TU COMUNIDAD DE CUENTOS EN INTERNET
Noticias Foro Mesa Azul

Inicio / Cuenteros Locales / IGnus / Alfiler de gancho

[C:593317]

Cadáveres. En la mente de Nadia todos los que la rodeaban eran cuerpos inertes.

Su imaginación hacía que viera así a las personas viajando en el tren junto a ella. Los vagones siempre estaban atestados a esa hora, y los pasajeros se amontonaban en los pasillos, especialmente delante de las puertas, inanimados como cadáveres colgados de los pasamanos del techo. Algunos incluso se adormecían y los sacudones del tren los balanceaban de un lado al otro, completando así la impresión que su mente ociosa creaba sólo para ella.
Sus 1.60 metros de estatura no eran suficientes para alcanzar aquellos altos pasamanos, por lo que indefectiblemente debía sujetarse de la manija de los asientos. Sentada delante de ella había una mujer jugando con su celular, mientras en el asiento de al lado un muchacho se había quedado dormido espontáneamente, cuando vio subir a una anciana por la puerta más próxima.
La gente la apretujaba por todas partes. A su derecha un hombre muy corpulento se esgrimía como una pared infranqueable. A su izquierda, otra chica pugnaba por mantenerse en equilibrio, mientras sujetaba la misma manija que Nadia. Esta chica llevaba el mismo uniforme de colegio que ella, pero no la conocía. Seguramente estaba en otro curso.
Detrás de ella la maraña de cuerpos hacía difícil saber qué cosa era lo que permanentemente la empujaba. No obstante, había logrado una posición de privilegio: Algunas personas no tenían de donde agarrarse y cada vez que el tren frenaba en alguna estación se veían impelidos hacia el amontonamiento de «cadáveres»

Todavía le faltaban varias estaciones para llegar a casa y el viaje se le hacía eterno. El calor que generaban los cuerpos era considerable, y los «aromas» que algunas personas despedían eran sencillamente fétidos. Afortunadamente cerca de ella había una ventanilla entreabierta que de vez en cuando dejaba llegar una brisa fresca.

Fue entonces que lo notó.

Al principio pensó que era algo casual, pero bien pronto se dio cuenta de que toda su espalda estaba cubierta por el cuerpo de una sola persona. Es decir que había alguien detrás de ella apoyando todo el cuerpo en su espalda.
Se sintió incómoda e intentó moverse para despegarse del indeseable contacto, pero sus esfuerzos fueron fútiles. No había forma de desplazarse en ninguna dirección, y cuando logró apartarse unos centímetros, el siguiente vaivén del tren volvió a adherir su espalda a «quien sea que está ahí atrás», como si un chicle los uniera.
Por un momento se resignó a la nueva situación. Eran los gajes del oficio. Viajando en tren, en hora pico, no podemos pretender ser mucho más pretenciosos que una sardina en lata. Los cuerpos siempre te rodearán por todas partes.
Pero pese a su lógica resignación, algo no le estaba gustando.
Utilizando el vidrio de una ventanilla como improvisado espejo, logró vislumbrar un poco el rostro del hombre detrás de ella. Era un tipo que rondaba los cincuenta años. Bien vestido, con traje gris y un maletín blando de cuero que portaba en una mano, el cual con los sacudones del tren rozaba la rodilla derecha de Nadia.
Ella vestía el uniforme del colegio: pollera corta de tablitas, y una remera blanca. Sus quince años le daban un aire de inocencia y un candor especial. Además, era más tímida que otras chicas de su edad, y no tenía novio. Algunas de sus amigas ya habían tenido relaciones con chicos, pero ella nunca le dio la oportunidad a ninguno, porque pensaba que su primera vez debía ser algo muy especial.

Cuando comenzó a sentir que un extraño y caliente bulto crecía pegado a su nalga derecha, fue cuando realmente se asustó.
Quiso moverse nuevamente, pero era imposible. Estaba atrapada y no podía escapar.
Comenzó a sentir la respiración del tipo a su espalda. Respiraba pesadamente, y un poco ronco. Ella tenía mucho miedo, y no atinaba a hacer nada excepto pensar a toda velocidad.

«Si me doy vuelta para mirarlo tal vez lo intimide. Pero seguramente él interpretará que me gusta lo que me está haciendo»
«Si me quedo quieta, entenderá que acepto que siga. Su mano está peligrosamente cerca de mi pierna, puedo sentir el calor que despiden sus dedos»
«¿Y si grito? Todos van a pensar que estoy loca, y el tipo se desentenderá del tema. La vergüenza que podría pasar sería tremenda»
«Pero si le permito continuar sin hacer nada, es posible que este hombre me manche la ropa. ¡Qué asco! ¿Cómo se lo voy a explicar a mi mamá?»
«¿No tiene vergüenza? Es un tipo mayor, ¡podría ser mi papá!»

Estos y decenas de pensamientos más atravesaban la angustiada mente de Nadia, mientras el tipo seguía detrás de ella satisfaciendo sus más bajos instintos.
Ella tenía mucho miedo, sentía asco, y al mismo tiempo un enojo incontenible la invadía.

«¿Qué le hice yo? ¿Acaso me veo provocativa con el uniforme del colegio?»
«Tengo ganas de llorar. Y también de golpearlo, lastimarlo, dañarlo»

Se sentía ultrajada, violada. Si bien el tipo no estaba literalmente violándola, era evidente que él disfrutaba sexualmente mientras ella se sentía enormemente incómoda. Además ella no había accedido a nada, ni siquiera se le había insinuado en ninguna forma. Él la estaba forzando.

Un sentimiento de furia la estaba invadiendo. Este salvaje le estaba quitando varias cosas en un solo acto. Por un lado, le quitaba su derecho a elegir con quién y cuándo tener un contacto sexual. Ella no había accedido de ninguna manera. Por el otro, lo que era tal vez más grave, le quitaba el derecho y la capacidad de goce. Cuando ella tuviera su primer encuentro con un chico (y ahora pensaba en eso como algo muy, muy remoto), si él tenía la idea de por ejemplo abrazarla por la espalda, ella no podría disfrutarlo, ya que la acción le recordaría este abuso, y estaría esperando casi con miedo sentir la erección de él tocándola sin pudor.

Mientras tanto, el desgraciado detrás de ella había comenzado a mover sus caderas, acompañando los movimientos del tren. De esta forma se frotaba aún más contra ella.

Tenía que hacer algo. No podía permitir que este energúmeno se saliera con la suya. Pero el miedo era atroz. No sabía cómo reaccionar.

Hasta que recordó el alfiler de gancho.

Su mamá se lo había colocado en la falda, para sujetar uno de los pliegues.
Como si de un salvavidas se tratara, con sus dos manos buscó el alfiler y lo abrió, sosteniéndolo entre los dedos de la mano izquierda.
En su mente, podía verse clavando el alfiler en los genitales del libidinoso, y creando una mancha roja en sus pantalones.
Sólo de imaginarlo estaba comenzando a sentir algo muy similar a lo que atraviesa nuestro interior cuando nos cobramos venganza ante alguna injusticia: Satisfacción, a la vez que culpa.

De todos modos estaba decidida. Apretó los dientes con fuerza, y separó un poco su brazo para golpear más fuerte. Su espolón estaba preparado.

De pronto, mientras su mano se movía rápidamente hacia su objetivo, sintió cómo otra mano la tomaba de la muñeca.
Desconcertada, giró su cabeza a la izquierda, para encontrarse con los ojos de la compañera de colegio que estaba aún parada a su lado, y que sostenía su muñeca mientras con la cabeza, muy lentamente le decía «NO»

Nadia no podía comprender lo que estaba sucediendo. ¿Por qué la había detenido?

Entonces la chica comenzó a gritar enloquecida:

«¡Degenerado! ¡Pervertido! ¡Este viejo de traje gris me tocó! ¡Me apoyó su miembro! ¡Ayúdenme por favor! ¡Me quiere violar!»

Y siguió con la mejor actuación que Nadia vio en mucho tiempo. Casi digna de un Óscar. La chica simuló que le bajaba la presión, y se arrojó a los brazos de alguien que la sujetó antes de que caiga al piso.

La reacción del resto de los pasajeros fue inmediata. Si el tipo no se arrojaba del tren en ese momento (afortunadamente para él, llegaba a la estación), sencillamente lo linchaban ahí mismo.
Algunos hombres se bajaron también para capturarlo mientras el tipo corría por el andén, e inmediatamente un policía que estaba de guardia tomó cartas en el asunto.

Nadia estaba asombrada por la actuación de la chica. Fue su mejor amiga en ese momento, ¡y no la conocía!

Por un lado, la había detenido cuando ella estaba por cometer una estupidez que podría haberle traído muchísimos problemas. Si ella pinchaba al tipo, la lesión podía haber sido muy grave.
Por el otro, poniéndose en el lugar de Nadia, hizo lo que ella debió haber hecho: No quedarse callada y denunciar enseguida. No hay vergüenza que valga ante un caso de abuso. La rápida denuncia no solamente evita que el abuso continúe y como en este caso, lleva al abusador ante la justicia. Además, previene futuros ataques a otras mujeres.

Cuando el tren arrancó de la estación la chica ya no estaba en él. Nadia lamentó no haber podido darle las gracias al menos.


«Finalmente, no todos eran cadáveres» —Pensó, mientras sonreía a un chico que muy gentilmente le cedió su asiento.

Texto agregado el 19-02-2019, y leído por 59 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
20-02-2019 Un relato tremendo, ya por los muertos de verdad o muertos inconscientes de este mundo, y la niña que logró de esa manera salir ilesa de ese tipo negativamente violento y depredador.***** Abrazo Lagunita
20-02-2019 Qué desagradable situación la que planteas en tu relato. Desafortunadamente a más de alguna le ha tocado vivir algo tan chocante como lo que mencionas. Un abrazo, sheisan
20-02-2019 Me hiciste recordar a mis tiempos de estudiante en Córdoba cuando debía tomar colectivos para llegar a la facultad, y sí, llevábamos un alfiler a mano para pinchar en la pierna del que nos "apoyaba", era el arma para defendernos en esa época. Parece que se siguió usando, jajaja. Me encantó tu historia, bien narrada y real. Cariños. Magda gmmagdalena
19-02-2019 Un relato bien descriptivo; bien hilado, y con un excelente lenguaje. Preciso y si se quiere hasta instructivo. Buen hilo conductor. Saludos desde Iquique Chile. vejete_rockero-48
19-02-2019 Tremendo relato en todas sus dimensiones descriptivas. Angustiante y estremecedor, menos mal Nadia dentro de todo su temor iba discerniendo opciones a elegir, se ve que ya algo la habían preparado y advertido, los tiempos actuales obligan a enseñar a las hijas desde bien pequeñitas. Muy buen texto, creo es primera vez te leo y me ha encantado además por ser una lectura que debiera difundirse en colegios. 5* jdp
Ver todos los comentarios...
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! ]