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15 El comunicado del séptimo día

La historia es un eterno retorno predijo Friedrich Nietzsche, y con el jovencito montañés se cumplía a cabalidad, pues nuevamente se encontraba frente a la gran reja de la institución, pero esta vez estaba abierta. Entró y siguió un camino que conducía a la Rectoría, allí se entrevistó con un hombre que insistía en llamarlo “hermano”.

—Yo mandé una carta por correo, la dirección era la correcta. Aquí estoy, quiero estudiar, quiero trabajar, prometo poner todo mi empeño —le explicaba con vehemencia el jovencito montañés.

El “hermano” burocráticamente revisaba expedientes, abría archiveros, preguntaba a otros “hermanos”, al final le dijo al adolescente:

—No encuentro referencia alguna a tu persona, pero no te preocupes, seguro traes contigo copia de tus documentos ¿no? Acta de nacimiento, certificado de secundaria, identificación, etcétera.

—¡Cómo cree usted que voy a traer todo eso conmigo!, vengo viajando, me lo hubieran pedido antes, lo único que traigo son muchas ganas —respondió desconcertado el jovencito montañés.

El estupor del “hermano” burócrata no tuvo límite e incapaz de manejar la situación llamó a un superior, otro individuo que también llamaba “hermano” a todo el mundo. Éste miró al muchachito detenidamente y lo hizo pasar a su oficina donde con voz meliflua lo exhortó:

—¡Por Jesucristo!, te pido que me digas qué haces aquí.

El jovencito montañés le contó acerca de su situación familiar, de su travesía, de la última semana, le hizo ver lo precario de su condición, lo cual le sirvió de catarsis para sacar la presión acumulada. Hasta la fecha, no sabe si fue su relato, su triste facha, lo famélico de su apariencia o por caridad cristiana a la que lo comprometía su religión, pero el “hermano” llamó al primer individuo y lo instruyó para que el adolescente fuese admitido en la institución educativa.

La universidad era enorme, tenía huertos de naranja, campos cultivables, aulas, biblioteca, rectoría, gimnasio, dormitorios, talleres, comedores e iglesia. Era una ciudad autosuficiente. En un plano colgado en la pared le indicaron dónde estaba cada área y los horarios de funcionamiento, le asignaron un número de habitación y le dieron la bienvenida.

El adolescente atravesó los jardines rumbo al edificio que albergaba el dormitorio para varones (la institución era mixta, por lo cual también había uno para damas), ubicó su habitación y al ingresar se percató de su sobriedad: una recámara para cuatro estudiantes, constaba de dos literas, una pequeña mesa de trabajo y cuatro compartimentos (lockers) sin llave para los efectos personales. Las camas sólo incluían el colchón, pues las sábanas, cobijas y toallas las debía llevar el alumno, cosa que el jovencito desconocía. Al final del edificio estaban los baños, una sala larga con las regaderas de un lado y los sanitarios del otro, ambos sin divisiones ni puertas, corridos uno tras otro. Aunque el muchachito ve- nía de la sierra, donde las facilidades sanitarias eran mínimas, la idea de defecar en público le resultaba incómoda. Por eso optó por levantarse antes que los demás y obtener la privacidad que la falta de puertas y divisiones no brindaba.

El edificio estaba prácticamente vacío, pues era el primer día y los alumnos, que venían de toda la República, apenas empezaban a llegar. El jovencito montañés se dirigió a las regaderas y se duchó, fue el primer baño civilizado de los últimos días, más tarde, y en el horario establecido, disfrutó de una cena completa que le supo a manjar. El comedor era un espacio grande, en un extremo estaban dis- puestos los alimentos. La variedad de platillos era amplia, sólo faltaba la carne, pues los “hermanos” que administraban la universidad se denominaban a sí mismos “ovolactovegetarianos”, debido, quizá, a que alguno de los fundadores de la secta aprendió a leer pero no a pensar, y se tomó algún pasaje de la Biblia de manera literal. Los comensales (alumnos, maestros y empleados) tomaban una charola, se formaban en una fila y se servían a su gusto la comida, luego había que ubicar un espacio disponible en alguna de las muchas mesas instaladas. Después de comer, en la misma charola, se llevaban los platos y cubiertos utilizados al lugar donde se lavaban.

Después de cenar, el jovencito montañés regresó caminando lentamente al dormitorio de varones, fue a la habitación que le asignaron, todavía era el único ocupante, se dejó caer sobre una de las literas y por primera vez en muchos días lo comenzó a invadir una sensación de seguridad, aunada a la satisfacción de sentirse en puerto seguro después de haberse embarcado en tan extraña travesía (valga la metáfora). La alegría le duró poco, el sentimiento placentero le hizo pensar de pronto en su Padre. ¿Cómo estaría? ¿Habría logrado su admisión en los servicios médicos del ejército? ¿Estaría siendo atendido? ¿Se recuperaría? ¿De verdad, vendría a verlo algún día?

***

En los siguientes días, las instalaciones fueron invadidas por una multitud de jóvenes bulliciosos, la diversidad de acentos y fisonomías ofrecían una perspectiva cosmopolita que le daba un atractivo extra a su permanencia en ese lugar. Las clases iniciaron, el trabajo también, al jovencito lo asignaron al área de mantenimiento, donde lo instruyeron sobre los rudimentos de la plomería, la electricidad, la albañilería, etcétera.

Llegó el primer sábado. El muchacho tenía planeado trabajar todo el día y equilibrar su estado de cuenta, que era preocupantemente negativo. Cuando muy temprano se presentó en el área de mantenimiento se sorprendió al encontrarla cerrada, poco a poco se percató de que todo estaba igual. En el comedor se veía actividad y decidió desayunar. Al servirse los alimentos notó que estaban fríos y habían sido dispuestos desde el día anterior. Extrañado, le preguntó a un compañero de mesa:

—¿Por qué todo está cerrado? ¿Por qué hoy la comida es diferente?

—¿No sabes que Dios creó el mundo en seis días y descansó el séptimo? —dijo con extrañeza su compañero de mesa. —Por eso los “hermanos” de la Carlota estamos obligados a descansar el séptimo día.

—¿Y cómo les comunicaría Dios esa obligación a los “hermanos” de la Carlota? —pensó el jovencito montañés, quien estaba acostumbrado a ver a Dios a través de la magnificencia de la naturaleza, pero no por medio de comunicados con reglas tan específicas.

Al terminar el desayuno, el mismo compañero que lo ilustró sobre la importancia de descansar el séptimo día lo invitó al templo. El jovencito montañés recordó cuando su tía le condicionaba la entrega de “su domingo” si la acompañaba a misa, hasta que se lo contó a su Padre, quien puso fin al chantaje. Por la remembranza de esa traumática experiencia preguntó si era obligatorio asistir, su compañero le respondió:

—No, pero no hay otra cosa que hacer, todo está cerrado y no puedes salir.

Recordó que las misas a las que la tía lo obligaba a acompañarla eran una vivencia alucinante, la mayor parte (salvo cuando al sacerdote le interesaba el tema o pedía limosna) las oficiaban en latín y la monotonía campeaba rampante, una rutina diseña- da por algún discapacitado mental. El cura sugería el inicio de una letanía y la congregación coreaba en un murmullo ininteligible la respuesta:

—Santa María.
—Ruega por nosotros.
—Santa Madre de Dios.
—Ruega por nosotros.
—Santa Virgen de las Vírgenes.
—Ruega por nosotros.
—Madre de Cristo.
—Ruega por nosotros.
—Madre de la Divina Gracia.
—Ruega por nosotros.
—Madre Purísima.
—Ruega por nosotros.
—Madre Castísima.
—Ruega por nosotros.
—Madre Virginal.
—Ruega por nosotros.
—Madre sin Corrupción.
—Ruega por nosotros.
—Madre Inmaculada.
—Ruega por nosotros.
—Madre Amable.
—Ruega por nosotros.
—Madre Admirable.
—Ruega por nosotros.
—Madre del Buen Consejo.
—Ruega por nosotros.
—Madre del Creador.
—Ruega por nosotros.
—Madre del Salvador.
—Ruega por nosotros.
—Madre de la Iglesia.
—Ruega por nosotros.

Y así “madres y madres ad infinitum”. Es seguro que aun cuando la mayoría no lo externara, todos, al igual que el muchachito, esperaban ansiosos el anuncio: “Podéis ir en paz, la misa ha terminado”. El jovencito montañés no entendió jamás porqué repetir muchas veces lo mismo habría de convertirlo en una especie de conjuro mágico. Años después, alguien le habló de las culturas orientales y descubrió que hacían lo mismo, reiterar y reiterar sonidos hasta alcanzar el nirvana, les llamaban “mantras”, igual de aburridos pero más breves. De adulto experimentó decirle mil veces a una mujer: “Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero…”, no hubo magia ni éxtasis, sólo consiguió alejarla de su lado. ¿Por qué repetir palabras las vuelve oraciones o les resta significado?

Si durante su niñez soportó asistir a la iglesia una hora a la semana para recibir su domingo, ahora le parecía razonable hacer lo mismo pero por casa, comida, sustento y educación, así que sin más cortapisas siguió a su compañero rumbo al templo.

En Durango, la ciudad donde vivió mientras estudiaba, para ir a la iglesia las mujeres se cubrían la cabeza con una mantilla o chal. El espectáculo era dantesco, beatas encapuchadas y vestidas de negro mascullaban consignas ininteligibles. Las iglesias que frecuentaba su tía eran oscuras, mal ventiladas, olían a flores muertas, a deseos reprimidos y esta- ban saturadas de esculturas, imágenes y adornos. En cambio, el templo de la universidad estaba bien iluminado y no había decoración. En lugar de un sujeto disfrazado de cuervo que graznaba monótonamente acompañado de niños vestidos de mujer en colores rojo y blanco, aquí oficiaba un ser normal. En la ceremonia participaban algunos voluntarios que leían pasajes del libro de culto, o daban testimonios o aportaban su talento artístico y, lo más conmovedor, la entonación de himnos religiosos. Escuchar cientos de voces cantando al unísono llenos de vigor era un verdadero festín.

Así pasaron los días, casi imperceptibles, pues el muchachito ocupaba todo su tiempo en las tareas de las asignaturas escolares o trabajando en el área de mantenimiento, hasta que en una ocasión alguien de las oficinas irrumpió en el salón de clases y preguntó por él, le pidió que lo acompañara a la dirección. Allí el director le leyó un telegrama de diez palabras: “Urge tu presencia en esta ciudad, motivo, salud tu Padre”. Lo firmaba Fernando, el esposo de su media hermana y daba su dirección. El director, con mira- da compasiva, le preguntó cómo podía ayudarlo, sin pensarlo mucho el muchachito le dijo:

—Présteme dinero para el viaje, a mi regreso, junto con lo demás, le pagaré.

El director giró instrucciones a la administración escolar para que se le entregara una cantidad en efectivo al jovencito montañés. Lo despidió deseándole suerte, pero sobre todo le recomendó que ante las tribulaciones siempre buscara fortaleza y consuelo en Dios.

Texto agregado el 15-03-2019, y leído por 35 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
18-03-2019 Te sigo. MujerDiosa
18-03-2019 "Recibió un telegrama" Ese detalle despertó mi curiosidad Felicitarte por la capacidad de crear un texto tan largo, evidentemente la historia debe continuar, estoy interesado en saber que le pasó al Muchacho Randal-Tor
16-03-2019 Me gusta que el joven haya llegado al lugar que ansiaba pero me entristece la noticia sobre su padre. Magda gmmagdalena
 
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