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Tiziano Cárdenas apareció un día por el conventillo de la calle Piedras, vestido con pilchas pueblerinas y portando una sonrisa falsa. Se apersonó con un dudoso papelucho firmado por un ignoto Juez de Paz de un también ignoto poblado, quien certificaba que Tiziano era hijo de don Artemio Cárdenas y doña Euclides Fontanarrosa.

El tal Artemio Cárdenas, un sureño que se había venido a la ciudad hacía más de treinta años y que, a fuerza de sudar la gota gorda trabajando de albañil, había logrado ahorrar lo suficiente para construir ese conventillo, solo recordaba a la tal Euclides como una moza morocha de enormes tetas, que se había volteado varias veces en la pulpería de Los Antiguos, al igual que muchos otros parroquianos

Don Artemio, ni bien vio el papel firmado por el juez, decidió que el muchacho era hijo suyo y como no tenía nada que perder diciendo que tenía un hijo, le dio una pieza y lo ascendió a encargado del conventillo. Fue todo lo que brindó a su recién adquirido vástago y un mísero sueldo para desviar las quejas de los inquilinos.

Tiziano era el encargado de recibir los reclamos a los que nunca daba solución. También era el encargado de avisar a los vecinos que debían desalojar cuando se atrasaban en un pago o arrojarlos sin piedad a la calle cuando se resistían.

Como la paga que recibía era mísera, para comer hacía abuso de poder. Llegado el mediodía o la hora de cena, golpeaba la puerta de la pieza de dónde saliera el olor a comida que más le apeteciera, un puchero, un guiso o unos fideos y con total desparpajo, aprovechando el temor que le tenían, terminaba sentado en la humilde mesa y comiendo la mejor porción.

Todo fue bien hasta el día que falleció Don Artemio y aparecieron unos sobrinos lejanos con un escribano. Allí, para sorpresa de todos, se supo que el fallecido difícilmente podía tener hijos, ya que, en su niñez, lo había dejado estéril la patada mal dada de un ternero al que intentaba castrar. Había sabido desde el primer día que el mugroso papel que le había entregado Tiziano era falso, una mentira urdida entre el muchacho y su taimada madre. Don Artemio había aceptado la mentira para, a su vez, mentirse piadosamente a sí mismo, que tenía un hijo y así poder manejar con mano férrea (la de Tiziano), a cualquier inquilino que intentara aprovecharse de su avanzada edad.

Por las características viles de los dos podría haberse dicho que realmente eran padre e hijo.

Si la idea de Tiziano había sido heredar al viejo, los sobrinos se la sacaron con la primer patada que le propinaron en los fondillos del pantalón, dejándolo de patitas en la calle.

Los hechos confirmaron que Tiziano Cárdenas no era más que un pobre infeliz.


María Magdalena Gabetta

Texto agregado el 10-02-2019, y leído por 2 visitantes. (14 votos)


Lectores Opinan
12-02-2019 —Bueno, el pobre infeliz algo logró aprovechar del viejo Artemio. —Hablando de Los Antíguos llego a pensar que es posible que yo haya conocído a doña Euclides Fontanarrosa, en mis andanzas patagónicas cruzando a Chile Chico. Tus cuentos siempre me traen algún recuerdo. Un abrazo para ti. vicenterreramarquez
11-02-2019 La mentira dura, mientras la verdad llega, excelente narracion amiga magda. besos y rosas. sendero
11-02-2019 Historia actual y muy bien lograda; hay finura en tu pluma. Saludos desde Iquique Chile. vejete_rockero-48
11-02-2019 Hermosa prosa. Capta fácil el interés del lector. Creo que eso es lo mas importante que debe tener un escritor y, sumado a una buena historia y un buen desenlace, se crea buena literatura. 5* tolo
11-02-2019 Muy bueno tu cuento, usas arcaísmos que parecen de literatura española de otros siglos y de la buena. Un beso grande. daiana
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