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A veces es mejor no saberlo todo. Cuando lo único que sobrevive es el odio, lo mejor es olvidar. Seguir como que nada ha pasado. Es lo mejor. Pero no siempre se puede.
La primera vez que fui a tu casa fue por un trabajo. Somos vecinos muy cercanos, quinta de por medio. ¿Te acordás…? Si que te acordas… Vos sabía que me dedicaba a la computación. Tenías una PC antigua y me llamaste.
Lo primero que me sorprendió es que siempre me hablabas de tu padre, jamás de tu madre. El amor de uno era directamente proporcional al desprecio del otro.
Vivías sola en la quinta. Tu mirada y una escopeta de dos caños detrás de la puerta podían con el intruso casual. Te temían en el pueblo. No solo por las comadrejas y gatos que matabas sino por tu actitud. Todas las noches se escuchaba algún tiro. Siempre cazando algo.
Ese día casi no cruzamos palabras, te dije lo que costaría y el tiempo que me llevaría arreglar la máquina y aceptaste. Sin titubeos.
Tus gestos eran duros. Aunque no llegabas a los cincuenta años, tenías la piel áspera por el sol del campo.
Sin embargo, tus ojos eran bellos. Y la mirada penetrante me hacía desviar la mirada. Vestida de bombachón caqui, camisa blanca, cinturón de cuero y pelo hasta la cintura parecías partir en cualquier momento de cacería.
Tengo que reconocer que me atemorizabas. Soy joven y nunca le escape a las mujeres, pero vos amor, me atemorizabas. Porque aunque no se dijera una palabra, estaba claro que vos era la cazadora y yo la presa.
Me estuviste esperando con el gatillo en el dedo. Así sos vos. Jamás me llamaste o me reclamaste por mi trabajo.
Cuando te avise que la computadora estaba terminada solo me indicaste la hora que debía llevarla.
Al atardecer- me dijiste- Porque vos cazabas por la tarde, nunca de mañana.
Llegué con mi camioneta y ya me estabas esperando en el portón. Un camino de tilos llegaba hasta la casa.
Caminabas delante marcando el tiempo. Porque te gustaba jugar con el tiempo. Hacer que las cosas parezcan más lentas, muy lentas .Disfrutabas cada segundo de cacería.
La casa era amplia y llena de ventanales. Desde cualquier lugar podía observarse todo el parque. Sin embargo, empezaste a correr las cortinas.
Ponela ahí sobre la mesa, me dijiste imperativamente. Supongo que quedo bien. Si querés la probamos, te insinue No es necesario estoy segura que hiciste un buen trabajo. Ahora primero te voy a pagar…
Entonces me sentaste en la mecedora y sin decir una palabra y sin que yo pudiera reaccionar, me acariciaste la mejilla y te arrodillaste a mis pies. Devotamente me desabrochaste el cinturón lentamente y antes que pudiera reaccionar ya tenías mi miembro en tu boca. Nunca me la había chupado así, lo juro fue algo inexplicable, casi sobrehumano.
Desde ese momento te apoderaste de mi cuerpo y de mi alma. Me exigiste. No te importó que fuera muchos más joven que vos. Me sacabas hasta la última gota de semen que según vos tenía un gusto exquisito, ligeramente agrio, a veces salado. Es lo más sano que existe me decías, tiene azúcar, agua, vitamina C, ácido cítrico, proteínas y hasta minerales y bicarbonato. Toda una experta.
Eras incansable con el sexo, casi una enferma.
Y sacaste mis perversiones, me pedías que te pegara, que te diera chirlos porque te habías portado mal y que te castigara. Me enloquecías, pero a la vez debo reconocer nunca sentí tanto placer junto.
Me llamabas a toda hora y me mandabas mensajes rogando por amor. Yo accedía a todo, porque me diste todo placer concebible.
Hasta que me di cuenta. Porque pensas que nunca te va a pasar, que eso a vos no puede pasarte, que eres al único que no le pueden pasar esas cosas y sin embargo un día te suceden como cualquier otro.
Te cornea. Vos y toda tu juventud no le alcanzaba. Y cuando te enteras con quien, te queres cortar las venas. Viejos decrépitos, jornaleros, tipos brutos y hasta un cura. Pero no un cura cualquiera, uno gordo y enfermo que tuvieron que trasladar porque hasta la curia sospechaba de sus visitas nocturnas a las feligresas.
El tipo estacionaba su Gol medio escondido detrás de los pinos y se iba con la neblina de la mañana a eso de las seis por el portón de la ruta.
Ahí empezó la otra historia y fue cuando comencé a vigilarte. Conocía tus horarios y los senderos de tu quinta. Siempre a oscuras. Miraba los lugares más oscuros para que mis pupilas se adapten y luego enfocarme en caminar. Nunca en luna llena. Siempre sigiloso, sin descanso, noche tras noche.
Me escondía primero tras los arbustos o pomelos, o recorría parte de tu quinta. Primero te observaba de lejos. Podía adivinar los cuerpos, los movimientos. Todo…
Y cuando ya habían comenzado. Porque te gustaba besar largamente y que te acariciaran despacio. Ahí me acercaba al ventanal. Por entonces no sospechabas nada. Ni idea tenías. Hasta te observaba bañarte ahorrando agua, sentada, por un pequeño agujero del baño que había perdido su polarizado frente al naranjo.
Mentías. Todo el tiempo me mentías. No era que te quisieras desprender de mí. No todo lo contrario. Simplemente gozabas con la enfermiza patología mitómana y las salidas oportunas de una verdadera psicótica. Porque lo que yo veía por la noche vos lo negabas por la mañana. Hasta que leí el libro de la sabiduría de los psicópatas de Kevin Dutton y vi la serie Lie to me (miénteme si puedes) Aprendí lo que decían tus gestos, tus microexpresiones, tu lenguaje corporal, tu entonación.
Mientras tanto ibas cambiando de amantes. No te importaba si venían en bicicleta o en Mercedes Benz. Todo era válido. A ellos también les mentías. Una noche llegaste a tener hasta tres amantes y luego me llamaste. Me pedías cariño, que estabas sola, que me amabas y que nadie podía hacerte tan feliz y hacer gozar tanto.
Entonces entraba en tu juego y sentía los olores, el gusto en tu boca. Tenías por tu edad una envidiosa cuestión física de excitarte. Te mojabas enseguida. Y me ponías igual a mí, para que negarlo. Entonces aun con todo lo que había visto accedía a tus placeres carnales. Una y otra vez. Por todo los agujeros del cuerpo concebibles.
Llegue a sospechar que sabías que te espiaba. Hasta pensé que te excitaba la idea mientras yo me voyeurizaba cada día, que vos lo hacías a propósito. No sé quien miraba a quien. No sé quién jugaba con quien.
Con larga vistas podía observarlos como si los tuviera al lado, sentir su jadeo y su desesperación amatoria. No todos podían con tus exigencias. Algunos llegaros abandonar tu quinta espantados. Pero no me di cuenta que los larga vistas me delataban. El brillo de los lentes me descubría.
Entonces te decidiste.
Por ese día saliste con tu escopeta. Casi desnuda te quedaste agazapada en la oscuridad. Una oscuridad que yo no podía ver ni siquiera con mis ejercicios oculares.
Dejaste que cruzara el alambrado. Me observaste como eludía las ramas caídas por la tormenta. Como me escondía detrás del Olivo y los pomelos. Esperaste que pasara la tranquera con el barómetro roto. Con el dedo ya en el gatillo me viste esconder atrás de tu galpón.
Me fui acercando hasta el ventanal. No te veía en tu casa y me extrañaba. Me acerque más y más. El televisor prendido, La computadora prendida, los leños ardiendo…
Y entonces escuche el fogonazo.
Lo último que escuché en mi vida
Tu cacería había concluido

Texto agregado el 20-02-2019, y leído por 40 visitantes. (0 votos)


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