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Me pasaron un domicilio. El motivo de consulta era diarrea y la paciente tenía 42 años y se llamaba Mafalda. Llegué con mi auto a la dirección indicada, era una casa con el frente pintado de blanco , con la pintura descascarada, manchas de humedad, pintadas en aerosol. Las persianas rotas, cerradas; una puerta en el medio. Golpeé.
Demoraron en abrir y cuando la puerta se abrió un tufo asqueroso salió de adentro. Se asomó una mujer muy delgada, con los pómulos salientes, las mejillas chupadas, el pelo rubio, sucio, salpicado de mechones canosos. Estaba con unas alpargatas agujereadas.
Ah, doctor, dijo. Me hizo pasar.
Pasamos a un ambiente donde había una mesa en el medio, pero aquello estaba realmente abandonado, había escombros, basura, chapas, maderas en el piso, un bastón apoyado en la pared y un oso de peluche sucio colgando de un clavo. Entramos en una habitación. La habitación era grande, podían caber tres camas ahí, pero había una sola, la de la mujer, contra la pared. Un colchón cubierto con una sábana mustia y una frazada vieja a los pies. Olor a humedad nauseabundo. Había un banquito, sobre él, un mate hecho con un vaso de plástico y una bombilla de metal. Había otro vasito con yerba y uno donde había habido azúcar. Un pequeña Biblia a un costado. El piso era de madera, un parquet rotoso y opaco.
La mujer era Mafalda.
Soy psiquiátrica, dijo.
Después me contó que estaba con diarrea y dolor de panza. La diarrea no tenía sangre, era más bien acuosa y marrón, dijo. Hablaba como si nada le importara, como si quisiera seguir durmiendo que era lo que me dio la impresión estaba haciendo cuando llegué.
La revisé, el abdomen, los pulmones, no tenía fiebre. Tenía olor a orina y a sudor.
Está leyendo la Biblia, le dije.
Sí, me dijo. Me encanta leer pero como no tengo otro libro la leo una y otra vez. Ya la lei como cincuenta veces, dijo y rio.
Yo nunca la leí, dije.
Debería, dijo. Yo no creo en Dios pero creo que es una sublime obra literaria.
Se agachó, de abajo del colchón sacó unos papeles. Me los extendió. Eran poemas.
Los leí en voz baja. Eran apasionados y cursis.
Son muy buenos, le dije.
Hasta en la mitad de la vida estamos en la muerte, dijo ella. Eso dice la Biblia me contó.
Hay cinco suicidios en la Biblia, me contó. El Rey Saúl, Ahitofel, Sansón, Zimri y Judas Iscariote.
Muy interesante, dije.
Muy…
¿Está pensando cosas raras?
¿Qué quiere decir?
Si está pensando en la muerte, dije.
Los suicidas van al infierno, eso también dice la Biblia, me dijo.
Le ofrecí hacerle un inyectable para el dolor de panza. Me dijo que era fóbica a las agujas. Bueno, le dije, haga dieta, coma arroz blanco, fideos, polenta con aceite y queso, algún bifecito.
Hace cuatro días que no tengo para comer, me lanzó como un cross a la mandíbula.
Me quedé parado, estupefacto, sin saber qué hacer. Y no supe que hacer, le pregunté si no tenía nadie que la ayudara. Un hermano me dijo. A veces viene a traerme algo. Me despedí y me retiré con esa sensación de haber hecho las cosas mal. La conciencia me mordió toda la tarde pero la verdad es que no hice nada, me quedé pedaleando en el vacío del cargo de conciencia sin poder salir.
Fui al baño a una estación de servicio. Me compré una gaseosa. Después atendí a un señor de 96 años, italiano, que tenía una virosis respiratoria. El hombre rememoró su infancia entre los alemanes que habían invadido Italia en la segunda guerra mundial. Después me tocó ver a una señora con una crisis nerviosa porque el hijo le había chocado la moto. Más tarde un hombre colectivero con lumbalgia. Finalmente cerca de las seis de la tarde me pasaron una paciente de 81 años, motivo de consulta tos con expectoración.
Llegué al domicilio, una casa humilde con el techo de chapa. No tenía timbre así que golpeé una puerta de madera verde. Salió una joven con un bebé en brazos. Me hizo pasar, una mesa con un mantel floreado, un televisor, una imagen de Cristo “Jesús es el camino” pegada en la pared. Entramos en una habitación pequeña, había una anciana, gordita, cara sufriente acostada en la cama. Tenía tres almohadas debajo de la espalda. Tosió y escuché un catarro abundante. Otra mujer, vestida con una remera blanca y unos pantalones marrones, ojotas, me dijo que era la nuera. Me contó que la anciana hacía diez días que estaba con esa tos, escupiendo pollos verdes, y cada tanto hacía fiebre. Revisé a la señora, me contó que era hipertensa pero que no estaba tomando la medicación.
No hay plata para remedios, no hay plata, me dijo la mujer compungida.
La joven se sentó en una silla a un costado y se puso a darle la teta al bebé. La nuera seguía mis pasos con la vista, en calma, expectante. Revisé a la mujer y llegué a conclusión de que tenía una bronquitis aguda. Por algún motivo, a la pasada, la anciana volvió a decir que no tenía plata. Miré la pared, había un rosario colgado, a un costado un espejo manchado en las esquinas. Me puse a recetarle el antibiótico y me di cuenta que aquella familia no iba a poder comprarlo. Se me vino a la cabeza la imagen de la otra paciente, Mafalda, psiquiátrica, hace 4 días que no como me había dicho. Entonces saqué mi billetera, agarré un billete de cien pesos y le extendí a la nuera la receta con el dinero.
Para que compre el antibiótico, le dije.
La mujer tartamudeó, me dijo muchas gracias, me preguntó como hacía para devolverme el dinero. Le dije que no importaba y mientras se lo decía me di cuenta que los cien pesos no le iban a alcanzar para comprar el remedio, salía ciento sesenta o por ahí. No sé por qué, por pelotudo, o mezquino, o no sé, no saqué más plata. La mujer me volvió a agradecer. Me despedí y me retiré.
La nuera se pararía frente al espejo, se acomodaría el cabello, una hebilla. Le diría a la anciana que iría a la farmacia a comprar el antibiótico. Caminaría por la vereda, un perro se le cruzaría y ella lo espantaría con un movimiento de la mano. Un auto pasaría junto a ella y el chofer se detendría para preguntarle por una calle. La mujer llegaría a la farmacia, iría a la balanza y se pesaría. Después esperaría a que las tres personas que están antes de ella hicieran su compra. Al llegar su turno pediría el antibiótico, entonces le dirían que el valor es de ciento cincuenta o ciento sesenta pesos. La mujer miraría el billete, vacilaría, y diría que después volvería a comprarlo. Caminaría por la vereda de vuelta, las cinco o seis cuadras que la llevarían a su casa. Le diría a la anciana que no le había alcanzado la plata, ambas se quedarían unos segundos en silencio. La anciana le diría anda a comprar arroz y unas salchichas. La nuera no le preguntaría y qué hacemos con el antibiótico, la anciana tampoco haría alusión al tema, entonces saldría a la calle e iría al almacén.
Va a hacer frío esta noche, le diría la joven con el bebé en brazos a la anciana.

Texto agregado el 13-03-2019, y leído por 57 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
14-03-2019 Impresionante. MujerDiosa
14-03-2019 Este neoliberalismo que convierte a las personas en carne molida, y luego, cuando ya no queda nada que exprimirle, los desecha y los olvida Tu narrativa es impecable, la historia es potente, tu estilo habla del oficio de un escritor de vieja cepa Muy bien Randal-Tor
14-03-2019 Muy bien narrada esta dramática realidad de pobreza extrema. jdp
14-03-2019 Tremenda historia dónde la miseria ronda al personaje principal. Es triste ser médico de pobres y así todos los días, mañana aparecerá otra Mafalda sin comer y con diarrea u otro anciano que no tenga para los remedios, es la vida, así de injusta y duele, pero no debería ser que solo algunos sean privilegiados en sociedades dónde la pobreza hace pie firme. Un tema para hablar y hablar, pero que no solucionamos nunca. Magda gmmagdalena
 
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