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Sentado en el cuarto asiento de la fila, me dirigía a mi oficina a bordo de un colectivo de la línea ciento diez.
No suelo prestar atención a conversaciones ajenas, pues me genera incomodidad participar sin invitación en asuntos privados, pero hay gente que pareciera no poder hablar en voz baja.
Ese día alguien rompía con su voz a mis pensamientos una y otra vez.
Volteé a mirar con disimulo para comprender que ese sonido agudo, taladrante, omnipresente, provenía de la boca de una señora de unos 45 años, que monologaba con su compañero de viaje. Éste asentía sin poder infiltrar bocado en la supuesta conversación.
Detrás ellos, una hermosa muchacha de unos 30 años viajaba sin compañía, y pareció incomodarse al sentirse observada por mí.
Creí sentir un mareo porque su imagen se volvía algo difusa. Confieso que me asusté un poco, cerré los ojos y recuperé mi postura en el asiento. Un momento después volví a abrirlos.
Me pregunté cuánto hacía que no visitaba a un médico. Antes de generar la respuesta recordé a la muchacha y volví a mirar.
Aún estaba allí, pero al notar que la miraba se levantó con rapidez, y encaminó sus pasos hacia la puerta trasera.
Casi estuve seguro de que era su imagen y no mi vista, la que producía ese efecto. Su cuerpo parecía vibrar y perdía nitidez.
Quedé estupefacto por un instante pero me recobré y grité al chofer:
-¡Parada, parada, me bajo en esta! Gracias, gracias, gracias - dije con agitación.

De un salto aterricé en la vereda.
¿Dónde estaba…?
Observé en todas direcciones hasta que la vi a punto de doblar hacia una calle lateral.
Caminando detrás de ella a una distancia de cincuenta metros casi no podía distinguirla. Su cuerpo perdía color. Por momentos su figura parecía desvanecerse.
El callejón llegó a su fin y pude acercarme un poco más. Ella volteó entonces para mirarme como entregada.
La totalidad de su cuerpo descolorido contrastaba con su mirada. Sus ojos viraron a un color verde esmeralda. Eran de una belleza embriagante y de una luminosidad que impresionaba.
Mi éxtasis se cortó de pronto cuando mi mente me dijo:
“Marcelo, esto no es normal”
Sentí entonces un escalofrío que atravesó mi pecho y en estado de pánico comencé a sudar, mientras que mi corazón latía desbocado.
Como si esto no fuera ya demasiado, una luz de color violeta muy intensa comenzó a girar destellante alrededor del área.
Intentaba decidir qué hacer cuando una mano me sujetó el hombro con fuerza.
-¡¡¡Ahaaaaa…!!! – grité espantado.
-¿Qué está sucediendo aquí caballero? – me increpó un policía, que apuntándome con un arma me pedía que levantara las manos y abriera las piernas.
Detrás de nosotros dos patrulleros con sus luces violetas destellantes nos encandilaban.
- ¿Se encuentra bien, señorita? – le preguntaron.
- Sí, sí. Un poco asustada – contestó.
- Nos van a tener que acompañar - dijo el agente del orden, al tiempo que yo me preguntaba por qué ella ahora se veía normal.
Estuvimos demorados en la institución policial por un par de horas. Descarté la opción de contar toda la verdad y preferí decir que prendado por su belleza la seguí para iniciar una conversación.
Fuimos interrogados separados probablemente para comparar nuestras versiones.
- Agradezca a la señorita que no levantó cargos en su contra, porque de lo contrario se hubiera visto en problemas. Sea más sutil, mi amigo. No vaya tan envalentonado ¿me entiende? A ellas les gusta que al hombre le cueste un poco – me aconsejó el oficial de guardia.
-Claro, claro, tiene usted razón – contesté con muchas ganas de abandonar el lugar.
Luego de salir y ya en la avenida volví a verla. Me pareció que me llamaba pero me sentía tan abochornado, que llamé rápidamente a un taxi y subí para ir a mi trabajo.

Por la tarde de regreso en mi departamento, y tomando café sentado en mi sillón favorito, eché un vistazo a la biblioteca y noté un libro mal acomodado.
Como me pareció extraño decidí telefonear a la señora Vilma, una mujer mayor que me ayudaba con la limpieza desde hacía años.
- ¿Cómo está Vilma? Disculpe que la moleste. ¿Estuvo usted limpiando por aquí hoy?
- Sí, señor. ¿Es que quedó algo sucio?
- No, no, para nada. Es solo que recordé que debo pagarle la mensualidad.
- Pero si ya me pagó el martes pasado, ¿se acuerda?
-Uuuuh, es verdad. Disculpe entonces. Estoy muy distraído últimamente. Que descanse, Vilma. Adiós – contesté avergonzado.
Me acerqué a ver el libro que asomaba entre la fila. Era un regalo por mi último cumpleaños. “Las huestes del mal”, una novela desabrida que recuerdo haber abandonado en la décima página.
El título me recordó lo acontecido en la mañana. Reviví el momento, las imágenes y el miedo profundo.
-Me estaré volviendo un pelotudo, o tengo delirios, o allí pasó algo extraño – me dije pasándome las manos por la frente.
Regresé el libro a la fila y encontré otro aún no leído: “¿Qué es el mal?” Recopilación de apariciones demoníacas, casos de personas sometidas y endemoniadas.
Intenté leerlo, pero me resultó otro bodrio.
Un cuento, una novela o incluso una película sobre demonios siempre despertaron en mí muy poco interés. Hasta solían provocarme risa.
Pero lo acontecido en el callejón me había dejado muy impresionado.
Mi cabeza no paraba de hacerse preguntas, y lo que es peor, de crear imágenes de cosas que no habían sucedido.

Al día siguiente reservé un turno para el oculista.
Esa misma tarde el profesional revisó mis ojos exhaustivamente, diciéndome que era afortunado. Aún contaba con una capacidad visual de diez décimos, y ninguna patología se hallaba presente.
Tomé confianza y le relaté lo acontecido en el callejón detalle por detalle, y le inquirí acerca de su parecer.
Sonrió inocente, se encogió de hombros y dijo:
-No tengo la menor idea.

Con el correr de los días me fui poniendo algo paranoico. Sentía miedo cuando alguien me miraba fijamente.
En tres oportunidades soñé con la mujer y sinceramente me sentía amenazado.
Si bien no había vuelto a verla, creía ser espiado por ella.
No me gustaba sentirme así en absoluto. Y aunque mi cabeza intentaba tranquilizarme, no lo conseguía.
Fue unos días después cuando sentado en el sillón, muy de madrugada, que me topé con la conferencia de un maestro espiritual que pasaban por televisión:
“Tus pensamientos corren como el agua de un río y tú eres el observador en la orilla. Si corres detrás de ellos, te pierdes en la corriente. Es tu atención la que les da poder. Respira profundo y observa en silencio, y no te distraigas”.
El poder de esas palabras me produjo un gran alivio. Esa noche dormí plácidamente como hacía tiempo no me sucedía.
Pasada otra semana me dirigía hacia la oficina cuando la vi subir al colectivo.
Era ella, preciosa. Pagó su boleto y caminó hacia el interior del vehículo.
Al pasar a mi lado, se detuvo y dijo:
-¿Puedo sentarme aquí?


.


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Marcelo Arrizabalaga.
Buenos Aires, 20/3/2019

Texto agregado el 20-03-2019, y leído por 109 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
21-03-2019 Tu prosa está entre las que mas me han gustado desde que estoy acá, se nota que hay familiaridad con las palabras, no te imagino, como me pasa mucho, borrando y reescribiendo un párrafo una y otra vez porque no quedas conforme con la forma en que quedó. Un relato, entretenido, casi sacado del realismo mágico, personajes consistentes, sucesos que hábilmente encadenados llevan al lector en la dirección que el auto quiere hasta su estupendo final, me gustó mucho y te felicito Randal-Tor
21-03-2019 Muy entretenido y extraño relato. Llamó mi atención que el personaje se llama Marcelo, es historia entonces de la vida real??? 5* jdp
21-03-2019 Listo papá, te canto la justa: eso fué un error en la Matrix. Típico. Un bug distorsionó los gráficos del modelo 3D que representaba a la chica en la dirección de memoria que correspondía al envio de datos a tu cerebro. Quienes sean que controlan la simulacion de este Universo lo parchearon, la frase que dijo el gurú en la tele es el código del parche que entró al sector dañado. Y colorín colorado. De nada, capo. ggg
20-03-2019 MArcelo!!!!!!!! en serio? me sorprendió tu lindo cuento yosoyasi
20-03-2019 Un relato interesante, con un final de muchas posibilidades. Por supuesto le dijiste a ella.que se sentara, ¿o no? Saludos, Marcelo. maparo55
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