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Inicio / Cuenteros Locales / DavidMo / Sueño XXIV. Resistencia

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Todo intento de continuar así era inútil. Los hombres se habían puesto a la cabeza de la columna y trataban de animar a los que ya no podían más. Ancianos y niños. Pero cada vez era más evidente que no podían seguir arrastrándolos por más tiempo. Todavía los niños... ¿Pero los ancianos? Marta dijo: “Madre, madre. Ahora se van a quedar descansando aquí un rato. Nosotros vamos a seguir hasta el pueblo y volveremos a por ustedes”. Pero las dos sabían que no había pueblo ni cuentos. Y las dos sabían que lo sabían. La madre hizo un gesto ambiguo que lo mismo podría ser de resignación o reproche.
No se lo pusieron fácil. Algunos se agarraban a las chaquetas de los jóvenes. Uno chilló: “¡Hijos de puta!”.
Cuando doblaron el recodo Marta no miró atrás. Sostenía el peso de Martita sobre los hombros intentando arrastrar los pies llagados de manera que le dolieran lo menos posible. Trató de concentrarse en sus pasos. Gastar el mínimo de energía en cada uno de ellos. Y, sobre todo, en no perder de vista de la cabeza de la columna, donde los hombres avanzaban de manera aparentemente lenta, pero inflexible.

Cuando empezó a hacer calor se tumbaron en un claro de la selva en el que había unas grandes rocas planas. Diego vino a verla. Le trajo las raciones para las dos y le quitó los zapatos. No quiso mirar sus pies. Se los imaginaba.
“Diego, Diego. ¿Qué hemos hecho?” le dijo. “Los ancianos. No era eso lo que nos prometiste. Somos como animales. Ya somos como animales”.
Diego la miró con aquellos ojos que eran como de piedra. Antes eran ojos de fuego. Ahora de piedra.
“No podrán con nosotros”, dijo. “Resistiremos lo que haga falta”.
Y entonces Marta comprendió que él resistiría lo que hiciera falta. Y que no se volvería a mirar si ella se quedaba tirada. Si acaso, cargaría a Martita, pero ni siquiera de eso estaba segura.

Sin saber cómo se durmió. Soñó que se quedaba tendida al borde de un camino lleno de hierba. Y que Diego llegaba, la cargaba a su espalda y le decía: “Vámonos”. Se sintió transportada como si fuera volando. Y de pronto pensó en Martita. ¡Se habían dejado a Martita! Trató de decírselo a Diego, pero no podía hablar. Se despertó.

Martita dormía en sus brazos. Él estaba sentado en un tronco. Los demás estaban desparramados a su alrededor. Diego la miró y sus ojos y eran de fuego otra vez. “Resistiremos”, pensó Marta. Y se echó a llorar en silencio, más triste y sola que nunca.

Texto agregado el 27-09-2004, y leído por 74 visitantes. (0 votos)


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