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ADAPTACIÓN
Me sudaban las manos y los pies, y asumí impotente que somatizaba en mi estomago la cuestión de mi encierro o mi libertad. Esta cuestión quedaba bajo criterio del grupo de peritos de la penitenciaría.
Cuando me senté por primera vez frente a la Junta de Criminólogos y Psicólogos del Penal, sabía que no me iban a dar el sobreseimiento definitivo. El error de un joven de veintiún años nunca pudo ser explicado y comprendido ni por mí, ni por ellos.
Se abría una llave en mi fisiología cerebral cada vez que me convocaba la Junta Criminológica. Entonces mis extremidades se humedecían de forma molestosa, aunque ya me era más llevadero por los años aquí adentro, en cierta forma aprendí a convivir con ello; aunque la tensión y el estrés volverían a irse una vez recuperada la rutina del reclusorio.
Ahora que ya tengo cuarenta y dos años, puedo decir con seguridad que el estúpido error de un jovenzuelo agrandado y desubicado no podía ser comprendido ni considerado por nadie.
Era solo un error, un error más en nuestra fragmentada sociedad, un número más en las estadísticas criminales.
Una vez más convocado para esas reuniones bienales con los peritos, no podía moverme con normalidad, y me dolían hasta las manos producto de los nervios. Afónico, casi quedaba sin habla. También disfuncionaba totalmente, perdía el apetito ya incluso el día anterior a la entrevista. Yo pretendía que no me afectaba, pero se me aflojaban los esfínteres desde muy temprano el día del encuentro. Perdía peso, y la somnolencia adornaba mi noche antes de la reunión.
Palidecía cuando entraba a la oficina de la administración del presidio donde me encontraría con la Junta. Me iba secando física y mentalmente todas esas horas.
Hoy, que ya tengo sesenta y dos, y volvía a reunirme con la Junta, tenía esperanzas de que me iban a negar la libertad, no estaba reformado o ya había decidido donde sería mi último refugio: mi celda. Es que estaba muy socializado a la vida de la cárcel, por un asesinato que un joven soberbio y temerario cometió sin pensar, sin sentir. Tenía en ese período joven de mi vida un impulso desbocado.
Se oyó una voz potente en el salón:
-Interno Pedro Cantero.
Dijo el Secretario de la Junta y continúo:
-Lo hemos encontrado recuperado y adaptado a la sociedad nuevamente, puede volver a casa.
Ese fue el dictamen de la Junta sobre mi situación criminológica particular.
Solo atine a decir a ellos con sobresaltada voz:
-Mi casa es la cárcel. ¿Quién me va recuperar y adaptar afuera?.Pregunté y desconcerté a todos. Luego con la total pérdida de control, les dije que no podían traicionarme de esa manera, que ya había una fidelidad y ritualidad en estas visitas que exorcizaban mis demonios por los próximos años. Y grité fuerte:
-No me pueden hacer eso, a mí, que ya soy familia con ustedes y lo era con los otros doctores que ya no vienen.
El temor a lo desconocido se volvió a apoderar de mí luego de tantos años, me dominó ese miedo cuando escuche la sentencia a treinta años de privación de libertad. Ahora sabía que ya no tendría fuerzas para volver a adaptarme y volver a empezar afuera, volver a entender la libertad de la gente ordinaria me seria abrumador.






Texto agregado el 08-02-2019, y leído por 2 visitantes. (0 votos)


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