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Deposité mis gafas sobre la mesa y me quedé pensando.
No era la primera vez que buscaba el significado etimológico de una palabra. Pero algo resonó en mi interior en esta oportunidad. No sabía explicarlo, aunque presentía que se trataba de algo ya vivido.
La palabra era sapenco. Jamás la había oído, y al principio la asocié a un significado distinto al que tiene. Me sonaba a sopenco, nunca pensé que sapenco era un caracol.
Detuve la lectura de aquel libro y comencé a pensar por qué sentía esa seguridad de ya haber pasado por una situación idéntica ¿A qué se debía esa sensación? ¿Por qué el hecho de descubrir el significado de aquella palabra me provocaba cierta inquietud?

Más tarde, mientras merendábamos en el jardín, le comenté a mi esposa lo acontecido.
Ella sonrió y me recordó un sueño que yo había tenido tiempo atrás, en donde era un agricultor francés, que criaba caracoles para vender a los restaurantes. Solamente le había contado una parte del sueño a mi mujer, y enseguida vinieron a mí varias imágenes que deseaba olvidar: algunos caracoles reptaban por mi cuerpo mientras yo permanecía inmóvil debido al asco que sentía.
Es sabido que los sueños contienen algo de nuestro deseo inconsciente, así que al día siguiente lo hablaría con mi psicoanalista.

Se mostró muy interesado en mi sueño. Develar su significado le resultaba fascinante.
Pero en la mitad de la sesión comencé a ver caracoles subiendo por el sillón.
Él parecía escucharme muy atento mientras acariciaba el caparazón de un sapenco enorme.
Cerré los ojos, y cuando los abrí, mi terapeuta preguntó:

-¿Le gusta mi mascota?

Yo estaba asqueado; había caracoles por todas partes. Uno se había subido al escritorio y dejaba su asquerosa baba sobre la superficie de madera oscura.

-Se llama Sara -dijo mi psicólogo mirándome fijamente.

Sara era mi mamá; otra vez mi Edipo no resuelto, pensé.
Me levanté y comencé a juntar caracoles. Luego los guardé en mi mochila resignado.

-¿Le queda claro el significado? – me preguntó con amabilidad.

-Mmm... Le confieso que todo esto es un poco confuso para mí.

-La terapia y los caracoles están para ayudarlo, mi amigo. Usted mismo reconocerá los mecanismos de su conducta y sus orígenes durante las sesiones.

-Por lo pronto voy a hacer un buen guiso en casa. Somos familia numerosa, y estas sesiones no son, le diría... económicas.

-¡Bien! – dijo entusiasmado el profesional. –El más grande de los tres corresponde a su Edipo. No lo arrebate en la cocción. A fuego lento ¿me entiende?

-Solo espero que quede sabroso.

-A los otros puede prepararlos a la vinagreta.

-¿Y en qué se relacionan con mi inconsciente?

-Al saborearlos comenzará a percibir algunas cosas. Luego en la terapia lo elaboramos.


Salí del consultorio, y caminé hacia la avenida. Un niño sentado en un cochecito miraba extasiado al sapenco mayor, que ya se estaba escapando de mi mochila.
La madre me preguntó:

-¿Son caras esas mascotas?

No supe qué contestar.


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Gloria - Marcelo
Buenos Aires, 11/12/2018.

Texto agregado el 11-12-2018, y leído por 32 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
12-12-2018 Los caracoles de tierra son exquisitos, te aconsejo cambier de terapeuta. Muy bueno juancarlosII
12-12-2018 muy buena historia, pero no me invites a tu casa. yosoyasi
12-12-2018 Les digo que estoy muy contenta, y no sólo por los caracoles. Feliz encuentro! Clorinda
11-12-2018 Los caracoles son mi pesadilla diaria, porque destruyen todas las plantas de mi patio, y pensar que cuando era chica y mi abuela siciliana los preparaba con salsa me encantaban, jajaja. buena tu historia. Cariños. Magda gmmagdalena
11-12-2018 Lúdico, con intriga y humor, jaja. Un caracol de mascota se cuida fácilmente. Piénsatelo. Daiana
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