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Revelación de héroes anónimos, sangre y secretos.
En el colectivo, y en un día caluroso como hoy. Subió un vendedor ambulante. Muchos dirán a los de esa clase: es un futuro chespirito, es un aprendiz de vizcachero, un perezoso mal formado por su madre soltera que sobrevive en los bañados. El bañado sur o el norte, no importa de donde venga.
Según veo el bus está lleno de muertos y muertas, en ese aspecto yo voy casi muerto pero contenido por mis demonios que justifican mis derrotas. Estos diablitos quieren mi completa derrota, lo se hace mucho. Sangro todos los días, y sé que moriré desangrado si no me apuro en vivir de acuerdo con los secretos esperanzadores de lo cotidiano, de lo simple, de lo extraordinario.
Pero, la música, tal vez ella me rescate de la mezquina escena enfrente de mí. La música oral de este vendedor de bingo. La música viene del yopará al hablar con el conductor. De esa música viva, de ese lenguaje vivo, busco la salvación de la muerte cotidiana. Un héroe que me saque de aquí, un héroe que vive afuera de mí. Pero los presuntuosos cristianos buscamos uno que vive dentro de nosotros desde que nacemos hasta fallecer.
También veo a tres niñitas entre cuatro y diez años, que viajan unos asientos adelante. Ellas miran por la ventana, sonríen, y charlan sobre aspectos del día que los adultos no vemos. Las veo felices, vivaces. Bendita inocencia, que envidia les tengo.
Vuelvo a mirar a los otros muertos y muertas, quiero ver más vida, y perdón por ser gravísimo en esto. No tengo ninguna duda, están muertos.
Después de estas apreciaciones digo: soy un agonizante, o sea no he muerto aún, y me santiguo. La hemorragia que tengo no es mucha, pero es constante. Aquí en las calles por donde busco las monedas para el sustento, no hay Teresas de Calcuta, para que me recojan, y que me lleven y curen en un albergue. Algo más, el sol esta insoportable. El calor que produce no me deja pensar, me metamorfosea en lagartija con aspecto humano, aunque no se note mucho.
Pero busco la salvación dije, y miro de vuelta a las niñas. Miro también a una bella pasajera que acaba de subir. Respiro y miro, busco un héroe o una heroína que me salve. Miro a las niñas otra vez. Sé que ellas me dirán el secreto de estar bien en medio de este paisaje desolado, agridulce.
Voy por los códigos que decodifiquen ese secreto del bienestar, de estar a gusto con 41 grados de calor en un colectivo sin aire acondicionado. Miro y estoy atento, trato de averiguar las motivaciones de ellas. Estoy exasperado, porque solo escucho chillidos y risas entrecortadas a cuatro metros de mí. Ellas disfrutan. No saben las nenas que pagaría por lo menos unos veinte mil guaraníes por el secreto disfrazado que disponen.
Les aseguro que si ellas tienen la gentileza de decírmelo y por tan poco dinero, les contaría a ustedes cuales son los recónditos saberes de ellas que los adultos no sabemos.
Ahora tengo un gran problema para continuar con la pesquisa. Es que tengo que recoger mis cosas que viajan en mi regazo, y bajar.
Solo por esta vez ganó el aburrido día. Pero sé que hay héroes y heroínas, que tienen escudos contra lo lógico y agresivo.
Me bajo esperanzado, la ciudad está llena de esta clase de héroes que pueden combatir conmigo, con ustedes, etc. Pero no les perdono. Me confieso rencoroso, y siempre miraré indignado a los muertos y muertas que viajan sin sangrar por un sentido en sus vidas. No los quiero a mi lado. No sé si les perdonaré. Adiós.

Texto agregado el 08-02-2019, y leído por 3 visitantes. (0 votos)


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