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17 Dormido en un ataúd

Personal especializado del ejército se encargó de coordinar el funeral. Madre e Hijo seleccionaron un ataúd de metal por parecerles el más digno. En ese tiempo eran de madera, los metálicos adquirían una connotación de modernidad, además era una especie de homenaje para su Padre, pues él fue ingeniero minero y gastó su vida extrayendo metales de la tierra. De los cementerios disponibles donde el instituto armado tenía lotes, escogieron uno ubicado al sur de la ciudad. El hecho de que estuviera cerca de la casa de la media hermana les pareció la mejor decisión. Se trasladaron a los velatorios militares, contiguos al hospital, allí la Madre y el jovencito pasaron la noche cobijados sólo con su pena. En el transcurso de la noche, el adolescente grababa en su mente las imágenes de dolor, mezclado con el sentimiento de impotencia y el compromiso que le esperaba. La Madre, por su parte, escribió en un trozo de papel:

“La última noche que pasaste en este mundo, dormido en un ataúd tachonado de ángeles y cruces, fue para mí de angustia indescifrable. Las lágrimas se ocultaban bajo mis párpados y me adormeció lo inmenso de mi pena. Entre sueños te veía a mi lado y la realidad me volvía hacia el ataúd y no lloraba porque el caudal de mis lágrimas, quizá, se había congelado al sentir el frío que me rodeaba al alejarte tú, ya para siempre.”

Poco antes del mediodía partió una pequeña caravana hacia el cementerio. Para evadir la realidad, el jovencito ocupó su mente durante el trayecto en elaborar posibles teorías que explicaran el lento andar de los cortejos fúnebres: ¿le daban más tiempo a la despedida o sólo prolongaban el dolor? ¿Era una oportunidad para quien se iba tuviese tiempo de grabarse una última imagen del mundo que dejaba?
¿Permitiría este tiempo artificialmente frenado sincronizar los relojes de éste y el otro mundo? ¿Será el tiempo de espera requerido para tramitar la admisión al más allá? ¿Tendrá como objetivo que todos se enteren de la muerte de alguien y así preocupar a acreedores y darles un respiro a deudores? ¿O será solamente un absurdo protocolo, como todos, ideado por algún agente funerario para aparentar que es más digno el último paseo y cobrar más?

El panteón, hoy sepultado por el desmedido y anárquico crecimiento de la ciudad, en aquellos años estaba rodeado de una zona boscosa, el suelo era de tepetate compacto y roca maciza, por lo cual fue necesario usar una perforadora para cavar la tumba. Era imposible no relacionar el hecho de que el Padre había utilizado toda su vida equipos como ése para horadar las montañas en busca de minerales. Ahora, uno de éstos se ocupaba para excavar su sepulcro.
¿Un buen ejemplo de paradoja?

Al finalizar la inhumación, Fernando les ofreció su casa a Madre e Hijo para que se instalaran. Madre se rehusó cortésmente y le pidió de favor que los llevara al centro de la ciudad, a la calle 5 de Mayo, querían descansar en el modesto hotel Canadá, donde el Padre se hospedaba cuando venía a la capital. Fernando los llevó en su auto. Madre e Hijo entraron y solicitaron una habitación, pero como no había disponibles se instalaron en otro hotel, con las mismas características que el anterior, a unos metros del primero.

Al entrar a la habitación, la Madre se recostó sobre la cama y de inmediato se quedó dormida. El agotamiento acumulado desde hacía semanas, desde que el Padre y el jovencito partieron, cuando se quedó sola en la sierra y después la estancia en el hospital mermaron su condición física. Ésta era la primera vez que caía en sueño profundo en mucho tiempo. Desde la ventana entreabierta de la habitación, el adolescente veía y escuchaba con asombro el bullicio de la calle, tan distinta a la somnífera inmovilidad de su provincia.

A la mañana siguiente fueron a La Blanca, el pequeño restaurante donde el Padre acostumbraba comer cuando por negocios visitaba la ciudad de México. Mientras desayunaban, la Madre le explicó al jovencito la situación del mineral, los pendientes por resolver, eso le permitió dimensionar la gravedad de la crisis por la cual atravesaban. Cuando terminó de hablar y después de una larga pausa, mirándolo a los ojos, angustiada la Madre le preguntó:

—¿Qué hacemos Hijo?

Durante veintisiete años, el jovencito, ya hecho un hombre, se repitió esa pregunta muchas veces. Y siempre, pero nunca como esa primera ocasión, pesaron sobre él las últimas palabras de su Padre: “¡Hijo, me estoy muriendo, ahora tú eres el hombre de la familia, prométeme que cuidarás a tu Madre y te asegurarás de que nunca le falte nada!” De repente, como una luz que se enciende en una mina oscura, desde algún rincón de su ser, una voz interior le dictó al muchachito la respuesta:

—Vamos a la sierra, finiquitemos los pendientes e intentemos construir un futuro aquí, en la capital, allá no hay nada que hacer.

Texto agregado el 15-03-2019, y leído por 33 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
18-03-2019 Esta versión completa de este relato se ve mas consistente sin perder de vista la historia me gustó esperaré atento el siguiente capítulo Randal-Tor
 
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