cuando tocaba la viola. Tuvimos que realizar más pruebas que de costumbre para poder llevar a cabo este concierto. Cuanto más ensayábamos, más se agudizaba la enfermedad del viejo; los episodios se hacían más seguidos y de mayor duración. Hubo un ensayo en que un ataque le duró casi la totalidad del movimiento lento del cuarteto de Mozart, que pasó a ser literalmente un trío de Mozart, ya que a la viola no se la escuchó en ningún momento.
La fecha del concierto se acercaba, amenazante, como esas tormentas que se ven venir a lo lejos en el campo. Los ensayos los hacíamos diariamente, y en los momentos en que a Geier no le aparecían sus episodios. Para aprovechar el tiempo, cuando al viejo le estaba por venir un ataque, lo dejábamos en el camarín “descansando” y nos íbamos al bar a tomar nuestro café. Para las pruebas teníamos resuelto el tema de Geier, pero para el concierto, no sabíamos qué estrategia utilizar en caso de un incidente del viejo. Lo único que teníamos preparado ante una grave emergencia era un trío de Beethoven donde yo tocaría la viola.
Y así, como pudimos, llegamos al día del concierto. Nos encontramos a la tarde, para hacer el ensayo general. Francesco se apareció con su camisa de siempre, arrugada pero blanca, como una sábana (¿habría dormido con ella?). Simón estaba preocupado porque ese día venían todas sus mujeres, y no sabía con cual quedarse. Geier se presentó del brazo de su mujer, que no se le despegaba en ningún momento, como si recién se hubiese casado. Armamos los atriles y colocamos la música en ellos, todos con los ojos puestos en el viejo. Estaba bien, lúcido y feliz de tocar una vez más con el cuarteto. Francesco, quien era portador de una gran memoria, se había estudiado los solos de la viola por si Geier no los tocaba, para que no se generase un vacío en el discurso musical.
Llegó la hora del recital. La sala estaba repleta de nuestros seguidores incondicionales de treinta años, que no querían perderse nuestro último concierto. Manolo se apareció y se sentó en la primera fila, listo para meditar con el “Disonante”. La mitad de la sala eran señoras muy elegantes, que seguramente fueron en algún momento y en algún pueblo perdido del interior, amantes de Simón. Se había creado una gran expectativa y se podían divisar algunas personalidades y críticos cuyas caras nos eran conocidas.
Cada uno tenía su camarín propio y adaptado a sus necesidades. El de Simón tenía un sofá cama, por cualquier eventualidad; el del viejo era impecable, todo estaba en su sitio, incluida una foto de su mujer abrazándolo como si ella fuera su dueña; y al de Francesco no se podía entrar del mal olor y el desorden.
Después de vestirnos con las ropas de concierto deambulamos por el escenario, haciendo tiempo, en espera del comienzo del espectáculo. Pero algo faltaba y ¡era el viejo! Nos dirigimos al camarín; estaba sentado, quieto como una efigie, con el frac correctamente planchado. Lo sacudimos para que reaccionara pero nada sucedía; faltaban cinco minutos para el concierto. Lo volvimos a sacudir sin respuesta ninguna; tenía la viola en sus brazos, como pronto para salir a tocar. ¿Qué hacemos, decían nuestras miradas? ¿Tocaríamos el trío de Beethoven hasta que se le pase el ataque? ¿Empezaríamos más tarde el concierto? ¿Y si lo sentamos y tocamos hasta que se le pase el episodio? Las ideas surgían una tras otra, como burbujas en un estanque de agua podrida. Francesco le tomó el pulso (algo sabía de medicina) “No tiene”, dijo asombrado.”Nunca lo tuvo” replicó Simón, la cara dura, los ojos desorbitados. “Este no es momento para pelearnos, tomemos una decisión”, dije yo.
Después de deliberar por unos minutos llegamos a la conclusión, que lo mejor era retrazar unos minutos el concierto, afirmar a Geier en su silla con el telón bajo y cuando “despertara”, subir el lienzo y aparecer los cuatro sentados prontos para dar comienzo al cuarteto de Mozart. Fue lo que hicimos, levantamos al viejo con silla y todo, como si fuera un muñeco, y lo sentamos en la sala con la viola en el hombro y tratamos de despertarlo usando toda nuestra imaginación(le insinuamos, bajito sobre sus oídos, que teníamos el cheque del concierto). Pero no lo hizo y el telón se abrió por un error del encargado del teatro. La sala estaba hasta el tope de su capacidad, el murmullo desapareció de repente, como si alguien lo hubiese bajado con una consola de sonido. Manolo ya comenzaba a cerrar sus ojos esperando los primeros acordes del “Disonante”. La luz de sala se esfumaba como en un lejano atardecer, arrastrando las siluetas del público hacia la oscuridad. Nos miramos entre sí y luego los ojos reposaron sobre el cuerpo regordete de Geier que seguía duro como una estatua. Las miradas eran tan intensas que parecía que atravesaban la piel de Geier. Francesco le hizo una seña al señor del teatro para que bajara la luz que iluminaba a la viola, para disimular que estaba duro. Los segundos corrían, el silencio y la oscuridad de la sala era total.
Pero algo extraño sucedió: Francesco tomó una decisión por primera vez en su vida y comenzó a tocar (el violoncelo empezaba solo) y Geier de pronto despertó de su largo sueño en el segundo compás y entró, y luego seguimos todos como si nada hubiese sucedido. Manolo desde la platea se olvidó que era acomodador y flotaba en la sala con los primeros acordes. Mozart se había hecho presente en el teatro y parecía guiar la mano de Geier en lo que había sido nuestra mejor versión de ese cuarteto. Después de los aplausos, al final de Mozart, Geier se sentó y desapareció literalmente, porque ya no pudo tocar una nota más.
Simón parecía feliz de no tener que lidiar con Geier y no le importó que tocásemos Beethoven sin la viola. Por momentos, creíamos que el viejo se despertaba y movía sus gruesos brazos, pero era una ilusión óptica, un juego de las sombras. El cuarteto de Beethoven sonó un poco extraño sin la viola, pero nadie lo notó. El problema era cómo haríamos para saludar sin que la viola se pudiese parar. La solución la dieron unos oportunos manotazos míos para atajar a Simón cuando insinuaba pararse sobre el escenario ni bien terminó el último movimiento de Beethoven.
Después de saludar sentados y cuando ya no se escuchaba ningún resto de aplauso, bajaron el telón; nos dirigimos hacia Geier para socorrerlo, pero ya era tarde. Llamamos a un médico temiendo el peor de los desenlaces. Esperamos un rato sentados en la sala. Una ambulancia se lo llevó por la puerta de atrás junto con su mujer y su estuche. Luego nos retiramos en silencio hacia los camarines. En el brindis la gente preguntaba por Geier; les dijimos que se sentía mal y por eso se había ido. Lo más singular fue que todos los comentarios más elogiosos fueron para la viola. ”Qué hermoso sonido” escuché que alguien decía del viejo. Otras personas comentaban que era una lástima que fuese el “último concierto”, porque “salió tan bonito”. Simón, que estaba a sus anchas, rodeado de sus mujeres, no se pudo decidir por ninguna y para evitar una escena de celos entre ellas, se fue solo, por la puerta de atrás, sin que nadie lo notase. Al poco tiempo, ya no quedaba nadie en el recinto, solo algunas copas vacías apoyadas en cualquier lado y restos de servilletas sobre el piso, como copos de nieve. Más tarde nos enteramos, que Geier había fallecido y que según la autopsia, el viejo había muerto antes de tocar el cuarteto de Mozart, y nosotros decíamos que eso era imposible, que era un error. El médico mantenía sus dichos en nombre de la ciencia. La paraguaya, desconsolada junto al féretro, y como ausente, escuchaba al médico sus explicaciones sin entender nada de lo que hablábamos.
Al rato la sala del velatorio se llenó de la misma gente que fue al concierto pero sin saber que el velorio había comenzado mucho antes, en pleno concierto. Nosotros nos fuimos sin comprender cómo había hecho Geier para tocar muerto. Esa respuesta la supe mucho después.
Pasó un largo tiempo desde ese día y a ellos no los vi más. Supe que Simón por fin se decidió por una de sus mujeres (la más fea) y se fue a vivir al interior pero la rutina lo mató de aburrimiento. De Francesco sé que se pasó todo el tiempo tocando el violonchelo en su casa y murió repentinamente caminando por la calle mientras llevaba a arreglar uno de sus violonchelos.
Y ahora, una extraña fuerza me trajo hasta este lugar; yo quería investigar de qué se trataba. Decían que había ruidos y hasta fantasmas que alejaban a las personas que trabajaban en la demolición, haciendo imposible su trabajo. Luego de buscar infructuosamente al mozo para pagarle mi café, crucé al teatro. Un cerco de madera revestido de frívola publicidad rodeaba al teatro como un ajustado cinturón. Me metí por una especie de puerta que se formaba entre dos tablones. El polvo flotaba como una densa neblina, apenas podía reconocer lo que antaño había sido el hall de entrada. De pronto siento una voz de ultratumba que me llama desde los restos de lo que fue la sala de conciertos. Entre tinieblas, un sonido reconocible se filtraba desde el escenario, como la música de una vieja radio.
-Apresúrese, que están los muchachos esperándolo, dijo una voz detrás de una linterna que bailaba en la oscuridad como una ligera luciérnaga. Ud. siempre es el último.
-¿Hace mucho que esperan?
-Si, me dijo Manolo. Hace mucho tiempo, quizás desde siempre. El primero en llegar fue Geier.

GABRIEL FALCONI











Texto agregado el 27-11-2018, y leído por 13 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
16-10-2019 Melancolía, añoranza cincelada con buenas descripciones. Tejera
 
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