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En aquel contexto de mala follá las bromas eran muy mal recibidas. Fue el año en que empezó a llover de nuevo con cierta regularidad, creo. O por ahí. Téngase en cuenta que remito hechos del pasado. Con las aguas en sus cauces se ve que la población recuperó cierta sensación de mezquindad por la vida, como si empezaran de nuevo a ser inmortales. El ambiente de provisionalidad derivado de la sequía desapareció, y la gente recobró el gusto y la apetencia de vida, como si, despreciada, pudiera pasar a engrosar la de los demás. El personal no quería sumar partes alícuotas en los otros, reservándose para sí todas las porciones de vida posibles. En tal ambiente, no puede extrañar que la convivencia se hiciera más ruda: se enrudeció (curioso: no me lo da el corrector en rojo). Pues bien, a lo que íbamos. Las aguas- que nunca van al gusto de todos, por otra parte- encallecieron el carácter de aquellas gentes hasta el punto de enrarecer la convivencia paulatinamente. Tal autenticidad, ni que decir tiene, empezó a ser odiosa, sobrepasando los límites que separan la sinceridad del mal gusto.
Fue por aquel tiempo- creo recordar- cuando apareció muerta una muchacha en el bosque. Hecho muy comentado, hasta por la prensa nacional. Hasta aquí se allegaron intrépidos periodistas de la capital. El Urbano salió por televisión diciendo una porción de “tontás”, que, según el maestro del pueblo, entroncaban de lleno dentro del campo semántico de lo supino. Decía que las últimas lluvias habían agriado el carácter de la gente. No sé si sería cierta tal teoría meteorológica, pero sí lo era que nuestro discurrir se hacía mayoritariamente en un ambiente gris y húmedo bastante desagradable. En realidad, la muchacha- una chica de ciudad- se había perdido en el bosque buscando robellones. Lo que, desde luego, nada tenía que ver con aquellos cambios meteorológicos. Por aquel tiempo asimismo, aparecieron muertos al unísono el Ausencio y la señora Benilde. También opinó el Urbano. Que se tenían querencia hasta tal punto- dijo. Aquí el maestro no añadió nada. Muy bien pudiera ser cierto. Según la autopsia, con un intervalo de cuatro horas. Primero el marido, y luego la señora. Estaban muy viejos. Sólo se tenían a sí mismos. Que no era poco- opinó también el Urbano.
Aquí cada cosa que pasaba, allí lo tenías, pontificando. Dos pilares sustentaban la vida intelectual de la población. Lo han adivinado. El otro era el maestro. El pueblo no se atenía a más criterios. Si el Urbano había dicho que aquel enrarecimiento de costumbres y hechos sin parangón, se debían a la vuelta del curso regular de las lluvias, había media población dispuesta a creerlo. Proliferaba, pues, a falta de más datos, una filosofía de corte fantástico- sugestiva. Era suficiente con que tales explicaciones tuvieran que ver con cualquier asunto interno, de alguna manera, para cobrar suficiente crédito. Claro, Don Eutimio- el viejo maestro- aún no había tirado la toalla contra toda aquella “superstición”, como él la llamaba. Pero estaba a punto. A punto de tirar la toalla y de jubilarse. Lo iba hacer al unísono, como Benilde con Ausencio. La patafísica no entraba a iluminar la luz de nuestros días.
Pero, a ver cómo explicabas aquellos hechos ciertos. El pueblo se volvió huraño, cerrado en sí mismo. Por las navidades se dejó de hacer el belén viviente en la Iglesia. Teníamos bastante con sobrellevar una humedad que amenazaba con llegar a los huesos. A la misa del gallo no se presentó nadie. Decía el Urbano que íbamos a remontar a tiempos pre- cristianos; en los que cada cual solucionaba sus problemas como le daba la gana. Fue por aquel tiempo también, cuando pusieron el cuartel de la guardia civil en la cabeza de la comarca. Estamos soliviantando al Gobierno; no cabe duda- pontificó nuevamente el Urbano.
Por aquel entonces, definitivamente, el maestro renunció a introducir ciencia, abjurando de la misma entre nosotros. Empezaron a ser más verdad las opiniones que se cocinaban allí de la vida, que todas las jerigonzas que nos acudían de fuera. También comenzó la gente a perder interés por la tetina televisual que desde hacía mucho nos había sustentado. Era cuestión de tiempo: se avecindaba una revuelta. Al cura ya nadie hacía caso. De no haber sido porque la propiciábamos cuatro viejos, hubiera entrado el orden, y, de no haber sido- también- por haber intervenido antes el otro cuartel de la guardia civil que teníamos instalado en el cementerio, quizá hubiera triunfado.

Texto agregado el 18-12-2018, y leído por 1 visitantes. (0 votos)


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